Manuel Arias Paz y las motocicletas

Alberto Ernesto Feldman

arias-paz-y-las-motocicletas

 

 

A quienes aman las motos

A quienes las detestan

A quienes las ignoran

 

Manuel Arias Paz (La Coruña, 1901- Madrid, 1965)

ariaspaz-1

(Un maestro de la Mecánica, un romántico de la Motocicleta)

 

Mucha gente, entre la que me cuento, fue deslumbrada entre 1950 y 1955 por la aparición masiva de las motocicletas y las motonetas.

La industria correspondiente se reponía lentamente, produciendo después de la Segunda Guerra Mundial vehículos prácticos, livianos y económicos como preludio al gran despegue de las marcas de automóviles.

No era casual que el porcentaje mayor de esos vehículos provenía precisamente de los países que habían afrontado la mayor parte del esfuerzo bélico en uno y otro bando. Habían desarrollado una tecnología que podían aplicar en la paz y debían competir por el mercado, poner en marcha maquinaria ociosa y emplear brazos desocupados.

Así, Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Japón, y sobre todo Italia en nuestro país, con sus licencias para producir aquí las Siambretas y las Gileras, eran los mayores proveedores, en el marco de un gobierno de Perón fomentando en esa época la industrialización.

A los quince años tuve mi primera moto y me dieron permiso para hacerlo sólo si podía pagarla con mi trabajo y comprar una que no funcionara. Así lo hice, después de todo, era mejor que nada.

La teoría era muy interesante, pero la realidad se impuso rápidamente.

Una moto desarmada en el medio del patio, un motor a medias destripado encima de la mesa de planchar y mi madre a los gritos:

¿Qué es esto?…  ¡Hay aceite y grasa por todos lados!… ¿Porqué no tirás esta basura?…

 ¿Qué hice yo para merecer  esto?…

 Fue entonces que decidí que si las quería como pregonaba e iba a estar toda mi vida ligado a ellas, debía  poder armarlas y desarmarlas, descomponerlas y componerlas, arreglarlas y porqué no, romperlas para volverlas a arreglar. Le pedí consejo a un amigo, recién egresado de la Escuela Industrial, quien me recomendó el texto de Arias Paz, que, según me indicó,  era en Mecánica el más difundido en Latinoamérica, lo mejor y lo más didáctico que se había escrito en castellano, con una profusión de cuadros, ilustraciones y esquemas, con tanta claridad, que con pocas herramientas, todo resultaba fácil, simplemente siguiendo las instrucciones.

motocicletasEn ese libro, denominado sencillamente “Motocicletas”, desde el prólogo muestra este ingeniero militar un amor por las dos ruedas y una capacidad para expresarlo, sólo comparable a su capacidad docente. Sólo reproduciré unas pocas frases:

  “…hay un montón de razones que hacen que su propietario tienda a cuidar su máquina por sí mismo y se preocupe de su mantenimiento y de las reparaciones que no requieren maquinaria de taller…”

“…es la más afectiva de las máquinas, el más fiel, agradable y económico servidor, fuente de satisfacciones y excelente auxiliar para el vivir de su dueño…además ha de tenerse en cuenta un factor psicológico derivado de la forma de montar la moto…”

El autor prosigue en el mismo tono amoroso:

“… el enlace con su conductor es más íntimo,  ya que los mecanismos se llevan casi en el regazo…se establece una corriente afectiva que la moto devuelve…”

Esas palabras sumadas a la claridad de sus textos, además de aumentar mi interés por estos vehículos, me dejaron siempre la impresión de que este hombre ponía en ello más sentimiento de lo debido, que había algo misterioso o desconocido que motivaba ese cariño por las motos.

Buscando archivos de la época, volví a encontrar a Manuel Arias Paz en Marruecos el 22 de julio de 1921, siendo un joven teniente y pude descubrir por qué este hombre tuvo este amor por las motocicletas.

Esto tiene que ver con su participación, como personaje secundario, en el “Desastre de Annual”. Un acontecimiento bélico ocurrido en Marruecos, anterior a la Guerra Civil española e incluso anterior a la  Dictadura de Primo de Rivera y a la abdicación de Alfonso XIII. A continuación, veremos, según la explicación, a mi parecer razonable, sugerida por la lectura de la Historia, de ese porqué, y cierro las citas del autor de este manual con una frase que en pocas y sencillas palabras nos desnuda su alma de maestro:

 “…mi mayor satisfacción es ver un libro mío no prolijo y ordenado en un estante de la biblioteca, sino abierto y manchado de grasa en el banco de trabajo de un taller…”

 

Hagamos un pequeño esfuerzo e imaginemos que la mañana de un día de principios de agosto de 1921 estamos en Madrid, tomando un  “express” mañanero en un elegante café de la Gran Vía, desplegando un diario que desde sus titulares, anuncia una catástrofe que nos hace contraer la boca del estómago y nos arrastra hacia los terribles detalles con el vértigo de los precipicios.

¡DESASTRE EN MARRUECOS!

ESTO CAMBIARÁ LA HISTORIA DE ESPAÑA

En unos pocos días, murieron entre ocho y catorce mil soldados españoles en un feroz y sorpresivo ataque de los guerrilleros del Rif  comandados por Abd El Krim, contra el sistema de guarniciones  diseminadas a lo largo de 130 kilómetros desde Melilla, donde tiene su sede el general Fernández Silvestre comandante supremo de la zona, cuya suerte se ignora.

 Madrid, 5 de agosto de 1921—Una tragedia sin precedentes se ha producido en la zona de la Comandancia General de Melilla, donde su jefe, veterano de la Campaña de Cuba, general Fernández Silvestre, por propia iniciativa y desoyendo las órdenes del Alto Comisionado, se internó en la zona montañosa dominada por los insurrectos, subestimando a éstos y alargando peligrosamente sus líneas de abastecimiento en medio de un territorio accidentado y hostil. Con ciento cuarenta y cuatro pequeños fuertes o blocaos, separados entre sí por distancias que iban de los veinte a los cuarenta kilómetros, con una difícil provisión de agua, a la que había que traer a lomo de mula desde quinientos metros a cinco kilómetros según los casos, siempre amenazados por los rebeldes; cada uno con una dotación de sólo doce a veinte hombres, y varias guarniciones más numerosas pero también aisladas, esas posiciones eran muy difíciles de defender. Fueron cayendo una a una.

 El 17 de julio cae Igueriben. Su dotación de 350 hombres tiene 140 bajas.

 Todos sus oficiales son asesinados; sólo respetan los tribeños la vida de un teniente de artillería para que les enseñe a usar los cañones capturados, y sus defensores son muertos aún después de rendirse, como pasó también el tres de agosto en. Monte Arruit, apenas antes de ayer, donde cayeron tres mil españoles.

Entre estos dos trágicos episodios, el 22 de julio, en Annual, gran fortificación con una guarnición de varios miles de hombres, la deserción de las tropas indígenas y el terror de los españoles, reclutas forzosos mal armados, mal calzados, mal entrenados y peor dirigidos, enloquecidos también por la sed y el miedo, llevaron al caos total.

Los pocos sobrevivientes de los otros puestos que llegaban a Annual aumentaron tanto el número como el terror de los sitiados con sus relatos. Hubo notables hechos heroicos, como el del regimiento Alcántara, al cubrir la retirada de sus compañeros, quedando sólo cinco con vida de sus casi ochocientos integrantes.

Fernández Silvestre, que apenas dos días antes, con un exceso de confianza rayano en la locura, había rechazado los refuerzos que le fueran ofrecido desde Ceuta, ordenó la retirada, luego de telegrafiar pidiendo, ahora sí, una ayuda que ya no podía llegar. Estaban rodeados por dieciocho mil insurrectos.

Se organizó como se pudo la evacuación a lomo de mula, carros y caballos en dos convoyes; uno con los heridos y otro con bagajes. Ambos grupos se mezclaron desordenadamente en un desfiladero junto con los hombres en desbandada y atorándose en ese cuello de botella, fueron eliminados uno a uno; y estamos hablando de miles de hombres, por los rifeños instalados en las alturas. El General ordenó a su Estado Mayor que escapara, en un verdadero “¡Sálvese quién pueda!”. Él se quedaría y moriría allí.

La última persona que lo vio con vida fue el oficial de comunicaciones encargado del radio trasmisor, al que ordenó destruir el aparato y huir mientras pudiera.

Así lo hizo el joven teniente Manuel Arias Paz, quien montó en una vieja motocicleta junto con su ayudante, el cabo Las Heras, logrando escapar rompiendo el cerco y burlando a la muerte en un viaje infernal a bordo de un vehículo que no se detuvo hasta depositarlos en territorio amigo. Allí estaba la explicación que yo buscaba desde muchos años atrás.

 El amor de este brillante maestro de la Mecánica por las motos, era un amor correspondido.

.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s