MAGNA REALITIS: ¨Mi América¨

Manuel Ortuño

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—Editorial Pedraza, buenos días, le atiende América.

La misma fórmula monótona y manida de siempre. Pero pronunciada con la misma dulzura y sensualidad de siempre. América… Mi América…

—Hola, América —dije—. Soy Manuel. Te llamo desde Cartagena.

—¡Hombre, Manuel! ¿Qué tal? ¿Cómo estás?

—Bien, muchas gracias —respondí con falsedad, pues la verdad es que las cosas iban como de costumbre: de pena—. ¿Y tú? ¿Cómo estás? Espero que todo te vaya fenomenal.

—Bueno, tal y como están las cosas no nos podemos quejar. ¿Estás embarcado actualmente en algún nuevo proyecto?

—Estoy a punto de terminar una novela que empecé el pasado verano. Creo que ya te hablé de ella la última vez que llamé, hace un par de meses.

—Ah, sí. Ya lo recuerdo. Una historia de humor absurdo, ¿no es cierto?

—Así es —respondí—. Me encanta que tengas tan buena memoria, chica.

—Eso intentamos —repuso ella profiriendo una breve risita.

Aquélla era la inconfundible risa de América. Me encantaba la manera en que ésta resonaba en mi oído desde el otro lado de la línea telefónica.

—Ojalá yo tuviese tan buena memoria como tú —dije intentando aportarle una sonrisa a mi voz.

—Dime, ¿en qué puedo ayudarte esta vez?

—Pues, francamente, el motivo de mi llamada era averiguar si podrías enviarme cinco ejemplares de mi novela.

—¿De cuál de ellas? —preguntó ella rápidamente—. ¿De Huída hacia adelante o de El juego de nadie?

—Bueno, en realidad de las dos —confesé mientras intentaba poner mi voz más seductora pero, al mismo tiempo, sin poder evitar que una sonrisa de picardía aflorase a mis labios—. ¿Qué tal cinco ejemplares de cada novela? ¿Crees que sería posible?

—Manuel —su voz acababa de tornarse algo más seria—, ¿qué haces con tantos ejemplares de tus libros? Los solicitas constantemente.

—¿De veras? No me había dado cuenta. ¿Te he pedido muchos últimamente?

—A decir verdad, cuando me llamaste hace dos meses fue para pedirme diez ejemplares de uno de tus títulos y seis de otro. Y la vez anterior, antes de verano, para pedirme varios ejemplares más de cada título. ¿Qué haces con ellos?

—Compromisos, ya sabes —respondí pensando fugazmente en las cajas de cartón que, repletas precisamente de aquellos libros, se amontonaban sobre el suelo de mi sótano—. Por cierto, tu memoria mejora por momentos. ¿Cómo logras acordarte de tantos detalles?

—En primer lugar porque acabo de abrir la base de datos de envíos realizados y tu fichero es uno de los más extensos. Está actualizado hasta la semana pasada, así que podría decirte el número de ejemplares que te hemos enviado a lo largo de los últimos siete años. Y en segundo lugar…

—¡Vaya! Así que hay segundo lugar, ¿eh?

—Pues sí, sí que lo hay. Como te decía: en segundo lugar, nadie más que tú lo hace. Así que es fácil retener tu historial en mente.

—Tu buena memoria me halaga. ¿Quiere eso decir que podrás enviarme los ejemplares?

—Manuel —dijo América, mi América, al cabo de una pausa—, hace años que la editorial no acepta nada tuyo. Ya no te publicamos. Tu primer libro funcionó bien, pero el segundo fue un rotundo fracaso. En los últimos cuatro años apenas se han vendido treinta ejemplares de tus libros.

—Razón de más para que me envíes los ejemplares que te pido ya que las tiradas no se habrán agotado todavía, ¿verdad? —alegué.

—No, claro que no se han agotado. Pero como sigas así vas a ser tú quien acabe con todas las existencias.

—Espero que no —repuse—. Porque si eso ocurre ya no tendré motivos para llamaros.

—¿Ah, no? —preguntó mi América con un deje de sorpresa en la voz—. ¿Y qué me dices de esa novela de la que me hablabas, la de humor absurdo? ¿Tampoco vas a llamarnos para intentar colocárnosla? Jaime no querrá ni hablar de que nos la envíes para leerla.

—No, no me entiendes, América —me lancé—. Esa novela ni siquiera existe. Me la inventé.

Un breve silencio se produjo en ese momento al otro lado de la línea.

—Pero ¿qué estás diciendo, Manuel? —preguntó ella confundida—. ¿A qué viene eso? ¿A qué juegas?

—Escucha bien esto que te voy a decir, América —dije notando cómo una fina gota de sudor comenzaba a deslizarse por mi espalda—. Llamaros para pediros ejemplares no es más que una excusa para poder hablar contigo, ¿sabes?

El silencio que atenazó la garganta de mi América fue esta vez más largo.

—Pero ¿qué…? ¿Qué… estás diciendo?

—Lo que oyes, cielo. Mi único interés cada vez que llamo a este bendito número es hablar contigo. ¿No lo entiendes? Me importan un rábano los ejemplares de mis libros. Ni siquiera escribir me importa ya gran cosa. Desde que me dí cuenta de que apenas tengo talento me hice a la idea de que la literatura no es lo mío. Aquella primera novela no fue más que un golpe de suerte.

Nuevo silencio.

—Tú estás mal de la cabeza —dijo mi América con la voz cargada de indignación—. ¿Es que te has vuelto loco? ¿Qué me estás contando?

—Vamos, vamos, mujer. No me digas que no te has dado cuenta —dije—. ¿Dónde está tu intuición femenina? ¿Por qué te crees, si no, que voy a llamar con tanta frecuencia con el único motivo de pedirte ejemplares de mis libros? Como tú misma has dicho, ¿qué puedo hacer con ellos? ¿Para qué puedo quererlos? ¿No ves que no son más que una excusa para marcar este número y hablar contigo?

—Muy gracioso —fue su respuesta—. Pero que muy gracioso. Había enojo en su voz pero, al mismo tiempo, me pareció advertir un atisbo de adulación y azoramiento, como si la sorpresa que mi revelación acababa de proporcionarle, aun siendo de su agrado, hubiese sido suministrada con demasiada brusquedad o, simplemente, mal digerida. Aquello significaba que había esperanzas de que América, mi América, estuviese receptiva después de todo.

—Mira, cielo: ¿qué otro motivo puedo alegar para tener la oportunidad de hablar contigo y escuchar tu voz? ¿Acaso puedo llamar a Madrid desde Cartagena para invitarte a cenar? ¿O para intentar quedar contigo? ¿Qué opciones tengo?

Silencio al otro lado de la línea.

—Esto me parece una locura o una broma de mal gusto —dijo ella al cabo de unos segundos—. Cuando menos, una chiquillada.

—Por favor, América, escúchame. Puede parecerte una chiquillada, de acuerdo. Pero en circunstancias como las nuestras, ¿acaso no cometería chiquilladas cualquiera? ¿Nunca has cometido tú ninguna?

Nuevo silencio al otro lado de la línea.

—Pues claro que he cometido chiquilladas, Manuel —respondió mi América—, pero es que esto me parece increíble.

Su voz delataba que había bajado la guardia. Al fin y al cabo yo estaba a más de cuatrocientos kilómetros de ella, así que ¿qué podía ella temer? Mi América acababa de comprender que yo no era más que una incomodidad al otro lado del teléfono. Si de verdad quería borrarme de su presente no tenía más que colgar el aparato. Pero no sólo no lo había hecho sino que continuaba enredándose cada vez más en nuestra conversación.

—Lo que a mí me parece increíble —dije recogiendo el testigo que, sin proponérselo, acababa de brindarme al emplear aquella palabra — es el hecho de tener que pasarme semanas enteras pensando en ti y deseando escuchar tu voz y, a pesar de ello, tener que refrenar mis impulsos de descolgar el teléfono y llamarte. ¿Puedes imaginarte la tortura que eso ha supuesto para mí en mi día a día? No hago otra cosa que pensar en ti, América. Desde que te ví aquel día que visité la editorial por primera vez, hace ya más de siete años, no has dejado de estar en mis pensamientos ni un solo instante.

—Pero, Manuel… —balbuceó ella—. Yo… No sé si… ¿Cómo puedes decirme todo esto así, tan de sopetón? ¿Cómo crees que puedo sentirme?

—Lo lamento mucho, cariño, pero no podía aguantar más — le dije—. He tenido que jugármelo todo a una carta y decirte la verdad de un solo golpe. Lo siento de veras y te pido que me perdones. Pero, por favor, compréndeme. ¡Llevo años así! ¡Años!

La confusión que mi América sentía en su interior podía palparse desde el lado de la línea en el que yo me encontraba. Su respiración era irregular y hacía presentir no sólo que no acertaba a encontrar las palabras que buscaba, sino también que ni siquiera era capaz de ordenar con la coherencia suficiente los pensamientos que, supuestamente, debían precederlas.

—Manuel, yo… —dijo al fin—. ¿Qué quieres que te diga? ¿Cómo se supone que he de reaccionar después de escuchar lo que acabas de decirme? ¿Qué es lo que quieres? ¿Que quedemos mañana para vernos? Como tú bien has dicho, estás muy lejos. ¿Qué vas a hacer? ¿Acaso vas a pasar a recogerme esta tarde, después del trabajo?

La tenía. Era mía. Mi América…

—Escúchame, cielo, porque ésta es la gran noticia —dije en tono triunfal—. He aceptado un empleo en Madrid. Comienzo exactamente dentro de una semana, el próximo miércoles. El lunes voy a Madrid a instalarme en un apartamento que ya tengo reservado. Llegaré sobre el mediodía, tomaré el alojamiento a primera hora de la tarde y…

Dejé que el suspense se instalara y se pusiese cómodo entre los escasos cuatrocientos y pico kilómetros que distaban entre ella y yo.

—… y a las seis de la tarde de ese mismo día puedo pasar a recogerte —concluí.

—Manuel… —dijo mi América casi en un susurro.

—Espero que aceptes mi propuesta —dije—. Al fin y al cabo he dejado mi empleo aquí y aceptado el otro en Madrid por ti. Sólo por ti. Para poder verte. Para estar cerca de ti.

Se oyó una respiración entrecortada al otro lado de la línea.

—Manuel… Yo… Esto es una locura —dijo ella.

—Por favor, dime que aceptas, que podré pasar a recogerte y que vendrás conmigo.

—Yo… Sí, pero… Un momento, no cuelgues.

—¿Qué ocurre? —pregunté, algo alarmado.

Volví a oír la voz de mi América, más apagada esta vez, dirigiéndose a alguien situado junto a ella, al otro lado de la línea.

—Dime, Jaime —la oí decir a lo lejos, como si estuviese tapando a medias el micrófono del aparato—. Sí. ¡Enseguida voy!

Un segundo, por favor…

Jaime la reclamaba. El jefe, siempre el jefe.

—¿Manuel? —volvió a decirme con un deje de nerviosismo en la voz, como si la hubiese sorprendido registrando a escondidas un bolso que no era el suyo.

—Dime, cariño. ¿Aceptas? ¿Vendrás conmigo? Aunque te advierto que todavía no has escuchado lo mejor de todo.

—No puedo seguir hablando ahora. Jaime me reclama. Tengo que colgar.

—Muy bien. Pero… ¿vendrás conmigo? Aunque ahora no pueda contártelo todo ¿estarás allí para venir conmigo?

—Tengo que dejarte, Manuel. He de colgar.

—Respóndeme, por favor. ¿Vendrás conmigo?

Un segundo de silencio.

—Sí, Manuel. Allí estaré —respondió ella—. Ahora tengo que colgar. Adiós.

Entonces mi América colgó el teléfono. Pero era mía. Más que nunca, era mi América.

Allí me quedé, contemplando el color amarillo crema de mi pared, una pared que, según mis cálculos, no vería durante las escasas dos semanas que me disponía a pasar en Madrid.

En apenas unos días me reuniría con mi América. Y ella vendría a mí para quedarse conmigo para siempre. No había tenido tiempo de explicarle todo mi plan (al menos hasta donde consideraba que podía contárselo) pero quizás tampoco fuese aconsejable hacerlo. Era mejor guardar las sorpresas para el final. Sí, definitivamente era mejor no habérselo contado todo. En primer lugar porque las sorpresas habrían dejado de ser tales, y en segundo porque dicha sorpresa podía no acabar siendo completamente de su agrado.

Sonreí y pensé en mi sótano. Pensé en cuanto había en él. Y pensé también en cuanto había debajo de él. Porque allí, bajo el frío cemento, yacían mis chicas. Por el momento eran cuatro, todas ellas mías para siempre. Todas ellas trasladadas discretamente hasta allí desde diversos puntos del país (una desde Barcelona, otra desde Granada y dos desde Alicante). Y todas ellas con sus preciosos y exóticos nombres: Europa, India, África, Argentina… Ahora era el turno de América. También ella sería mía. Mía bajo una fría y protectora capa de cemento. Y aunque ella, al colgar el teléfono, me había arrebatado la oportunidad de sugerirle un atisbo de la mejor parte de mi plan, me animé pensando que ya tendría tiempo de contárselo todo sobre la marcha al cabo de una semana.

Entonces pensé también en el momento triunfal en el que regresaría a mi sótano para ponerla junto al resto de mis chicas y una amplia y radiante sonrisa me cruzó el rostro y me inundó el corazón.

Al fin y al cabo, en mi sótano guardo muchas más cosas que simplemente cajas de cartón repletas de mis libros muertos.

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