El expediente Glasser. Tercera Parte: (II) ¨Infiltración¨

Violeta Balián

infiltracion

 

 

2.  Infiltración

Después de cenar, nos sentamos en el sofá. Estaba preocupado, confesó Rogelio. Entonces pregunté: —¿Pasa algo en la oficina?

—No, nada. Todo tranquilo, por ahora. Sos vos, Clarita. Te noto ausente, cansada. ¿Te sentís bien? ¿Tenés algún problema?

—No, ninguno. Pero han sido muchas cosas, como sabés. Trabajo, preocupaciones. Mamá no anda bien. Hablé con ella el otro día, tiene la presión alta, y dice que se siente mal, todo el tiempo. Llamé al médico, a Gesell. Me prometió que la irá a ver. Me parece que necesita cambiar de dieta y medicamento. ¡Qué lástima que viva tan lejos!

Eso fue lo que le dije a Rogelio. No tenía sentido tratar de explicarle lo que realmente me ocurría.

—Tenés razón. Uno de estos días tendremos que hacer algo. Traerla a vivir a Buenos Aires. Bueno, a ver si te cuidás. No sé, ¿menos trabajo? Ya sabés que tu salud es lo primero —dijo dándole unas suaves palmaditas a mi espalda.

—Gracias, querido.

En ese momento, obedeciendo a un impulso, le di un beso al muchacho con quien me había casado hacía dieciocho años.

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Al día siguiente recibí un mensaje telepático de Alcides y Asima.

«Urgente, necesitamos reunirnos hoy, a las seis de la tarde, en el café Los Querubines, sobre Libertador».

¿A qué se debía el cambio?

«La reunión es sumamente importante. Tenemos que hablar. Y es necesario cambiar de local»

«Bien, estaré allí pero no podré quedarme más de una hora»

La noche anterior, rumiando la información recibida en los últimos días, consideré la posibilidad de que los grises se hubieran infiltrado en el gobierno argentino. Calculé que querían hablarme de eso. O de política. Muy posible, el rumbo que tomaba nuestro país era alarmante.

—Ya están aquí ¿verdad?

—¿Quiénes?

—Los grises.

—Sí, y muy cerca.

—¿Muy cerca? ¿Cerca de qué… de quién?

—La situación se ha complicado, Clara. Desde el año pasado, varios de ellos, también algunos híbridos colaboran con el gobierno desde el año pasado. Y aunque parezca increíble, esta semana, y de Washington, enviaron unas cincuenta entidades más, expertos en aeronáutica, inteligencia espacial y contra-guerrilla. Asesorarán a las tres ramas de las Fuerzas Armadas.

—¿Entidades? Me imagino que Latorre los conoce, está al tanto, ¿verdad?

—Sí, y los teme. Una docena de estos “agentes ocultos” se ha instalado en Aeronáutica. Trabajan cerca de Latorre y de un tal Pedro Solari, el funcionario designado al círculo presidencial. Pero no tardaremos en identificarlos.

—A ver si lo entiendo bien. La posibilidad de uno, dos o más infiltrados cerca de Latorre fue lo que lo llevó a usted, Alcides a esperar en la sala de la casona ¿verdad?

—Clara, esa tarde yo tenía una cita con el brigadier porque días antes, nuestros contactos en el ministerio nos advirtieron de un plan para asesinar a Mercedes. No teníamos idea de cómo lo harían ni si ya lo habrían hecho en etapas. También me notificaron que dos veces al día se presentaba una enfermera en la casa, para las curaciones y la inyección. No fue dificil apostar que la eliminación de Mercedes, a través suyo, sería cuestión de días, horas inclusive y con una gran ventaja. No habría sospechas.

Todo comenzó cuando unas semanas antes de morir, Mercedes sorprendió in fraganti a un infiltrado revolviendo los papeles de Latorre. Buscaba algo. Mercedes lo reconoció y cuando tuvo la oportunidad, ella también revisó los documentos y descubrió lo que el gobierno tenía entre manos. Enfrentó a Latorre, pero la reacción de su marido la hizo temer por su vida. Intentó ponerse en contacto con su hermano, un importante funcionario en las Naciones Unidas pero no lo consiguió; el hombre acababa de morir en un accidente aéreo. Deducimos que a partir de ese momento a Mercedes se le aceleró la enfermedad. Misteriosamente.

—Tiene razón. Yo también lo noté. Se mantuvo estable por meses hasta que empeoró de la noche a la mañana. ¡Pobre mujer! Y yo no podía hacer nada. El médico daba las órdenes y prescribía, me justifiqué una vez más acosada por lo que recordaba de mi última noche en la casona.

Alcides y Asima estuvieron de acuerdo.

—Sabemos que Latorre se involucró en la muerte de su mujer. Sin embargo, no está claro hasta qué punto lo forzaron a actuar. En estos momentos está aterrado, y mantiene un perfil bien bajo, bastante difícil de hacer para un hombre de su posición. Fue Latorre quien me informó que a cambio de las delicias del poder, el Concilio —como llama él al grupo de militares y jefes de gobierno de varios países latinoamericanos— acordó con los grises algo criminal, de gravísimas consecuencias para sus respectivos países. Tome nota, Clara, que al margen de las ideologías políticas, en las que no invertimos absolutamente nada, ya que nuestra opinión ninguna es valedera, entendemos que el poder acaba corrompiendo a todos.

Alcides continuó.

—Sí, este estado de cosas me lo confió Latorre en un pasillo escondido del Ministerio. Me pidió también que lo visitara en su casa para conversarlo en privado. Debíamos encontrar, me rogó, la manera de salvar a Mercedes. Salvo que esa tarde, se apareció Correas con dos colegas. Que yo sepa, Latorre nunca los llamó —aclaró Alcides.

Asima añadió: —Y ahora, el gobierno. Su próximo paso consistirá en provocar represalias y expulsar a funcionarios claves del gobierno anterior quienes según opina el nuevo régimen, representan una facción desleal, peligrosa y muy vulnerable a una motivación pecuniaria importante con la cual podrían hacer públicas las actividades secretas a las que nos referimos.

—Vayamos al grano, Clara. Lo único que nos preocupa es su seguridad.

—¿Mi seguridad?

—Sí. Nos vigilan los grises, sus híbridos y gente del gobierno. Nos han visto juntos en la confitería, en la placita de la estación y ahora mismo, en este café. No se preocupe, nosotros también los vemos a ellos y los reconocemos fácilmente aunque tengan la apariencia de terrícolas comunes. En primer lugar, están al tanto de que tenemos bases en el sur, de que aún usamos nuestros poderes de transmigración y transmutación, o si lo prefiere, transferencia, una de las razones por la que hemos mantenido y por milenios, una guerra feroz.

—¿Transmigración? No estoy segura qué significa.

—Cuando es necesario, y en el momento que una persona muere, transferimos su alma de un cuerpo a otro. Lo transformamos tal cual se veía aquí, en la Tierra o en otro entorno —explicó Asima, como si fuera algo sin importancia, rutinario. —Usted misma vio pruebas. ¿No le pareció extraño que en Ciénaga Azul tuviéramos a dos personas ya fallecidas, su padre y Mercedes?

—Sí… pero como no pude acercarme a ellos ni hablarles ni tocarlos, asumí que eran una ilusión cuyo propósito era hacerme sentir bien. Alcides ¿no fue eso lo que ocurrió cuando vi a mi padre, en Alemania? —pregunté.

—Ese episodio fue diferente —apuró Alcides.

—¿Por qué diferente?

—Se le informará más tarde —respondió con frialdad.

Su respuesta me irritó pero preferí callarme. Había otras cosas que resolver.

—Volvamos al tema —dijo Alcides. —Transmutamos, transmigramos o transferimos de inmediato a la persona o a la entidad que muere. Lo hacemos con contactados, ya sea por nosotros o alguna otra entidad. En el caso de Mercedes porque reconoció a un gris o un híbrido en su propia casa. Y murió. Ahora ella vive otra vida, en otro entorno, en otra dimensión.

Guardamos silencio. Noté que me miraban y no estaba segura por qué. ¿Me acusaban?

—No se sienta culpable, Clara. Esa noche, usted no fue más que un instrumento al servicio de una entidad ejecutando órdenes del gobierno.

Sus palabras hicieron muy poco para aliviar mi angustia.

Poco antes habían mencionado “mi seguridad”. Naturalmente, la posibilidad de estar en serio peligro me alarmó, sin embargo, como había ocurrido tantas otras veces, cuanto más importante la información, más rápidamente se me esfumaba de la cabeza. Sin embargo, el impacto regresó acompañado de una sensación fría, de vacío. La mentada emoción del miedo, a la que muy pronto le seguiría el pánico. Pensé en Mercedes. Quise ponerme en su lugar, en sus zapatos. Tener una idea de lo que ella había sufrido cuando descubrió la verdad. Lo hice y me abrumó un aluvión de sensaciones. Mercedes trataba de comunicarse conmigo. ¿Qué quería decirme? Debía mantener la calma. No lo conseguía. En silencio, recurrí a los hermanos. Y ellos me respondieron con miradas compasivas y protectoras.

El expediente Glasser II

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