Delia

Alberto Ernesto Feldman

delia

 

 

Delia fue educada por una madre  perfeccionista y tiránica. Pertenecía su familia a una clase media en ascenso, a mediados del siglo pasado.

Su padre escalaba cada tantos años, desde 1930, un peldaño más en el escalafón de un ministerio de la época, apadrinado desde su ingreso por un pariente cercano al poder gobernante desde el derrocamiento de Yrigoyen.

Su esposa, pendiente de sus ascensos, lo despertaba cada mañana como si la puntualidad fuera la clave del éxito, mirando alternativamente, con ojos de general prusiano en campaña, al despertador y a su marido dormilón, que a pesar de la insoportable campanilla, remoloneaba unos minutos más en la cama.

Su hija, Delia, con sus catorce años, ya estaba en pie desde una hora antes, despertada sin miramientos para cumplir su primera obligación del día: preparar el desayuno, cuidando todos los detalles; las tostadas no debían quemarse, el agua para el café no debía hervir y nunca debía faltar leche, pan, dulce ni manteca, que ella misma compraba, lo mismo que todas las provisiones, bajo la supervisión de una madre que con mirada de águila, verificaba que todas las cosas fueran las necesarias, y una vez hecho esto se aseguraba la corrección de los números anotados por el almacenero en la libreta negra.

El padre, algo ausente, escondido detrás del gran periódico desplegado, intercedía débilmente en favor de la hija, pero su esposa, jefa real, única e indiscutible de la familia, argüía que la niña debía conocer y ejecutar todas las tareas hogareñas, para dirigir, el día que su padre fuera ministro, al personal doméstico; personal que, por el momento no era necesario. El padre, bonachón e indolente, se reía de la presunción de su mujer.

Ya era Jefe de Departamento y comenzaba a conectarse con personas que pensaban en él como candidato a algún cargo más o menos importante dentro de la Unión Democrática, el consorcio político que se estaba gestando para derrotar en las urnas a Perón. Conocían de su fidelidad, de su contracción al trabajo, y de su puntualidad, podía ser muy útil tanto en el ministerio como en una banca del Congreso.

Cuando Delia demoraba más de lo calculado su tarea de las mañanas, rompía algún pequeño objeto de cristal o porcelana, o colocaba algo fuera de su lugar, la gélida mirada reprobatoria de su madre era acompañada de un silencio absoluto durante una o dos semanas, dependiendo esto de la importancia del “delito” cometido, tiempo durante el cual la comunicación de las órdenes se establecía por vía gestual, señalando las tareas a realizar con un índice imperioso, un brusco ladeo de cabeza y siempre con la misma endurecida mirada.

Así transcurría el año en que sus padres, o mejor dicho, su madre, había decidido que la niña una vez concluida la escuela primaria, se quedaría en casa aprendiendo economía doméstica durante  un año sabático mientras decidía que sería de su vida con ayuda de sus padres, que pensaban, esta vez totalmente de acuerdo, que el estudio no era bueno ni compatible para quien en el futuro formaría una familia, y que en todo caso, si la nena no quería aprender piano o dibujo, no la podían obligar, y en todo caso, el próximo año lectivo podría comenzar a aprender en la Escuela Profesional de Mujeres, lo necesario para un futuro brillante como ama de casa.

Todo terminó la tarde en que Delia patinó en el piso recién encerado y cayó al suelo mientras pasaba un paño a un jarrón presuntamente valioso, que se hizo pedazos.

La madre, que acudió al oír el estruendo, se paseó lentamente entre los restos esparcidos y por una vez le dirigió a su hija algo más que su mirada helada ; le gritó con voz ronca:- ¡inútil, no servís para nada!…dio media vuelta y cerró la puerta con violencia, dejándola dolorida y más humillada que nunca. Había llegado el límite de lo que Delia podía soportar.

Algo se desconectó en su cerebro. Sin control, en pocos segundos, rompió todos los objetos que pudo; cristal y porcelana, tazas, copas, platos y jarrones, alfombrando el piso de fragmentos multicolores y recogiendo un grueso cenicero de cristal milagrosamente intacto, contempló su rostro desencajado en el espejo que coronaba el aparador Luis XV.

Su madre entró en el momento preciso en que alcanzado por el cenicero, el espejo se hacía añicos, confundidos en uno solo los gritos de las dos mujeres.

Al día siguiente, las elecciones de 1946 dieron el triunfo a Perón, derrotando a la fórmula Tamborini-Mosca. El padre perdió su puesto, su esposa  perdió sus sueños de Poder y la desdichada Delia comenzó a perder la razón.

Hasta el fin de sus días, los padres creyeron que la mala suerte de la familia había sido atraída por la muchacha al romper el espejo, y lamentaban haberla adoptado sin haber averiguado más sobre sus antecedentes familiares.

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