Fábulas del crimen: ¨El monstruo de Jerusalén¨

Diego M. Rotondo

guibor

 

4 de febrero de 1938; en Ciudad Vieja de Jerusalén, todos los ejemplares del diario “The Palestine Post” se agotan en menos de una hora. En la primera plana aparece publicada una fotografía de Guibor Abrami, bajo un titular que dice: “CAPTURAN AL MONSTRUO INFANTICIDA”…

Abrami, de 42 años, sufría “Mal de Botsnik”, una rarísima enfermedad que produce terribles trastornos óseos y neuromusculares. Sólo cinco personas en la historia fueron diagnosticadas con Mal de Botsnik. El caso más famoso documentado fue el de Bobby Fersson, un sueco de 18 años que en 1856 ganó el premio “Human Freaks”, otorgado a los 10 rostros más espeluznantes del planeta.

Pero sólo Abrami llegó a tener un rostro tan aborrecible; la enfermedad le había provocado deformidades en todo el cuerpo. Sus ojos, negros y diminutos, brotaban de sus órbitas como si fuesen verrugas puntiagudas. El tabique de su nariz formaba una curvilínea que descendía desde el entrecejo hasta cubrir completamente el labio superior. No había dientes en su boca y su lengua era tan gruesa, que cuando quería decir algo se atragantaba. Guibor medía sólo 1,44 metros de altura; su cuello apenas sobresalía de su simiesco torso, parecía tener la cabeza enterrada entre ambas clavículas. Sus brazos eran muy largos, y cuando caminaba, rozaba sus rodillas con ambas manos. Sus piernas, en cambio, eran cortas y estaban arqueadas hacia adentro.

Hasta que comenzaron a conocerse las fotografías de Guibor, el hombre más monstruoso conocido era Joseph Merrick (1862-1890), bautizado por la prensa como «El Hombre Elefante». Merrick padecía otra horrible enfermedad: «Síndrome de Proteus», que le provocaba grandes tumores y horribles malformaciones óseas. La diferencia entre Guibor y Joseph era que éste último tenía un aspecto tan irreal, que podía ser observado con sorpresa, y a veces con gracia, pero sin caer en el espanto. No sucedía lo mismo con Guibor, todo en él causaba escalofríos; era una abominación, una mutación aterradora que no merecía vivir… Se cuenta que un hombre lo sorprendió a cara descubierta una noche y murió de un infarto…

Guibor se ganaba la vida como zapatero, las pocas veces que salía de su casa en busca de provisiones, lo hacía siempre llevando un yelmo de Caballero cubriendo su cabeza. Sin este artilugio Guibor jamás hubiese podido relacionarse con nadie.

Guibor era minucioso en su trabajo, recibía zapatos que parecían inutilizables y los dejaba relucientes, casi nuevos. Su mano de obra era mucho más barata que la de los demás zapateros. Por eso la gente, a pesar del pánico a encontrarlo sin su yelmo puesto, se arriesgaba a dejarle su calzado en el umbral. A diario, se podían ver entre seis y diez pares de zapatos en la entrada de la casa, llevando en su interior monedas y notas que explicaban el problema del calzado. Guibor, en las madrugadas, salía de la casa a hurtadillas, juntaba todos los zapatos y los arreglaba en un santiamén. A la mañana siguiente los volvía a colocar en el umbral, lustrados y arreglados.

Que un individuo tan limitado físicamente fuese responsable de un crimen tan brutal como del que fue acusado, hasta el día de hoy es un misterio.

El 6 de enero de 1938, vecinos de Ciudad Vieja de Jerusalén encontraron a un niño agonizando a pocos metros de la casa del zapatero. El pequeño, de 8 años, parecía haber sido atacado por una jauría de perros, tenía profundas dentelladas en las piernas y en los brazos, le faltaban tres dedos de una mano y un trozo de mejilla. Rápidamente fue trasladado al hospital y los médicos lograron salvarlo. Gracias al desesperado relato del niño la policía arrestó a Guibor Abrami.

Bosem, que así se llamaba, contó cómo él y sus tres compañeros de la escuela habían entrado furtivamente en casa del zapatero, saltando la verja e ingresando por una ventana con la única intención de encontrarlo sin su yelmo puesto. Pero no se esperaban que éste los sorprendiese en el interior y los golpease con un palo hasta dejarlos inconcientes.

El niño dijo que al despertar, el hombre del yelmo lo arrastraba por la sala sosteniéndolo de una de sus piernas, en ese momento pudo ver a sus tres amigos, descuartizados, agonizando entre lagunas de sangre. Bosem tuvo suerte, y en un descuido de su captor, logró desprenderse de él para huir por la misma ventana que habían usado para entrar. Una vez en la calle se desplomó y se arrastró unos metros hasta ser rescatado por los vecinos.

Guibor Abrami fue ejecutado por lapidación pública el 8 de abril de 1938. Casi todas las pruebas estaban en su contra, el testimonio de Bosem, el único sobreviviente, la sangre de los niños en sus manos, etc. Su cuerpo, tal vez, era su única carta a favor, ya que con sus limitaciones físicas era muy difícil entender cómo había masacrado a los niños de esa manera. Además todos tenían dentelladas en sus miembros, y era sabido que Guibor no tenía dientes, apenas podía abrir su boca para hablar o alimentarse. Pero este pormenor no sirvió para evitar su ejecución… En el fondo, todos los habitantes de Ciudad Vieja querían que sacrificaran al monstruo. Su sola existencia los aterraba… no importaba si era culpable o no.

Aquella tarde, al grito de “¡Monstruo del infierno!”, centenas de hombres, mujeres y niños, apedrearon al zapatero hasta matarlo…

Cuando los policías ingresaron en la casa de Guibor, lo sorprendieron sentado en el suelo junto a los tres niños muertos. Guibor, con una toalla, intentaba limpiarles las heridas, gemía y se notaba afligido por ellos. Guibor no llevaba su yelmo puesto y los agentes se estremecieron al ver su cara. Enseguida lo cubrieron con una manta, lo esposaron y se lo llevaron. Su yelmo de Caballero, con el que supuestamente lo había visto Bosem, jamás fue encontrado…

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