El expediente Glasser. Tercera Parte: (I) ¨Personajes secundarios¨

Violeta Balián

Glasser III-1

 

1. Personajes secundarios

Examiné a los hermanos en silencio, tanteando si debía o no abordar el tema del “desdoblamiento” que presencié días antes desde el café. También el episodio en casa del Capitán Porto. Concluí que no tenía sentido. Estaban al tanto de lo ocurrido. Aun así, me decepcionó su actitud. Yo sólo quería saber el verdadero significado de esas proyecciones y la razón por la que decidieron mostrármelas. Eran detalles antes los que quería cerrar los ojos y dejar que pasara una luz cegadora. Sin embargo, frente a ellos, tenía los ojos bien abiertos, lo suficiente para recordar que en otra ocasión me hablaron de los fenómenos de ese tipo que tenían que ver con la física, la de los universos paralelos, en la que nuestra persona o su conjunto de átomos pueden estar en un punto como en aquel otro y en aquel de más allá. Todo a la vez. Había mucho que aprender.

Fue Alcides quien comenzó la exposición de la semana e informó que a partir de los años 30 los grises se fueron infiltrando en la NASA y también en los gobiernos secretos de varios países.

Ese dato ya lo tengo, le recordé.

Indiferente a mi comentario, él continuó:‒‒ Es importante tener en cuenta que este grupo de grises se destaca por su tenacidad. Además del programa de manipulación genética, se dedica a formar “guerreros imbatibles” o sea robots que les serán muy útiles en caso de una contienda estelar contra esos misteriosos emisarios de galaxias lejanas y otros grupos que también codician y quieren apoderarse de los tres elementos que necesitan para sobrevivir y nuestro planeta produce: sus seres humanos, el cobre y el oro.

—¡Vaya uno a saber a qué directivo perverso obedecen estos grises para sistemáticamente interferir con cualquier intento de protección de la raza humana!— concluyó Alcides.

—No hay ningún misterio —respondió Asima. —Los grises enfrentan una espantosa realidad. Están al punto de la extinción y carecen de tracto intestinal.

—…

—No  excretan, Clara. Dondequiera se encuentren, habrá olor a orina y demás. Es por ello que se les hace muy urgente revitalizarse a través de las entidades híbridas que resultan de la unión artificial con terrícolas. Necesitan crear una raza nueva y algunas otras más. Con esa intención están a la caza de nuevo material humano. Niños y mujeres. De hecho, salen a buscarlos. Periódicamente. Y en esas bases subterráneas de las que ya le hablamos, despojan a sus víctimas de los órganos que necesitan y el resto, es decir los sobrantes, los entregan a los saurios. Como alimento. Así lo estipula su contrato.

—…

—Hay más. Cada año, en diferentes puntos del globo y sin dejar rastro alguno, desaparecen niños y familias enteras. Miles de ellos. Ocurre lo mismo con el ganado que desaparece de los campos del país como si se los hubiese tragado la misma tierra. La ilustración no se aleja de la verdad. La prensa jamás lo menciona. Tampoco se habla de las quimeras —añadió Alcides.

—¿Quimeras?

—Precisamente. Organismos vivos que contienen diversos genes: humanos, de origen animal y vaya a saber qué más. Es una práctica cruel y muy antigua.

Debería haberles insistido para que me contasen más cosas. Pero bastaba lo expuesto para entender que la información era mucho más seria que los platos voladores o los seres resplandecientes y silenciosos que habitan entre nosotros. Coincidía con las tramas de las películas japonesas de terror que de vez en cuando pasaban por la televisión. Experimentos diabólicos, monstruos devorando humanos, orgiásticamente. Recordé el libro con los dibujos de Goya que trajo Pablito de la biblioteca del colegio. Con una excepción: los horrores de los que me hablaban los hermanos no eran ni obra de arte ni ficción cinematográfica.

Tampoco era necesario que trataran de convencerme. Me decían la verdad. Los humanos estábamos a merced de ellos, de los otros. No éramos nada más que los personajes secundarios de una gran producción teatral, atrapados por la telaraña de nuestra insignificancia y apatía. Sufríamos de la soberbia de los ignorantes. A nadie se le ocurría hablar de estas cosas. No queda bien. No lo hacen los gobiernos, no lo predican las iglesias. Forman parte de esos “temas intocables” que no encuentran eco en la sociedad. A quienes se atreven a mencionarlos, sólo les espera el ridículo.

«Ellos. Los otros. Según los hermanos, viven en nuestro entorno, caminan a nuestro lado. Raptan a nuestros niños y mujeres. Nos matan, y nos comen. Mientras tanto, al nivel alto de la política internacional se mantiene la indiferencia y el silencio. La conspiración es total. ¿Será porque nos gusta alimentarnos del cuento chino de que somos los dueños del mundo, del planeta. ¿El chauvinismo terrenal del que hablaba Gotthauser? ¿La falta de imaginación? ¿O nos paraliza el miedo a lo desconocido, a lo diferente, a nuestra propia falibilidad? Alcides y Asima: ¿Por qué me revelan estas cosas? ¿Qué puedo hacer yo, Clara Glasser, enfermera?».

El expediente Glasser II

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