ABSURDIA MAGIS: ¨De la abundancia como la mayor de las miserias¨

Manuel Ortuño

superabundancia

 

 

Siempre, desde que era niña, me ha llamado la atención la expresión “nadar en la abundancia”. A lo largo de mi vida, cada vez que la oía decir o pensaba en ella me imaginaba a uno de esos peces gordos con gafas de sol y puro habano tumbado boca arriba sobre un flotador que vagaba a su antojo por la piscina en forma de corazón de la suite de un hotel de gran lujo. Lo que jamás llegué a imaginarme es que algún día mi familia y yo nos encontraríamos practicando el angustioso deporte de la natación en plena abundancia.

Bueno, a decir verdad no es que mi marido, mis hijos y yo fumemos puros mientras navegamos en flotadores por una piscina en forma de corazón. De hecho, ninguno de nosotros fuma y, por lo general, todos solemos preferir la montaña a los deportes de agua. Es, simplemente, que tenemos de todo, que poseemos cuanto deseamos y que vivimos en una abundancia tan absoluta que llega a resultar insultante. Y eso, claro está, supone para nosotros un enorme problema y un acuciante motivo de angustia.

Todo empezó cuando los negocios comenzaron a irle cada vez mejor a mi marido. Lo que en un principio no fue más que un pequeño quiosco emplazado en una hedionda esquina anegada de orines de perro acabó convirtiéndose en una cadena de puntos de venta de prensa primero, en un grupo editorial después y, finalmente, en todo un imperio de la industria papelera. Una cosa llevó a la otra, y así sucesivamente, de tal manera que en la actualidad mi marido es propietario de un descomunal grupo de empresas que abarca una gama de productos tan dispares como los embutidos, las tarjetas de visita o los apliques para baño.

Yo, por mi parte, tras varios años vendiendo pisos para una agencia inmobiliaria decidí emprender un modesto negocio propio de compraventa de locales comerciales, y ahora, tras un plazo de cuatro años, poseo una cadena de inmobiliarias, otra de fábricas de muebles y una tercera dedicada a servicios de limpieza, mantenimiento y recogida de basuras a domicilio. Es increíble cómo las cosas se desarrollan, se amontonan las unas sobre las otras y se conectan entre sí. Es por ello que cada día estoy más convencida de que la vida fluye como una corriente descontrolada que nos toma por sorpresa hasta dejarnos, irremisiblemente, sin escapatoria. De ahí nuestra agonía y nuestro inmenso pesar.

De resultas de tan innegable éxito, nuestras vidas y nuestra rutina familiar no tardaron en verse afectadas por un irrefrenable estallido de felicidad y abundancia. Tal es así que, llegado el momento, no tuvimos más remedio que abandonar nuestro humilde  piso de tres habitaciones en el casco urbano para comprar en las afueras una vasta propiedad dotada de veintiséis mil metros cuadrados de jardín, tres gimnasios, cinco piscinas, coto privado de caza, pista de carreras y helipuerto. De igual manera tuvimos que deshacernos del viejo coche familiar (nuestro querido utilitario de tres puertas) y comprarnos automóviles de lujo de alta gama. Mi propio vehículo no sólo tiene marchas que todavía no he tenido ocasión de poner a prueba y botones que aún no sé para qué diantres sirven, sino que hace años que no lo conduzco debido a que dispongo de chófer personal. Incluso la gigantesca mansión que se erige en nuestra finca tiene habitaciones en las que ninguno de nosotros ha llegado a adentrarse jamás por falta de tiempo, por temor a perderse en su interior, o porque hay que recorrer demasiada distancia para llegar hasta ellas (no en vano, aspiramos a obtener el récord mundial de pasillo más largo situado en el interior de una vivienda privada). Todo lo cual me causa no ya malestar, sino una seria y creciente preocupación.

Por lo que respecta a nuestros hijos, éstos tuvieron que dejar el humilde colegio público al que asistían para matricularse en un lujosísimo centro privado en el que reciben una esmeradísima educación y en cuyo comedor les suministran diariamente una cuidada y selecta dieta a base de proteínas depuradas, tofu y soja. Entre los dos hablan a la perfección dieciocho idiomas y les esperan plazas (que ya nos hemos encargado de reservarles con varios años de antelación) en la más prestigiosa universidad privada de Estados Unidos. Apenas tienen amigos, pero cada uno de ellos cuenta con secretario privado, tesorero, asesor de imagen y profesores de esgrima y claqué.

Mi familia y yo no solemos salir a cenar debido a que desde hace un par de años tenemos contratados a tres de los mejores chefs de Europa, los cuales cocinan con absoluta exclusividad para nosotros, nuestros hijos, nuestros perros, nuestros caballos, nuestras cebras y nuestros avestruces.

Mi marido y yo, por otro lado, ya no vamos al cine. ¿Para qué? Tenemos nuestra propia sala de proyecciones privada y, es más, el año que viene contaremos con nuestra propia productora de cine, a través de la cual podremos contratar a los mejores directores, actores y guionistas para rodar tantas películas como se nos antoje. Claro que para nosotros todo eso no será más que un mero pasatiempo.

También hemos dejado de practicar deporte. En vez de eso nos dedicamos a contratar a deportistas de élite para que suden delante de nosotros. De hecho, hace siglos que no sabemos lo que es sudar, pues ya ni siquiera tenemos que acudir al trabajo. Nuestra vidas son unas vacaciones perpetuas y, en resumidas cuentas, son tan diferentes a las del resto de los mortales que no sabemos cómo nos afectará el paso del tiempo. De ahí nuestro dolor, y de ahí que tanto mi familia como yo vivamos en un permanente estado de angustia y desesperación.

Las familias pobres y normales se ven reflejadas en el resto de familias pobres y normales que pululan a su alrededor, por lo que son capaces de predecir lo que les deparará el futuro con tan sólo mirar a sus vecinos. Pero ¿y nosotros, que poseemos el octavo patrimonio más extenso del planeta? ¿A qué espejo podemos acudir para vernos reflejados? ¿Hacia dónde mirar, estando como estamos en un plano muy superior al del resto? La cruda verdad, por desgracia, es que no podemos hacerlo.

Mientras escribo esto no puedo evitar temblar de miedo y angustia por mí y por mis hijos. Mi marido, por su parte, se encuentra en la habitación contigua. Llevo horas llorando desconsolado.

No sabemos cómo nos afectará el futuro ni qué va a ser de nosotros. ¿Podremos sobrellevar lo que venga?

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