MAGNA REALITIS: ¨Mujer enamorada¨

Manuel Ortuño

noche_en_la_playa_de_mar_de_ajo

 

(Para Esther)

Cementerio de Alcalá de Guadaíra (Sevilla), julio de 1936.

 

Cuando Cristina miró a los ojos al hombre ataviado con chaqueta de paño, morral al hombro y boina inclinada hacia un lado tuvo la inmediata certeza de que acababa de enamorarse.

Lo supo de manera madura y serena a pesar de su juventud. Lo supo con la aplastante certeza de quien se mira al espejo por las mañanas no para imaginar quien desea ser sino con la intención de contemplar quien es realmente. Lo supo de manera irrefutable, sin dejar hendiduras o resquicios en los que las dudas pudieran guarecerse como despreciables pájaros traidores.

Aquella primera mirada que Cristina le dirigió al hombre fue breve pero intensa. Y aunque la mirada con la que el hombre le correspondió contenía una cierta dosis de dureza, lo innegable fue que ésta iba acompañada por una expresión en la que parecían flotar la curiosidad y la sospecha de cómo hubieran podido ser las cosas en otras circunstancias, otro país, otra vida, otro mundo.

Tras aquel primer contacto visual Cristina decidió que sus siguientes miradas serían mucho más largas, desinhibidas y abiertas. Al fin y al cabo ella no tardaría en abandonar aquel lugar, aquel momento y aquella situación en la que se encontraba para no regresar jamás. Abocada al viaje sin retorno de la muerte, decidió que no tenía nada que perder dejando que un reguero de sentimientos tan largo como intenso emergiese a sus ojos y una casi imperceptible sonrisa aflorase a sus labios. Ni siquiera llegó a preocuparle que el hombre pudiera malinterpretar la intención de sus miradas o que acabase pensando que éstas no eran otra cosa que el fruto de la desesperación, el odio o la desdicha.

Cristina sintió un súbito estremecimiento por toda su piel cuando el hombre se acercó a ella y, amablemente, le dijo que se situase de espaldas al muro y se abstuviese de hacer el más mínimo movimiento. Su voz no sonó ni brusca ni impersonal, tal y como cabía esperar. Es más, llegó acompañada de una penetrante mirada que le transmitió mucho más que cuanto sus palabras o cualesquiera otras pudieran llegar a decirle. Halagada en su desesperación, Cristina no pudo impedir que los ojos se le humedeciesen ligeramente. El hombre, al ver aquello, hurgó con nerviosismo en el interior de su morral y sacó un pañuelo. No  obstante, cuando finalmente acercó éste al rostro de Cristina, la muchacha apartó la cabeza a un lado con un leve ademán.

—No, gracias —fue cuanto dijo.

Nada más decir aquello Cristina sintió una punzada de dolor al comprender que las únicas palabras que ella le dirigiría en su vida a aquel hombre iban a ser precisamente aquéllas. “No, gracias”: una negación rotunda, cruel e incluso altiva, tan escueta como lacerante, que los dejaba a ambos relegados a la triste y penosa situación de estar a tan sólo unos centímetros de distancia pero, al mismo tiempo, permanecer separados por una impenetrable tapia levantada a base de circunstancias de las que ellos no tenían culpa alguna.

Sin apartar en ningún momento los ojos de Cristina, el hombre devolvió el pañuelo al interior de su morral. Su rostro adoptó entonces una expresión de desconcierto entreverada de algo extraño que muy bien podía ser admiración. Luego, durante apenas un segundo, la mirada de Cristina y la de aquel hombre se encontraron más cerca que nunca.

Durante aquel breve lapso de tiempo Cristina pudo verse reflejada en aquellos ojos oscuros enmarcados por espesas cejas negras. Y en ellos descubrió al hombre que siempre había deseado tener a su lado. En ellos vislumbró un carácter dulce y sereno azotado por las circunstancias, un hombre junto al que podría haber paseado por la orilla del mar sin más palabras que las pronunciadas por el roce de sus manos, un hombre entre cuyos brazos le hubiera gustado yacer y al que hubiera deseado sentir tiernamente incrustado entre sus muslos, un hombre con el que hubiera deseado crear una familia y educar a los hijos que ya nunca tendría, un hombre con el que poder avanzar en la vida para acabar compartiendo las mieles amargas de la vejez, un hombre al que llamar compañero, novio, amante, esposo…

Cristina pensó todo aquello en apenas una décima de segundo. Luego, una vez concluida aquella breve eternidad, el hombre esbozó una levísima sonrisa cargada de impotencia, como si con ella pretendiese esgrimir algún tipo de disculpa. A continuación dio media vuelta, retrocedió a grandes zancadas una docena de metros y se situó en fila junto al resto del pelotón.

Cristina permaneció donde estaba, junto a sus compañeros, contemplando cómo él se alejaba de manera irremediable y para siempre. En ese momento sintió un enorme vacío, como si la mayor parte de sus entrañas se le desprendiesen del cuerpo y cayesen con un golpe sordo sobre el duro suelo de tierra del cementerio.

Una vez junto a sus compañeros, el hombre se volvió hacia ella y la miró de nuevo a los ojos sabiendo que aquélla sería la última vez que lo haría.

Cristina sostuvo estoicamente aquella mirada. Sus labios, pálidos e inalterables, continuaron firmes, tensos, fieramente apretados contra la cara exterior de sus dientes. Sus ojos, en cambio, se abrieron de par en par mientras se clavaban en los del hombre que se disponía a ejecutarla, como si, incapaces de contener cuanto tenían que decirle, deseasen lanzarle de una sola tacada todas las miradas que en circunstancias normales le hubiese llevado toda una vida dedicarle.

Una voz de mando resonó en un extremo del patio. Ante la orden recibida, tanto el hombre como el resto de los miembros del pelotón de ejecución levantaron sus fusiles. Cada uno de ellos se acomodó contra el hombro la culata de su arma y apuntó al condenado que tenía ante sí. El fusil del hombre era una lanza expectante dispuesta a escupir fuego contra el pecho de Cristina.

Cristina miró por última vez al hombre que tenía ante sí y creyó percibir en su mirada el reflejo de una idea atroz: que no resulta precisamente fácil matar a alguien que te está diciendo que te quiere con la mirada.

Cristina tomó aire con fuerza y se obligó a encarar su final con una sonrisa y una mirada cargadas de ternura. Al fin y al cabo estaba mirando a los ojos al hombre de sus sueños.

magna-realitiscomprar

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s