Fábulas del crimen: ¨No te jodas a Ettore Milano¨

Diego M. Rotondo

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6 de abril de 1893. En el Olympic Club de New Orleans se lleva a cabo una velada de boxeo amateur. Dos púgiles se enfrentarán en el que será el combate más largo de la historia: 7 horas y 19 minutos, en nada menos que 111 rounds…

En el último asalto, ambos púgiles, completamente desfigurados, apenas logran sostenerse en pie. Después de tantas horas de intercambio de puñetazos es muy probable que cualquiera de los dos se desplome muerto sobre la lona. Así que, desde ambas esquinas, y casi al mismo tiempo, los entrenadores arrojan las toallas. La pelea se suspende y no hay ganador…

Mientras que decenas de cronistas de diferentes periódicos toman notas describiendo la histórica contienda, debajo del ring, cientos de apostadores enfurecidos exigen que les devuelvan su dinero. No habiendo ningún ganador, todas las apuestas deben devolverse. Sin embargo, George Carrington, el tipo cargo de la bolsa, ha desaparecido con los 10,000 dólares de apuestas…

Luego del asalto número 90, Carrington comenzó a sospechar que la pelea terminaría sin vencedor y eso no le convenía. Así que durante la última hora se dedicó a idear cómo se robaría el dinero apostado. Él ya había cometido hurtos similares en otros Estados, aunque nunca tan notables; tenía la costumbre de robarse sólo un porcentaje extra de lo que le correspondía. Pero ahora, la tentación de hacerse con semejante botín, era irresistible…

En los primeros rounds, la bolsa no superaba los 1500 dólares, pero luego del asalto número 50 las apuestas se dispararon; decenas de manos se alzaron entre la multitud de espectadores arrojando sus billetes, vaticinando la derrota de alguno de los dos boxeadores. Carrington se metía los billetes en los bolsillos, en los calzones, debajo del sombrero, y en cualquier parte donde los pudiese guardar. Los ilusos apostadores no tenían idea en manos de quién estaban dejando su dinero…

Pasado el asalto 98, Carrington se escabulló entre los espectadores y huyó del club. Afuera era medianoche y llovía con estrépito, los billetes se le iban cayendo por el camino. En la esquina del club se subió a un coche, le ofreció al chofer 50 dólares y le pidió que lo llevase a toda velocidad a su domicilio. Al llegar a su casa despertó bruscamente a su esposa y a sus tres hijos, los mandó a vestirse y a preparar las maletas. La familia Carrington ya estaba acostumbrada a esas repentinas mudanzas producto de algún sucio negocio de George; así que se vistieron y guardaron sus cosas sin chistar.

Con el mismo coche, que se hallaba esperándolo en la puerta de la casa, George Carrington y su familia se trasladaron a la estación del ferrocarril, allí compró los boletos con destino a New York. Mientras tanto, en el Olympic Club, un campanazo daba comienzo al round 111.

Muchos de los apostadores fueron a buscar a Carrington, pero para el momento en que la pelea finalizó, éste ya se hallaba a bordo del tren rumbo a New York con una mueca falaz atravesándole el rostro.

Uno de los que más dinero había apostado en la mítica pelea era un gángster de 50 años llamado Ettore Milano. Milano era un inmigrante italiano, proxeneta, traficante de licor y dueño de cuatro cabarets en New Orleans. Se decía de él, entre otras cosas, que solía decapitar con sus propias manos a sus enemigos…

Milano se dedicó a rastrear el paradero del estafador, reuniendo pistas, testigos, etc. Hasta lograr dar con el chófer que esa noche lo había trasladado a la Estación junto a su familia.

Milano sabía que Carrington había comprado boletos para La Gran Manzana, y gracias a los contactos que poseía en esa ciudad, no tardó en dar con el paradero del estafador…

El 13 de noviembre de 1893, sobre las 2 de la mañana, George Carrington ingresó en la casa que había alquilado en Manhattan. Al encender las luces del salón, halló a Ettore Milano sentado en la mesa de la sala, rodeado de tres matones con las ropas y las manos ensangrentadas. El ambiente apestaba a tabaco y a carne asada. Carrington sabía quién era Milano, y sabía lo que le hacía a sus enemigos; tiritó unos instantes antes de preguntar qué estaba sucediendo.

Sobre la mesa del comedor había cuatro bandejas plateadas cubiertas con sus respectivas tapas. Milano observó con calma al estafador, examinándolo de pies a cabeza. Con un ademán displicente lo invitó a sentarse a la mesa, sobre la que también había unos cubiertos, un plato, una copa de vino, y un revólver.

Milano fue al grano, le explicó a Carrington que en cada bandeja se hallaban las cabezas de su mujer y sus tres hijos. Que antes de colocarlas ahí, las había horneado y condimentado; y que ahora él tenía dos opciones: devolverle el dinero de las apuestas y volarse los sesos con el revólver, o seguir vivo y quedarse con el dinero, pero con la condición de que destapase cualquiera de las bandejas para comerse una de las cabezas…

Carrington se estremeció, lloriqueó afligidamente mientras contemplaba el fulgor plateado de las bandejas. Imaginó la horrible agonía que habría sufrido su familia. Durante unos segundos su mente se llenó de flashbacks: las caras de sus niños jugando, su mujer bailando en ropa interior, la primera casa comprada con el dinero de las estafas, su último cumpleaños, etc. Pasado un rato recuperó la calma, suspiró profundamente, se secó las lágrimas con la corbata, observó la reluciente Smith Wesson junto al plato, volvió a observar nuevamente las bandejas, tomó los cubiertos, y destapó una de ellas…

Sobre la bandeja sólo había un bistec con media rodaja de tomate. Excitado y confundido al mismo tiempo, Carrington destapó las bandejas restantes, encontrándose siempre con el mismo menú… El estafador miró al gángster esperando una explicación. Milano le dio una intensa calada a su puro, se inclinó hacia adelante lentamente, clavó su mirada en la de Carrington y le preguntó: “¿Qué clase de animal crees que soy?”… En ese momento, las cortinas de la ventana principal se replegaron, detrás de ellas se hallaba Betty, la esposa de Carrington.

Betty había presenciado toda la escena oculta detrás de las cortinas. Compungida, la mujer caminó lentamente rodeando la mesa, observó con asco a su esposo, quien la miraba atónito, con una sonrisa temblorosa. Betty sollozó unos segundos antes de tomar con ambas manos el revólver que había sobre la mesa y dispararle en la cabeza a George…

Betty regresó a New Orleans con sus tres hijos. Tiempo después se casó con Ettore Milano, con quien mantuvo un caótico romance que duró casi diez años. En marzo de 1902, Milano fue acribillado por un sicario en uno de sus cabarets. Betty heredó una parte de su fortuna y decidió mudarse con sus hijos nuevamente a New York, en donde vivió hasta su muerte, en julio de 1948.

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