El expediente Glasser: ¨Desdoblamiento¨ (XXIV)

Violeta Balián

glasser-24

Ilustración: Geoffrey Johnson

24.  Desdoblamiento

 

Por un lado, me apabullaba la magnitud de las revelaciones de Alcides y Asima. Y por el otro, me encontraba extraviada en la visión que me presentaban del mundo que habitaba. La información era abundante, y los apuntes en mi cuadernito, incoherentes.

¿Cómo saben lo que ocurrirá en el futuro?

Alcides respondió: — Viajamos en el tiempo y residimos simultáneamente en el pasado, el presente y el futuro. Por ahora, observamos. No se nos permite actuar ni modificar el curso de la historia de la Tierra.

—No es nuestra intención confundirla—dijo Asima. —Estamos, simplemente, al tanto de lo que vendrá. Y nuestro objetivo es muy claro: contener las fuerzas malévolas y ayudar a nuestros hermanos terrícolas.

—¿Ayuda? ¿Se viene otra guerra, mundial?

—Sí… y no. Las instrucciones del Gran Concejo Galáctico son precisas: detener la completa destrucción del planeta. Como dijimos, cumplimos con esas directivas y trabajamos de forma encubierta. Y nosotros también corremos peligro. Los enemigos con esas fuerzas “especiales” como las llaman ahora, cuentan con eficientes equipos de eliminación direccionados para asesinar a todos los exoterrenales adheridos a la Misión Resguardo o que habiten entre los humanos terrícolas.

—Seamos prácticos, Alcides. ¿Cómo pueden identificarlos? ¿Dónde están sus habilidades extraordinarias?

Insistí con la invisibilidad y traje a colación mi propia experiencia en el mercado africano. Es verdad, admitieron. Pero los asesinos, terrestres o de los otros, tienen la capacidad de detectarlos. Invisibles o no, las últimas tecnologías consiguieron lo impensable, que las fuerzas especiales puedan verlos.

—Estamos atrapados —confesaron.

Sin embargo, no paraban de hablar. ¿Sería porque les quedaba poco tiempo para derramar tantas advertencias? ¿O porque no podían dejar de hacerlo ni tampoco yo dejar de escucharlos?

Unas pocas semanas atrás, pensando en mis conversaciones con los hermanos, terminé convencida que con ellos yo asistía a un  interesante y divertido show de magos. Pero ahora, todo estaba bien claro: el próximo número en este show era el de ‘la mujer aserrada’. ¿Y a quién le tocaba hacerlo? A mí, por supuesto.

Pero eso no fue todo. Aquella tarde, un poco más temprano que de costumbre, fueron ellos mismos quienes dieron por terminada la reunión y sin darme ningún tipo de explicación.

—Continuaremos con este tema en otro momento —comunicaron sus voces graves y expresiones preocupadas.

Como no tenía ganas de irme ni de regresar a casa, me disculpé y les dije que me quedaría en el café. Quería ver a la gente pasar.

Ni bien se fueron pedí otro café y encendí un cigarrillo para observarlos por el vidrio de la ventana. A mis anchas. Los vi caminar hacia la esquina y noté que nadie se dio vuelta a mirarlos. Y entendí que para la realidad humana que los rodeaba, no existían, eran invisibles. En cambio para mí, estos seres formidables formaban parte de mi espectáculo privado.

Se produjo un flash, afuera. Insertada entre sus siluetas, apareció mi propia figura. Yo, Clara Glasser caminaba con ellos tal cual lo habíamos hecho en los túneles de Ciénaga Azul. Al mismo tiempo, era yo misma quien observaba a mi doble alejarse en su compañía, y sin tener la menor idea por qué ni adónde iba esa otra Clara. Me pellizqué el brazo. Yo era yo, real, de carne y hueso. Al menos eso era lo que yo creía mientras consideraba que hubiese sido muy normal que fuera yo misma quien los acompañaba. Pero ¿era aquella la verdadera Clara? ¿Era yo? ¿Quién era yo? ¿Una impostora? Desesperadamente rogué que alguien me dijera qué había ocurrido con la Clara Glasser que yo encarnaba, que conocía bien, la madre de Pablito y Mónica, la hija de Helga y Eric, la mujer de Rogelio, la enfermera que se especializaba en casos terminales. Estupefacta, inmóvil, los vi cruzar la calle hasta que un instante, desaparecieron. Los tres. Mi imagen o mi doble, se esfumó con ellos. Sentí que se me oprimía el corazón. La partida era definitiva y la otra “Clara Glasser” emprendía un viaje. Yo también había hecho un par de viajes. ¿No fueron suficientes? ¿Qué pretendían enseñarme? ¿Que yo o en este caso, aquella Clara que los acompañaba debía hacer algo más?

Angustiada, apagué en el cenicero lo que me quedaba del cigarrillo, me levanté y me fui.

El expediente Glasser II

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s