¨Acto de creación¨ de Diego Agúndez

Editorial Cuadernos del Laberinto

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Sentado en una terraza, Diego Agúndez  medía opciones para sus vacaciones de verano cuando sufrió un deslumbramiento. Masivas galaxias, agujeros negros, la luz del sol fueron de repente abriéndose paso entre otros pensamientos más mundanos, y su pequeño propósito de irse a la playa quedó difuminado entre otros viajes de otra enjundia, como el lanzamiento de la sonda espacial «Voyager», la conquista de México o el deber de educar a los hijos.

Este libro es el resultado de tal deslumbramiento. Es un acto de creación distinto a cualquier otro. Es un poema largo y un poema corto. Un pequeño viaje dentro de un gran viaje, la historia de cómo cualquier momento podría desatar la conciencia de nuestro paso por la vida.

Por Acto de creación deambulan como figurantes Yuri Gagarin, escritores clásicos y jóvenes poetas, una vecina pesada, un físico iraní o un barrendero de barrio. Sonámbulos en sus distintos espacios y momentos, todos ellos son revividos en un big bang controlado, un acto único de lenguaje que sitúa como condición previa del conocimiento a la propia voluntad de imaginarlo; es decir, el poder creador como testigo y refugio de nuestra condición humana.

El Periódico Irreverentes ha tenido la ocasión de charlar con Diego Agúndez  para profundizar en su poética y que sea él quien de primera mano nos hable sobre Acto de creación.

P.— Acto de creación, su ópera prima literaria es un poemario, en edición bilingüe (español-inglés) en donde mezcla temas tan interesantes y profundos como la transcendencia, el tiempo y el espacio o la historia. Háblenos de qué pasaba por su cabeza durante la formación del mismo.

—Se trata de un poema bastante accidental en el sentido de que no responde a una concepción previa, al menos no de forma estructurada. Había unas cuantas ideas que resonaban rítmicamente y que fueron acomodándose a su modo durante todo el proceso creativo. La historia de este libro comienza en 2015 de forma bastante prosaica, mientras ando limpiando archivos en el ordenador y descubro algunos poemas bastante viejos y descuidados que procedo a ordenar debidamente. En ese proceso descubro un par de proyectos por completo inacabados, uno de ellos, un pequeño poema, ‘Atmósfera’, que jamás se dejó escribir. La noche siguiente maduro ese poema, pero en su lugar aparece la primera estrofa del libro actual, que enseguida va devorando metáforas como una termita y pidiendo más y más extensión en cuanto va bailando con otras ideas. Se escapa por completo a mi control. Me recuerdo paseando y pensando obsesivamente en cómo dar salida a tal o cual problema fundamental de la composición. La arquitectura fundamental es rápida, cosa de unas pocas semanas, aunque el pulido de los detalles lleva meses y más paciencia. Hoy, visto desde la distancia, comprendo que muchas ideas que bulleron torrencialmente en realidad habían sedimentado durante años, confluyeron y se manifestaron así. Si de algo me siento orgulloso es de que hoy, releyéndolo, sigo suscribiéndolo de pe a pa. Bueno, miento, algún verso sí que lo cambiaba, maniático que es uno. Pero bromas aparte, se trata de un poema extenso, de más de 500 versos. En esos tamaños, guardar la coherencia requiere de una concentración brutal que no sé si podría repetir. Existe de hecho un segundo poema de similar tamaño, ‘El retorno’, que es una contrarréplica de este, pero todavía está en refrigeración porque aunque el cuerpo está hay ciertos detalles, también estructurales, que debo pensarme bien. Pensarlo bien quiere decir dos semanas o dos décadas. Nunca se sabe

P.— En Acto de creación, aparecen multitud de personajes, ¿ puedes hablarnos un poco de algunos de ellos?

—En Acto de creación todo es verdad siendo ficticio. Quiero decir que todo es cierto y es falso: hay personajes utilizados como excusas de detalles biográficos y detalles biográficos que son un mero recurso poético. Así de memoria, aparecen una serie de personajes históricos que enumerados dan una sensación de mejunje posmoderno: Yuri Gagarin, Juan II de Castilla, Moctezuma, Marie Curie, Jimmy Carter o Hernán Cortés, y que sin embargo son pilares básicos que apuntalan las preguntas fundamentales del libro porque transportan ideas. Junto a ellos hay otros personajes más comunes, como un barrendero, los chavales del equipo de fútbol, mi propia familia o la típica vecina que te encuentras en el ascensor con la que hablas del tiempo por decir algo. La cuestión es que todas las gentes que te rodean, literalmente o no, tienen alguna influencia en tu identidad, y a veces de forma insospechada. Por poner un ejemplo, mi cercanía sentimental con Hernán Cortés no nace de sus aventuras heroicas o bárbaras en México, sino que obedece al hecho de que me crié en esa calle, casi delante de su estatua ecuestre. No soy capaz de desligar su vida verdadera de la vida que tiene para mí.

P.— ¿Cómo es el proceso de situarse ante el folio en blanco y que la creación nazca?

—La relación con el folio es una relación criminal que se basa en la desconfianza, en el deseo de cambiarlo y estrujarlo para llenarlo de ti. En mi caso es todo una trampa, porque él se lo toma todo como un duelo mental, pero no sabe que cuando me pongo frente a él ya tengo las ideas escritas. La cantidad ingente de literatura sobre las ‘historias’ del folio en blanco y la de escritores en proceso de bloqueo creativo me resultan un poco esotéricas, quizá habría que mirar las cosas inversamente. A mí me va bien de la siguiente manera: voy andando a trabajar todos los días, también cuando llueve. En el camino, siempre se presenta alguna idea extraña o alguna anécdota que me deja tirar suavemente del hilo. Las ideas son una cosa muy frágil, si no se las caza bien nunca vuelven de la misma manera. Hace tiempo todo era muy inestable y tenía que memorizarlas bien para no olvidarlas luego con tanto trajín de vida, pero desde la llegada de los móviles todo es mucho más simple, porque cada vez que me llega una idea me la envío a mí mismo en forma de mensaje… De forma que cuando me planto ante el folio la cuestión ya no es de creación, sino de ejecución.  No hay que perder esa pequeña fe de saber que, más que malas ideas, lo que hay son ideas mal ejecutadas. Afortunadamente para quienes hacemos poesía, nuestro margen de maniobra es ilimitado. Las minas de la creación están siempre ahí, esperando que llegues con las herramientas adecuadas.

P.—¿Por qué y cuándo empezó usted a cultivar la poesía?

—Empecé siendo niño, la verdad es que muy niño. Soy incapaz de recordar la razón, pero es muy probable que fuera por influencia de los poemas infantiles escritos por Gloria Fuertes, o por las canciones populares recogidas en el mítico cancionero de 1983 editado por Montse Sanuy, que ha sido reeditado recientemente y que mis hijos adoran. Creo que ningún otro producto cultural resume tan bien lo que es España como ese modesto cancionero infantil. Naturalmente, en aquel entonces mi idea de poesía no tenía por qué ser poesía, pero lo que considero verdaderamente importante es que mis primeros contactos con la poesía tuvieron una vertiente lúdica, y en cierto sentido me gusta pensar que sigue siendo así y que no he cambiado tanto. W. H. Auden decía que la poesía es un “juego serio”, pero yo solo estoy de acuerdo con la primera parte, en el sentido de que la poesía es un ‘juego’ que puede ser serio… o no. Es un juego porque encierra relaciones de ritmos y significados que fluyen en un orden decidido… pero, ¿por qué debería ser solo serio? Mi relación con la poesía es no solo de admiración, sino de amistad. Con los amigos uno se confía, ríe, se divierte; a veces toca pedir ayuda, a veces echar una mano, a veces la cuestión es un hombro en el que apoyarse, a veces uno solo quiere pelea, a veces uno los quiere más pero de lejos. Igual que ocurre con ciertos poemas.

P.—¿Por qué es la poesía tiene esa fama de ser un género minoritario?

—Este es uno de esos grandes dramas de nuestro tiempo, la historia de cómo el género qué más ha influido, quizás (apedreamiento en tres, dos, uno), en las ideas estéticas ha terminado por criar una fama de reclusión y separación de la gente. No siempre fue así y no tiene por qué ser así.  Últimamente hasta se dice que la gente odia la poesía. No puedo estar más en desacuerdo. Creo que no hay ser humano al que no le guste la poesía, y creo que el único problema es cómo cada uno encuentra la poética que mejor se le adapta. Eso no pasa necesariamente por comprar libros ni porque te guste cualquier perifollo metafísico-reflexivo. Cuando yo voy a pueblos en fiestas en Cáceres, la gente (sobre todo la gente de más edad) sigue cantando canciones populares, de un lirismo sencillo y desnudo, muchas veces con un humor tierno. O en las ciudades, donde hay chavales montando rimas para canciones de hip-hop y hasta reguetón. O mis colegas que juegan al rugby que seguramente disfrutarían unas rimas goliardas y satíricas sobre sus melés. El radar de la poesía es tan inmenso que si vas viendo los anuncios publicitarios uno a uno, la gran mayoría usa técnicas retóricas… copiadas de la poesía. No confundamos los términos: no se trata de alta poesía, pero se trata de poesía y la gente está en su perfecto derecho de relacionarse con la poesía sin dictámenes canónicos.  Presentar la poesía como reducto de élites o de illuminatis es una opción legítima entre otras, un intento por ordenar un canon cualitativo, como ocurre con casi todas las poéticas: hay que escribir así o asá; usar la ironía, fatal; las copas en el bar, muy bien; las reflexiones profundas, nivel caverna de Platón. Pero esto no tiene nada que ver con la poesía. Es más, las definiciones, digamos, ‘poéticas’, encubren en realidad disputas más o menos filosóficas o luchas por el poder de unos y otros, por puro esnobismo intelectual, por estar a la última, por no parecerse a tu abuela que te hacía guisos de pueblo y que le reza a la virgen… Juan Ramón Jiménez dedicó su obra a ‘la inmensa minoría’. Pero ¿no es una inmensa minoría una contradicción en los términos? ¿Qué es una inmensa minoría? ¿El 5, el 20, el 40 por ciento de la gente? ¿Qué clase de distinción sería esa? En mi opinión, la inmensa minoría solo se entiende cuando aceptamos que es una minoría compuesta por cada uno de nosotros. Así de inmensa es.

P.—¿Qué es para usted lo más gratificante y lo más frustrante de escribir poesía?

—Lo más gratificante y lo más frustrante se parecen mucho. Yo concibo la escritura de poesía como una búsqueda permanente de sentidos, aunque algo ahí dentro me dice que quizá lo único que tenga sentido sea la propia búsqueda. Creo que antes dije que la poesía era ilimitada, pero nosotros, breves humanos, no lo somos. De este hecho fundamental, creo, se deriva que sea tan gratificante escribir poesía, puesto que tratamos de explorar nuevos territorios a través del lenguaje, de hacernos absolutos aunque sea solo durante un parpadeo. La poesía es capaz de darnos una comunión con las cosas o de dejarnos en la peor desolación, pero ambas cosas hablan de la misma tensión. Cada poema escrito es un consuelo, una pequeña conquista en un masivo mundo que por todas partes se nos escapa. Pero, a la vez, cada poema escrito nos recuerda todos los poemas que quedan por escribir, y también el hecho de que muchos no se escribirán jamás. Así que la búsqueda, tan necesaria, nunca se termina. Abres una puerta y aparecen dos, y aun así, te dices, avanza. Tan emocionante, tan frustrante: avanza.

P.—¿Hacia dónde te gustarían que fueran tus pasos como escritor?

—Ni siquiera sé que tratará mi próximo poema. Bueno, sí que lo sé, en confianza. Hoy, cuando venía de trabajar, recordé que en el Reino Unido existe un ‘club de hombres aburridos’ y me lo envié como mensaje.  Los hombres aburridos reuniéndose en un club. Como idea, me resulta genial, me muero de la risa. Seguro que mientras recorren esos caminos “menos transitados” se divierten contagiándose los bostezos. Creo que mi ambición honesta es escribir un manojo de poemas estupendos. Me llega con eso, aunque no es poca cosa.

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