MAGNA REALITIS: ¨Los juramentos del café¨

Manuel Ortuño

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La primera vez que Pablo me confesó lo que le inquietaba, lo que convertía sus noches en un burdel de insomnios y su respiración en un tremedal angustiado, faltaban tan sólo cuatro semanas para que yo abandonase el país.

—Laura me engaña —me dijo sin mirarme a la cara y con aspecto arrepentido, como si la posición del engañado y no la del que engaña fuese la única verdaderamente censurable.

—¿Estás seguro? —fue todo cuanto acerté a decir al cabo de unos segundos durante los cuales no logré encontrar su mirada náufraga.

Él asintió levemente varias veces, perdido en un pantano de dolor y autocompasión, mientras la mirada se le iba hundiendo poco a poco en la taza de café humeante que tenía ante sí, sobre la mesita de aquella pequeña cafetería.

Pablo Villar había sido mi mejor amigo desde la infancia, desde los tiempos del colegio y desde que el azar y el destino se confabularan para entrecruzar las líneas de nuestras vidas y mantenerlas enredadas durante los últimos treinta años. Él, además, había decidido compartir la maraña de su vida con Laura, su mujer, desde hacía casi una década, mientras yo, por mi parte, había optado por hilvanar en ella a multitud de mujeres fugaces que se habían ido sucediendo durante bastante más tiempo.

Arqueé las cejas y apagué el cigarrillo mientras expulsaba una última bocanada de humo.

—¿Y cómo te has enterado? —pregunté.

Él me miró a los ojos por primera vez en varios minutos. El desamparo le crepitaba en el rostro como un fuego lento y cruel.

—Lo sé sin más. Supongo que muchas veces no es algo que uno descubra de golpe, sino que lo va intuyendo poco a poco hasta que, casi sin saber cómo, se da cuenta de que lo sabe. Podría hablarte de multitud de cabos que he tenido que atar, de ausencias y retrasos absurdos, de perfumes y aromas completamente nuevos. Ya no conozco a Laura como antes. Ahora existen lagunas entre ella y yo. Ayúdame. Tú fuiste mi padrino de boda. ¿A quién si no a ti podría recurrir?

Me mesé la barba lentamente mientras espiaba cómo el humo de mi café se enroscaba en el de mi cigarrillo.

—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? —pregunté.

—Unas tres semanas.

Aquello era algo que yo ya me había imaginado. Tres semanas es el tiempo aproximado que tarda un hombre que descubre que su mujer le engaña en tener el mismo aspecto de miseria hecha jirones que Pablo tenía aquella tarde.

—¿Y sabes algo de la otra persona?

—Nada —dijo—. Nunca la he visto. En realidad lo único que tengo son suposiciones, presentimientos y sospechas que no siempre soy capaz de justificar.

—¿Y Laura? ¿Has hablado con ella de esto?

Se pasó una mano por la frente, que comenzaba a motearse con unas minúsculas gotitas de sudor. Por un momento pensé que tenía la piel cubierta de brillantes cabezas de alfiler.

—No —balbuceó con una voz que sonó como un espejo hecho añicos—. Me falta valor para enfrentarme a ella. Además, sin pruebas, ¿qué puedo decirle?

—Quizás si esperaras a tener alguna evidencia…

—No puedo esperar —me interrumpió mientras se aferraba a mi brazo como un aprendiz de suicida al alféizar de una ventana—. Si sigo esperando voy a volverme loco. Lo que necesito, lo único que te pido, es que me ayudes.

—¿Y qué es lo que quieres que haga? —pregunté tras tomar un nuevo sorbo de café con la mano que me quedaba libre.

Y así fue cómo, en aquel pequeño bar, nada más pronunciar yo aquellas palabras, enardecidos los dos por una especie de tácito juramento hecho a base de café y nuestra antigua amistad, decidimos urdir un plan que nos pareció tan eficaz como sencillo.

Durante las cuatro semanas que me quedaban de estancia en el país, antes de partir para Holanda por motivos de trabajo, me dedicaría a seguir a Laura para intentar desenredar la adúltera trama que ella se encargaba de tejer a la menor oportunidad, con sus zapatos de tacón alto, su deseable figura de madera tierna y su sonrisa encarnada de media luna. Mientras tanto, Pablo, acechante, me informaría de cada una de sus salidas. Nada más salir ella por la puerta, Pablo correría al teléfono y me llamaría para ponerme sobre aviso. Como la mayoría de los supuestos encuentros tenían lugar por la tarde, una vez acabada mi jornada de trabajo, yo no hacía más que observar el atardecer sobre los parques mientras permanecía a la espera de que mi teléfono móvil sonase y me rasgase el oído con la voz apremiante y nerviosa de mi amigo, quien, a pesar de que acababa de quedarse a solas en casa, hablaba de manera

furtiva, como temeroso de estar luchando por descubrir la verdad que deseaba. Luego, apostado en cualquier parque cercano, yo esperaba a que Laura pasase por allí y la seguía de lejos, confiado tras el parapeto de unas gafas oscuras y observando el andar apresurado de aquella mujer que, paso a paso, tejía su supuesto adulterio. Y así, cada tarde, nos perdíamos entre la gente de las calles el uno tras la otra, como un tren de vagones desunidos, y jugábamos casi sin quererlo a escondernos de nosotros mismos.

Mientras la seguía yo no hacía más que pensar en Pablo, en mi viejo amigo, quien día tras día a lo largo de aquellas cuatro semanas enloquecía de desesperación, lágrimas y claustrofobia entre las paredes de aquel hogar en el que las sospechas y la ausencia de diálogo se amontonaban por los rincones.

Faltaban dos días para mi partida cuando Pablo y yo repetimos nuestro juramento a base de café y amistad. Al cabo de un mes durante el cual nuestra relación se había limitado a sus fugaces avisos telefónicos y a una ausencia total de encuentros con el fin de que yo pudiese disponer del mayor tiempo posible para ejercer aquel insólito oficio de espía, mi amigo se sentó por fin frente a mí al otro lado del humo del café para hacerme la pregunta por tanto tiempo postergada.

—¿Y bien? ¿Qué averiguaste?

Tras arrojar con desidia mi enésimo cigarrillo del día le respondí crudamente que debería sentirse orgulloso de una esposa que dedicaba las tardes a dar inofensivos paseos, a visitar perfumerías y tiendas de ropa, y a dar de comer a las palomas de la plaza mayor; que lo único que podía reprocharle a su mujer era el hecho de que en vez de dos monedas le diera tan sólo una a casi todos los mendigos con los que se cruzaba por la calle; que los únicos cabos que tenía que atar eran los de los cordones de sus propios zapatos de machista miserable y mal nacido.

Lo dejé allí, taciturno y asombrado, con aspecto de cascabeles rotos, inmerso en un arrepentimiento aún más amargo que el café sin azúcar que acababa de tomarme de un solo trago y que me quemaba por dentro casi tanto como los desvaríos de un viejo amigo que hubiera alcanzado prematuramente la senilidad.

Dos días después cogí mi avión con destino a Amsterdam.

Y luego, al cabo de un tiempo, cuando recibí una carta de Pablo en la que, destrozado y compungido, me anunciaba que Laura se había quitado la vida tiñendo de sangre el agua de la bañera, me eché a reír cuando me imaginé la cara tan estúpida que pondría al leer la postdata de la tarjeta de pésame que tenía pensado enviarle:

“P.D.: Ahora no seré yo el único que echará de menos el lunar en forma de estrella que Laura tenía en su ingle derecha, justo al lado de su dulce y jugoso sexo. Valor, amigo mío. Y saludos desde el país de los tulipanes”.

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