El expediente Glasser: ¨Aurelia¨ (XXIII)

Violeta Balián

aurelia

¨La mucama¨-Chaim Soutine

 

23. Aurelia

Al día siguiente fui a Olivos, a la casa del capitán Porto, un paciente que conocía desde los tiempos de la clínica. El médico que lo atendía había indicado inyecciones diarias de morfina; también el inevitable drenaje, una tarea muy desagradable pero necesaria.

Toqué el timbre. Para mi sorpresa, abrió Aurelia y el momento se impregnó de un déjà vu. Un par de meses atrás, un siglo para mí, esta mujer había sido la mucama de los Latorre.

‒‒¿Y Arminda? ¿Qué pasó?

‒‒Se fue ‒‒contestó secamente, y a todas luces, auto impuesta de una formalidad que no encajaba para nada con la casa ni la familia Porto.

Me preguntó por el brigadier.

‒‒No he tenido noticias de él desde el entierro  de la señora Mercedes ‒‒respondí, sin darle más detalles.

Me dirigí al perchero.  Aurelia me siguió y se quedó junto a mí, observándome atentamente. Apenas colgué el abrigo, se apresuró a informarme que el brigadier Latorre la había despedido la misma tarde que ella me había hecho esperar en el living.

‒‒¿Se acuerda, señora? La casa estaba prácticamente a oscuras.  Créame, el brigadier no era la misma persona. Imagínese. Me encargó que no prendiera las luces en algunas habitaciones de la casa, tampoco afuera, en la puerta de entrada y ni siquiera en el jardín.

La mujer me pasaba la información en voz baja, como si estuviera en un confesionario o en el mercado, tratando de atraparme con sus chismes.  Pensé también que Aurelia no podía saber que en lo que a mí concernía, la incógnita de esa noche en la casa de los Latorre ya estaba resuelta, es decir que el brigadier esperaba visitas y no quería testigos.  Sin embargo, en esa ocasión, ella sí estaba al tanto de que en el living esperaba otra persona, Alcides. Y que en la casa se habían reunido Correas y sus colegas. Latorre se lo había advertido, no quedaba duda alguna. Por eso mismo, que se hiciera la inocente de lo que realmente ocurría esa noche en la casa de los Latorre me hacía sospechar de ella.

La mujer no se daba por vencida. Se mordió el labio inferior y mirándome fijamente me transmitió su intención: convencerme de que era mi obligación retribuirla con algún dato, como cuáles fueron los verdaderos motivos que pudo haber tenido el brigadier para hacerme esperar en el living antes de atender a Mercedes.

Al fin, suspirando con resignación continuó ‒‒: Resulta que días más tarde me entero que la señora había fallecido. Esa misma noche. ¿O fue a la mañana siguiente? La verdad, no me acuerdo bien. Una pena, sabe. ¡Pobre Doña Mercedes!  Fue muy buena conmigo. En realidad, lo fueron los dos, por eso me llamó la atención el encargo que me dejó el brigadier. Vaya a saber qué le pasaba. La mujer se le moría. ¿Sería la pena? Es que así son las cosas. Y la vida continúa, ¿no?

Ah, pero un momento, Aurelia. ¿No acababa de decir que Mercedes estaba a punto de morir? Aurelia lo sabía, como lo sabíamos todos los que estábamos en la casa.  Se respiraba allí una  muerte  inminente y la  anticipábamos  Latorre,  los  médicos, Aurelia y yo.  Pero esta mujer quería saber algo más. O se resentía porque las circunstancias la habían dejado al margen de algún otro tipo de información. Podía ser. Pero ¿qué era exactamente lo que quería averiguar?

Decidí no prestarle atención,  Minutos antes el tono de su voz pareció anunciar el final de su cháchara, entonces me puse a arreglar las cosas en el maletín y aprontarme para subir a la habitación del capitán Porto y comenzar la curación.

Me equivoqué, había más.  Y me creí a punto de estallar.

‒‒Trabajé con los Latorre un total de cuatro semanas ‒‒siguió quejándose la mujer.   ‒‒Y así porque sí, me dejan en la calle. Ninguna indemnización. Señora Clara, usted lo sabe, estamos pasando por tiempos muy difíciles. No me quejo, no. Soy una persona con suerte.

Asentí. Aurelia era una persona con suerte y un dato que me tenía sin cuidado.

La mujer volvió a acercarse.

‒‒Hoy… es mi primer día de trabajo aquí. Estoy encantada con la casa, la familia. Me recomendó una amiga. ¡Pobre hombre, tiene los días contados! No sabe cuánto me alegra que sea usted quien lo atiende, señora Clara. El capitán está en muy buenas manos. Lo sé.

‒‒Gracias, Aurelia.

Abrió la boca para decir algo más pero la interrumpí:

‒‒Ya es hora de atender al capitán.

Se calló no sin antes lanzarme una mirada de animal herido.  Al instante agregó ‒‒: La acompaño, enfermera.

Quise decirle que no, que conocía la casa. No me atreví. Rondaba entre mis recuerdos una situación similar pero en casa de los Latorre.

Cuando llegamos frente a la habitación del capitán, Aurelia se ubicó a un costado de la puerta.  Y yo esperé a su lado asumiendo que ella la abriría.  No hizo ningún ademán.  Aprecié y rápidamente que su comportamiento iba tomando un giro inesperado, siniestro y que un escalofrío comenzaba a deslizarse a lo largo de mi espina dorsal.  Cuando la enfrenté, su cara ya alojaba una expresión velada y los ojos se le cargaban de amenazas.

¿Qué había ocurrido? ¿Por qué o cómo pudo esta mujer cambiar de un momento al otro? Estuve a punto de preguntarle si tenía algún problema pero antes de que abriese la boca ella se retiró y desapareció por los fondos de la casa. La miré alejarse; mi mano, agarrada del picaporte, temblaba descontroladamente. Necesito calmarme, me dije. Era evidente que Aurelia sufría de algo que yo no podía ni tenía  la más mínima intención de conocer.

Finalicé la curación una hora más tarde y me escabullí de la habitación del Capitán Porto. El pasillo estaba desierto y la casa, como una gran dama a la espera de su último estertor, mantenía un silencio total. Me alivió no ver a la mucama. Había algo en esa mujer que no me sentaba bien. Desde antes, desde los Latorre.

Miré la hora. En treinta minutos más tenía una cita con otro paciente y a esa hora de la tarde los colectivos iban repletos. Debía apurarme.

Pasé por el vestíbulo a recoger mis cosas.

Aurelia estaba allí, esperándome. Con ojos relampagueantes, y sin decir palabra la mujer se adelantó y abrió la puerta para dejarme salir.

En la calle, tomé hacia la derecha para continuar hasta la parada del colectivo. No había andado más que unos metros cuando noté que sobre la misma acera pero en la dirección contraria, avanzaba un chico en bicicleta. Tan pronto me vio, aceleró  y vino hacia mí con la intención de derribarme. Instintivamente me hice a un lado, pero di contra el cerco de una casa. No me lastimé.  Conseguí incorporarme a tiempo para ver al ciclista internarse en la calle y continuar su carrera loca mientras yo recuperaba la imagen de su cara y expresión de poseído.

El chico se alejó.  Recién entonces me sentí fuera de peligro. Recogí el maletín que se me había caído al suelo desparramando jeringas, agujas, vendas y medicamentos. De pie, clavada en el mismo sitio donde había caído, fui buscando a uno y otro lado algún testigo del incidente que al parecer sólo podía ser esa persona que caminaba por la vereda de enfrente, empujando un cochecito. El cuadro no tenía nada de particular pero al verla se me erizó la piel. No entendí mi reacción hasta que la miré con más atención. La niñera vestía el uniforme blanco  de enfermera,  una capa azul y una cofia blanca  pasada de moda que descansaba cómodamente sobre el rodete que tenía en la nuca. Muy a pesar mío la mantuve en mi punto de mira, absorbida por esa visión tan fuera del tiempo. La mujer avanzó unos metros, volvió la cabeza en mi dirección y a través del ancho de la calle me encuadró con sus enormes ojos oscuros, sin vida pero bien encajados en las órbitas huesudas. Me quedé muda. Como si me hubiese mordido la lengua. O así me pareció porque ya podía sentirle gusto a sangre.

El expediente Glasser II

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