El expediente Glasser: ¨Intervenciones¨ (XX), ¨Planetas¨ (XXI) y ¨Nosotros, los lobos¨ (XXII)

Violeta Balián

lobos

 

 

20. Intervenciones

La reunión con Gotthauser había durado casi dos horas. Al salir, me sentí eufórica y feliz como un pájaro en primavera. Tenía sentido. Estábamos a mediados de septiembre y las ramas de los árboles ya tendían sus brotes al huidizo sol de la tardecita.

Por primera vez, a partir del asunto de Latorre y la aventura continua con Alcides y Asima, me sentí como una persona normal. Tenía la información que me plantaba en el umbral de un conocimiento nuevo y, espectacular. Sólo quedaba comenzar lo que yo ya consideraba una nueva etapa de mi vida.

En primer lugar, reconsideraría mi relación con los hermanos. Las reuniones me eran indispensables, en particular esa misma tarde cuando se me hizo difícil contener mi emoción. Es que junto a mí tenía a dos gigantes de la antigüedad, dos nefilim. Sus antepasados fueron quienes acompañaron a “Dios” y a este otro individuo, Jehová. Así lo decía la Biblia. Sí, Alcides y Asima eran hijos de Dios. Extraordinario. Con sólo pensarlo se me ponía la piel de gallina.

—Percibimos un cambio interesante. Sí, en usted, Clara. Confiamos que la visita que le hizo al pastor de su iglesia le haya proporcionado la información que necesitaba —dijo Alcides.

«Lo sabían todo. ¿Por qué insistía yo en olvidarlo?»

—Gracias, Alcides. La reunión fue muy instructiva —dije tratando de no darle importancia al asunto y enfocarme en el tema del día.

Alcides, esbozando algo parecido a una sonrisa agregó: — Sucede que en asuntos espirituales y tecnológicos estamos decenas de miles de años más avanzados que los terrícolas.

Asima me miró directamente a los ojos. Tuve la impresión que quería prevenirme.

—Los otros también lo están sólo que por ahora se limitan al campo tecnológico. Es casi imposible que alcancen una dimensión superior.

Yo no quería oír hablar de “los otros”. Me asustaban. Ya percibía sus presencias aquí y allá. Y no me entusiasmaba el espectáculo de un conjunto de entidades siguiendo cada uno de mis pasos. Hablemos de otras cosas, les dije aprovechando la oportunidad para preguntarles si nosotros, los humanos, avanzaríamos en el campo de la tecnología.

Sí, y mucho, me aseguraron. Ya estaba todo programado. Otros grupos de “positivos”, en estrecha colaboración con su etnia, se habían comprometido a intervenir “continua y regularmente” para asistirnos e instruirnos en esos campos de la física, la genética y otras tecnologías de avanzada que aún desconocíamos. El proyecto tenía varios años de edad y se completaría en un período relativamente corto, de aquí a unos veinte o cuarenta años, de los nuestros.

—Superarán todas las expectativas —afirmó Alcides, entusiasmado agregando que la humanidad descubriría mucho más del universo. Por ejemplo, que en el sistema solar hay más de ocho planetas, más de una luna, más de un sol, más de un universo y vestigios de vida en otros puntos de la galaxia.

—Es que cuando se lo proponen, los científicos terrícolas son muy buenos alumnos. Tome nota, Clara, los biólogos evolutivos acaban de descubrir esos códigos genéticos que hacen al ser humano. Con esa herramienta no tardarán en descubrir sus verdaderos orígenes —insertó Asima.

Más adelante, explicaron que debíamos ser cuidadosos; esos avances tenían la potencialidad de convertirse en un cuchillo de doble filo, en instrumentos de dominación, dirigidos y controlados por entidades oscuras y muy listas que se comportan como arañas cósmicas, siniestras, tejiendo redes falsas y sedosas para seducir a los terrícolas.

—No entiendo. ¿Cómo?

—Con ideas novedosas que traen aparejados muchos males para el hombre. El mejor ejemplo lo tenemos en el reacondicionamiento físico que llamarán “trans-humanismo” o la transformación física y paulatina del terrícola que conocemos hoy en día. El objetivo será minimizar las enfermedades y frenar la inevitable decadencia. Sin embargo, los resultados no serán los esperados.

—Hemos visto especímenes en la dimensión futura, y le aseguro que son muy desagradables —dijo Asima.

Perturbada, cambié de tema y pregunté: — ¿Cómo viajan los grises, los híbridos o ustedes mismos, desde sus planetas hasta aquí? Las distancias deben ser inimaginables, en años luz, quiero decir.

—Viajamos. Llegamos. No importa cómo —explicó Alcides.

—Nuestra nave usa la tecnología simbiótica —casi desconocida en la Tierra— en la que los motores responden a los pensamientos y emociones de nuestros pilotos. También viajamos “en el tiempo” por “corredores espaciales o tubos de tiempo focalizados” y así nos trasladamos de un punto a otro, cruzando dimensiones verticales. Instantáneamente.

—¿Dimensiones verticales?

—Exactamente —respondió Asima sin quitarme la vista de encima.

El tema me parecía más que interesante pero no conseguía incorporar nada más. Y por la noche, tenía turno en la clínica.

21. Planetas

Ya más tranquila y durante las horas de guardia en el hospital pensé mucho en Alcides y Asima. Les estaba agradecida por las enseñanzas y las advertencias, y también entendía que nuestra interacción formaba parte de un plan. Pero ¿qué plan? Tenían mucho más en el tintero, sin duda, pero hasta ese momento no lo habían compartido. Yo seguía interesada en saber un poco más de aquello que me tocaba de cerca, como qué tipo de conexión hubo entre ellos y el incidente en la casona de Latorre. ¿Qué fue lo que sucedió? Alcides no lo esclarecía y Asima lo ignoraba. Por sobre todo me intrigaba cómo se las arreglaban para no hablar del tema, para dejar pasar el tiempo, y de paso, conseguir que yo misma olvidara que Alcides me debía una explicación.

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Durante la cena, Pablito anunció que al día siguiente toda su clase visitaría el Planetario del  Parque Tres de Febrero.

—Nos llevarán a la cúpula semiesférica. Tiene veinte metros de ancho y explora los cielos de aquí hasta el polo sur. Va a ser bárbaro, miles de estrellas, nebulosas y algunos planetas, Venus, Mercurio, Júpiter, Saturno. Hay ocho en total —dijo entusiasmado.

—¿Estás seguro de que son ocho?

—Lo dice el “profe”, mamá.

—Sí, pero hay que tener en cuenta que la ciencia no tiene todas las respuestas. Todavía no aunque a diario se vayan descubriendo cosas que hasta hace un par de años eran inimaginables. No sería nada raro que con mejores instrumentos aparezcan más planetas e incluso estrellas. Y que estén habitados por otros seres humanos, como nosotros.

Pablito me miró, incrédulo.

—Hijo, no estoy diciendo nada descabellado. Sin ir más lejos, cuando nací o cuando nació papá, nadie se hubiera imaginado que el hombre llegaría a la Luna, ¿no es cierto, Rogelio?

—Sí. Tampoco había antibióticos. A causa de ello murió mi madre —agregó Rogelio, con tristeza.

Rogelio aun sentía la pérdida de su madre. Era muy chico cuando ella murió de una septicemia y a él y a sus hermanos los criaron entre varios familiares.

—¿Qué me dicen de la copiadora Xerox que hace unos años ni existía o el mismo fax? Hemos adelantado muchísimo. El otro día leí que muy pronto entrarán al mercado las computadoras personales.

—No tenía idea de que te interesaban estas cosas —dijo Rogelio.

—Sí, bastante. Creo que es importante mantener las mentes abiertas. Son como el paracaídas o los paraguas, si no las abrimos, no funcionan.

—¿De dónde sacaste eso?

—De Gotthauser… en uno de sus sermones.

—A mí también me interesa todo esto —saltó Pablito—pero para creer en más de ocho planetas y de yapa, poblados, necesitamos pruebas.

Entonces intervino su padre: — Las pruebas, Pablo, dependen del cristal con que se mire. No convencen ni dejan de convencer. Es así con la ciencia y con la religión. Los científicos afirman que tienen pruebas de esta teoría o aquella otra hasta que unos años más tarde llega otro científico para refutar esa última, en la que ya creían todos a pie juntillas.

—Esta conversación me aburre. Prefiero la música o  la medicina —dijo Mónica levantándose de la mesa para ir a su cuarto a hacer sus tareas.

En silencio contemplé a mi marido. Nunca se explayó y mucho menos a su familia de sus propias conclusiones sobre los avances científicos y las situaciones humanas. Me tuve que morder la lengua para no contarle mis andanzas con los hermanos ni la conversación que había tenido con Gotthauser. No era el momento. Quizá nunca llegara a serlo.

22. Nosotros, los lobos

Desde aquellos primeros encuentros con Alcides y Asima, tomé la costumbre de llevar un cuaderno a cada una de las reuniones. Quería registrar la información que recibía de ellos y también los detalles del incidente de la casona y la visita a Ciénaga Azul. Lo hacía por los chicos, pensando que algún día se interesarían en las conversaciones de su madre con los hermanos solarios.

Fue precisamente en esa semana que Alcides y Asima me adelantaron que híbridos, clónicos y algunos otros grupos sanguinarios acababan de llegar a nuestro país como integrantes de un contingente de EBEs, las ya famosas entidades biológicas exoterrenales. Según ellos, incluían un grupo de humanoides emparentados con su propia etnia, colaboradores de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Además, me advirtieron que venían a colonizarnos, esclavizarnos y convertirnos en alimento.

Me horroricé.

—¿Por qué le parece tan terrible? —recriminó Alcides subiendo la voz. —¿Acaso ustedes, los humanos no comen animales y los crían exclusivamente para ese propósito? ¿Qué me dice de los experimentos en laboratorios de escuelas y universidades con animales vivos, indefensos? Ni hablemos de los experimentos secretos… con niños. Sí, Clara. Niños. Porque da la casualidad que son los mismos terrícolas los que secuestran niños. O lo encargan hacer para luego modificarles la personalidad y convertirlos en asesinos autómatas. ¿Es eso menos cruel?

Noté que Alcides acababa de perder su punto neutro, su serenidad. Tenía razón. Y aunque no me hubiese enterado con anterioridad de las programaciones con niños, no dudaba que esos horrores fueran posibles en el mundo descalabrado en el que vivíamos.

¡Cuánto saben de nosotros! Qué somos, qué hacemos, si lo hacemos bien, mal o más o menos.

—Alcides, entonces la misión de estos EBEs es manipularnos, modificarnos genéticamente, y en el proceso, destruirnos.

—En efecto, Clara. Vienen dispuestos a hacer cualquier cosa para lograr sus objetivos.

—¿Quiénes son?

—Un grupo de entre los tantos asociados con los grises. Es importante que no pongamos a todos estos grises en la misma bolsa. Hay grises y grises. Al igual que nuestros parientes, excepto que como dijimos, ese grupo trabajó encubierto para los nazis, instalados en bases subterráneas. En ese entonces preferían la zona de Iraq o la antigua Sumer donde desde hace miles de años opera un portal estelar, de fácil acceso. Sin embargo, ahora han puesto sus miras en América del Sur, una región más que ideal para establecer bases de ese tipo. Me refiero a la Patagonia y la Antártida.

—¿Bases? ¿Cómo las que ustedes tienen en ese lugar alejado? ¿Cerca de Ciénaga Azul?

—Sí. Y también las submarinas. Los entornos acuáticos son más eficientes.

—Y funcionan como refugio para terrícolas en peligro —remarcó Asima.

—Y también algunos híbridos. Pero volvamos a las bases de los grises y los nazis —insistió Alcides.

—Como decíamos, colaboraron con los nazis y ahora lo hacen con los gobiernos del primer mundo y otros no tan desarrollados pero peligrosamente autoritarios y represivos. Juntos, sostienen la idea de implementar el gran plan. Para ello construyen complejos siniestros de gran sofisticación  que utilizarán en el siglo veintiuno.

—En otras palabras, una nueva versión de los campos de concentración —apuntó Asima.

—Operan en absoluto secreto, convencidos de que para reciclar el planeta y para que puedan vivir en él unos pocos afortunados, es decir ellos, se necesitan catástrofes de gran magnitud, tanto geológicas como inducidas. Por tanto, promueven la eliminación rápida y eficiente de millones de seres humanos. Al margen de los conflictos bélicos, ya están desarrollando la mutación genética de ciertos cultivos agrícolas. Así, a través de la ingesta forzada, desaparecerán grandes segmentos de la población.

—Un plan horrible.

—Sí, pero por más que nos espante, es la verdad. El “plan”, como usted dice, se hizo público a mediados de los años 60 por un grupo de estudios, en los Estados Unidos. La paz no conviene, manifestaron. La guerra, sí. Un negocio redondo. Y la explicación que se dio fue muy simple: ‒‒ Existen las ovejas y los lobos. Nosotros somos los lobos.

El expediente Glasser II

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