Los pobres de mi barrio no deben un centavo…

Carlos Fabián Ruiz

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Foto: Adely Madrid

 

Viven carentes de eso que otros creemos necesario, asì como vivìamos en el pasado sòlo que ellos ahora en pleno estallido del consumo. Una garrafa amarilla le da vida al fuego, una olla, una pava, en fin muy poco tienen. Èl va por la mañana con su bicicleta a juntar cartòn y ella, a lo de la señora que paga bien; a Dios gracias carece de ganas de limpiar su mugre. Mientras cada uno hace sus cosas, èl rejunta cajas y ella limpia, tienen un mismo pensamiento, un deseo compartido, que llegue la tarde para volver a estar juntos. Antes ella debe dejar la casa de la señora hecha una pinturita, y èl canjearà por unos pesos su cargamento. Los retornos son siempre iguales, èl aparta un dinero para comprarle un chocolate y ella se detiene en la panaderìa a comprarle bizcochos. La ganancia del dìa se va en el dìa, no deben nada, no poseen tarjeta de crèdito, telèfonos, cable. Cuando se apaga la luz a las diez de la noche, van a su trono de cuatro patas tapizado con sàbanas que huelen a rosas, el rey y la reina. Se aman, no pagan peajes, no suenan telèfonos, no temen a ladrones, a vencimientos, a estrès oxidativo. La noche dura toda la noche. Los pobres de mi barrio no deben un centavo…

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