Sobre ¨Sueños perdidos¨

Francisco José Segovia Ramos

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La exposición pictórico literaria “Sueños perdidos”, que se desarrolló entre abril de 2008 y diciembre de 2012, y recorrió numerosas localidades de la geografía andaluza, estaba compuesta por un total de quince óleos, obra del pintor Juan Antonio Galindo, y de quince textos que los acompañaba, de los que fui el autor.

La génesis de “Sueños perdidos”, nació casi por casualidad, poco después del primer encuentro entre Juan Antonio Galindo y yo en una exposición que él presentaba en un pueblo de Granada. Allí nos conocimos, y entablamos una larga y divertida conversación que, ingenuos de nosotros, iba a llevarnos unos meses después a iniciar juntos un proyecto artístico, que fomentó una fuerte amistad que todavía perdura.

Y la idea partió de la mente inquieta y creativa de Juan Antonio.  Una buena mañana, sin esperarlo, se puso en contacto conmigo y me planteó si yo quería participar con textos míos en una exposición de cuadros suyos. La propuesta me dejó atónico, porque no veía qué relación podía haber entre lo pictórico y lo literario, pero acepté, a la espera de saber qué temática sería la que trabajaríamos. Poco después, Juan Antonio volvió a sorprenderme: la exposición giraría en torno a la explotación laboral infantil en el mundo. Me quedé mudo, estupefacto. Pero tardé poco en asentir y empezar a trabajar sobre las fotos de los óleos que, poco a poco –conforme los terminaba- me iba haciendo llegar Juan Antonio.

No fue agradable. Para ninguno de los dos. Tuvimos que bucear  en la red buscando información –sé que Juan Antonio miró miles de fotografías terribles de niños desnutridos y abusados por el capitalismo más salvaje-, pero, finalmente, el proyecto se hizo realidad.

Quince magníficos óleos. Nada comunes, políticamente incorrectos, que pegan un golpe en el estómago. Quince textos que intentaban expresar lo que se veía en esos cuadros, lo que encerraban sus pinturas. Golpes a la vista y al corazón. No era una exposición al uso, y eso lo sabíamos. No era belleza lo que mostrábamos, sino una crítica a la sociedad que no mima a sus niños.

Fue duro. Por supuesto. Pero el trabajo de preparar las salas para los cuadros, los traslados de una ciudad a otra, los problemas a la hora de preparar programas o establecer horarios, merecieron la pena. Y, sobre todo, por los niños.

Por los explotados y por los del primer mundo. Y también fue idea de Juan Antonio Galindo, todo corazón y rabia contenida por la injusticia que condenábamos, ofrecer charlas en colegios e institutos donde manifestar a nuestros jóvenes y niños ese dolor que se producía en el mundo. Para que tomaran conciencia, se movilizaran, supieran que el mundo no es de color de rosa y hay mucho más que lo que nos muestran los edulcorados anuncios de televisión.

Fue una experiencia inolvidable. Un recuerdo que quedará ahí, en el corazón –también en el estómago, como un hematoma indeleble- para siempre. Por supuesto, desde entonces sé que literatura y pintura pueden muy bien ir de la mano.

Gracias.

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