Fábulas del crimen: ¨Goreman¨

Diego M. Rotondo

autopsy

 

 

Douglas Goreman era un joven depravado que solía masturbarse con fotos de mujeres destripadas. Le compraba las fotografías a su vecino, George Carlton, que era empleado del servicio de limpieza de la morgue judicial de Dublín. George estaba asignado a la sala de autopsias, su trabajo consistía en limpiar los restos de los cadáveres una vez que los patólogos se retiraban. George ingresaba en la sala para fregar la sangre del suelo y recoger los desperdicios médicos; en ese momento aprovechaba para tomarle fotos a los cadáveres sobre las camillas, y también, a los órganos depositados en balanzas y recipientes.

En su departamento George tenía las paredes revestidas con más de mil fotografías de cadáveres y órganos. Muchas de las imágenes estaban colocadas de costado, oblicuas o al revés; algunas cortadas por la mitad y unidas con otras, creando un solo cuerpo con partes de diferentes personas. George estaba orgulloso de su muestrario, había creado arte con la muerte. Aunque a él le importaba un carajo el arte, lo que realmente le interesaba era la pasta que ganaba vendiéndoles sus fotos repugnantes a los pervertidos del vecindario, entre los cuales estaba su mejor cliente, Douglas Goreman, el personaje de esta historia…

Lo que más placer le causaba a Douglas era ese frenesí ambivalente que llenaba su cuerpo al ver esas imágenes. Era muy común que durante sus sesiones de masturbación eyaculara y vomitara al mismo tiempo… En su mente retorcida había algo que iba más allá de un mero trauma infantil, había algo que rozaba con lo diabólico… Sus fotos preferidas eran las de mujeres rubias con el pecho y el abdomen abierto, solía lamerlas, y a veces, comérselas mientras se masturbaba. La repulsión y el placer sexual se equilibraban en su inconsciente, haciendo que una sensación se nutriese de la otra…

Como todo depravado, Douglas comenzó a sentir que necesitaba algo más para excitarse, algo que las fotos no le daban. Sabía que sus orgasmos serían más explosivos si incluía sus otros sentidos en su placer solitario; es decir, si olía, saboreaba y tocaba eso que tanto le excitaba y repelía. Le preguntó a George por cuánta pasta lo dejaría pasar una noche en la sala de autopsias. George sabía que Douglas era un pobre diablo que apenas ganaba lo suficiente como para mantener sus vicios, no obstante, con tal de cumplir semejante fantasía, conseguiría la pasta de donde fuera. Así que le cobró 300 libras para abrirle las puertas de la sala…

El 4 de agosto de 1945, Douglas Goreman ingresó en una sala de autopsias por primera y última vez en su vida. Había tres cuerpos femeninos acostados en sus respectivas camillas. Los cadáveres yacían boca arriba, con sus torsos abiertos y sus órganos internos emergiendo a través del pecho y el abdomen. Los senos caían flácidos hacia los costados de cada cuerpo… Douglas percibió un hedor asqueroso, algo que parecía ser la mezcla de antiséptico y carne podrida; tuvo una erección y sintió una leve náusea en el fondo de su garganta.

Douglas se arrojó famélico sobre el primer cadáver. Durante un rato se dedicó a olfatear la piel y las entrañas del cuerpo, al mismo tiempo que se masturbaba frenéticamente. Vomitó dos veces al costado de la camilla. Era una extraña bilis rojiza la que expelía su estómago, producto tal vez, de una úlcera o un tumor.

Uno de los cuerpos le llamó la atención por su frescura, sus ojos estaban abiertos y miraban hacia un punto fijo en el techo. Eran ojos hermosos, de un radiante color ámbar. Goreman se estremeció particularmente con ese cadáver, que a diferencia de los otros gozaba de un aspecto saludable, vivo… Se echó encima del cuerpo, metió sus dedos en su vagina seca y al mismo tiempo le lamió las tripas exasperadamente. Su boca y su barbilla se impregnaron con la sangre cuajada de las vísceras. Luego aferró un intestino y tiró de el como si fuese una soga, se lo pasó por los genitales, se lo enroscó en el cuello, lo mordió y succionó su contenido…

Douglas sintió el devenir de un fuerte orgasmo, probablemente el más intenso de toda su vida. Pero antes de eyacular comenzó a sentirse mareado y adormecido, sus piernas se aflojaron y se desplomó con el intestino aun enroscado en su cuello. Se desvaneció en pocos segundos. Nunca volvió a despertar…

Las entrañas del cadáver que Douglas Goreman había lamido y chupado tan apasionadamente, pertenecían a una joven de 18 años que dos días antes se había suicidado ingiriendo 100 pastillas de Veronal con una botella entera de vodka.

.

.

fábulas del crimen portadacomprar

Anuncios

Una respuesta a “Fábulas del crimen: ¨Goreman¨

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s