Entremientras: ¨La foto de familia¨ (XIV)

Miguel Rodríguez

arbol-tronco

Foto: Adely Madrid

 

Desde el comentario de Angelario sobre su correspondencia con Valerio, la lentitud y la monotonía de la vejez de Amelia se transformaron en un único deseo de ir a verlo. Comenzó escribiendo cartas a antiguos huéspedes con los que hasta entonces se mantenía al tanto de amores, nacimientos y defunciones. Luego estudió el mapa de arriba abajo y trazó una ruta que le permitiera alojarse en casa de tales huéspedes casi a diario de camino al pueblo de Luna y Valerio, itinerario que fue acordando con cada uno de ellos y del cual nos informó muy a última hora. La carta de Luna a la Mara reviviendo la visita de Ventura y el sabor dulce de tal recuerdo reafirmó su decisión de ponerse en camino: lo haría al terminar las lluvias. Entretanto, envió una foto a Luna en la carta de Angelario que pensó que ella entendería sin necesidad de más explicaciones. La foto tendría unos cincuenta años, a juzgar por la juventud de sus protagonistas. Eran Amelia y Valerio en el puerto de la ciudad delante de un trasatlántico de los que vienen de Europa, con una convicción plena de que habían encontrado el principio del mundo: ella como quien llega por fin al centro de su vida, él como quien se ha topado de bruces con quien dará cuenta de sus días, y ambos radiantes e inmortalizados en un pedazo de papel del cual nadie en la casa tenía noticia hasta entonces.

O quizás es más preciso decir que nadie había tenido noticia completa. Cuando Ventura vio la foto que iría en el correo a Valerio comprendió – y así nos lo transmitió – que aquel sería a partir de entonces un viaje de familia que debíamos realizar todos. No cabía ya tratar de disuadir a Amelia de la locura de tal desplazamiento, a su edad, ni que en el peor de los casos la acompañaran Niklas y Tuyet para cuidar de ella, daba igual que fuera una chifladura de la vejez. Y todo por una foto con un barco gigantesco de fondo, con el vaivén continuo de viajeros empezando una nueva vida al pisar tierra, los saludos, los abrazos de los recién llegados, el olor a agua de mar y a futuro, y de repente aquellos dos jóvenes posando para un fotógrafo itinerante que retrataba lo que para él fue ya siempre la imagen de la felicidad: inexpertos, audaces, reconocidos. La mujer miraba fijamente a la cámara, con una sonrisa interminable, de piel clara y ojos inevitables. Él, más moreno, miraba al fotógrafo como quien dice ‘doy todo por bueno, en este punto ya ha merecido la pena vivir’. Y entre los viajeros, multitud de niños como él que se ofrecían a llevar el equipaje por unas monedas. Aquel día, en aquel instante, Ventura decidió que quería hacerse fotógrafo. Quizás para no olvidar del todo aquel momento, aquella referencia de comienzo y de llegada, tal vez también para buscar otras ocasiones en las que ser testigo – y si es posible participante – de tal fragilidad, de tal fuerza, de tal confluencia de caminos.

Si que Amelia conociera a Valerio nos parecía inexplicable, que Ventura hubiera sido testigo – y por tanto parte integrante – de tal fotografía nos convenció de la necesidad de ser ahora todos acompañantes en el viaje para ver a Valerio. Que más tarde, con los años, Ventura hubiera pasado a ser habitante de la Mara sin saber ni él ni ella, Amelia, de su coincidencia anterior, lejos de parecernos ahora un misterio lo entendimos como una señal.

Y sin embargo, ¿cómo se puede mantener al margen a alguien tan central, tan íntimo, durante cincuenta años sin que se le resquebraje a uno el cariño? ¿Cómo es de profundo el centro del alma? Y si Amelia siempre tuvo presente a Valerio de alguna manera, ¿en qué márgenes hemos vivido los demás, o dónde se sitúa lo que creemos que conocemos de nuestras propias vidas? ¿Le guardamos cariño a la persona en sí o más bien a un recuerdo de esa persona que vamos acomodando con el tiempo? ¿O tal vez a ambos, pues ambos son necesarios? ¿Cambia nuestra necesidad de amor igual que cambia la expresión del mismo? ¿Había tratado Amelia de encontrar a Valerio por medio de algún conocido? ¿Qué sucedió para que se separaran?

Durante las semanas que siguieron nos preguntábamos a menudo sobre Valerio, releíamos cartas de Luna en las que nos contaba de Leyo, de su vida en las minas antes de conocerlo, pero sobre todo, más que indagar acerca de Valerio, nos preguntábamos quién era realmente Amelia, nuestra madre, si ese secreto que ahora salía a la luz había construido el resto de su vida, la que no era secreta, y qué otros secretos pudiera haber que afectaran de igual forma a la familia.

Me resulta difícil imaginar qué haya ido pensado Amelia noche tras noche desde entonces, alejada de un destino que en gran parte no ha vivido pero del que ha sido plenamente consciente. Pasan los años y quizás de estar continuamente pendiente de la posibilidad de que Valerio y ella pudieran reencontrarse pasara a aceptar no estarlo, por el desgarro que tal desazón produce, y de aquí a preguntarse cuándo fue la última vez que consideró realmente tal posibilidad. La vorágine y la virulencia de emociones de su juventud no están ya a nuestro alcance, pero estas semanas hemos ido descubriendo que la intensidad de su sentimiento ha quedado intacta. Quedan los lugares dentro de ella que ha visitado durante años – buscando tal vez a Valerio o quizás luego a la que ella misma fue de aquella – y que ahora nos muestra, la profundidad de su búsqueda, las puertas que se han abierto, los territorios perfectamente cartografiados de la vida de nuestra madre, el acceso a lo que nunca fue la vida común de todos los días. Amelia nunca hará realidad aquel deseo de vivirse con Valerio, pero nadie nunca puede volver a ser el de antes habiendo viajado tan adentro, habiendo estado en tantos sitios de su propia vida. Uno puede no vivir la circunstancia, pero se lleva consigo el viaje.

– Luna, ¿y qué haces con tu vida cuando ya has vivido esa hora?

Se lo pregunté a Lunares en la carta de Angelario.

– Michael, querido, mientras tanto te preparas para la siguiente. No la vayas a vivir a medias. Te vistas del revés o te subas a los árboles, ¡da igual! ¡Entremientras vives, Michael! ¿Me oyes? ¡En la puta vida te vayas a perder esa hora!

.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s