El expediente Glasser: ¨Citas bíblicas¨ (XIX)

Violeta Balián

citas-biblicas

 

 

19. Citas bíblicas

Enrique Gotthauser enarcó las cejas y se acomodó los anteojos en el tabique de su nariz. El gesto automático me dio la impresión de que lo hacía para estudiarme o escucharme mejor, como el lobo con Caperucita Roja.

‒‒Hm…sorprendente su pregunta. No me la había hecho nadie hasta ahora. Veamos: la posibilidad de que existan otros seres, otras criaturas de Dios en el universo y cuál es la posición que mantiene la Iglesia.

Volvió a levantar la cabeza, me miró directamente a los ojos y dijo sonriendo: ‒‒ El tema no existe ni se cuestiona.

Nuestro querido viejo pastor. Un hombre alto, de ojos claros y mansos. Su trato afable me conectaba con los recuerdos que guardaba de mi padre sólo que en esta ocasión, los realzaba un entorno en el que se respiraba una calma perfecta, dispuesta a acariciar y reconfortar mi espíritu vapuleado. En esa oficina no sólo reinaba el orden sino que los problemas del mundo exterior se disipaban como por arte de magia.

Gotthauser me ofreció asiento. Me acomodé y de buena gana, en un sillón de cuero colocado junto a un escritorio. Al frente se encontraba una enorme y abarrotada biblioteca que cubría la pared de un extremo al otro. ¡Cuántos libros! No tenía idea que fuera un ávido lector.

‒‒¿Y por qué cree usted que el tema  no se cuestiona? ‒‒pregunté, procurando volver a la conversación inicial.

‒‒Porque hace mucho tiempo los dogmas de la Iglesia establecieron una única forma de pensar. “Nos ampara la verdad”, me dicen muchos entre la feligresía. Sinceramente, no sé qué responderles. Mi experiencia pastoral confirma que los seres humanos somos egoístas, chauvinistas, que nos creemos el centro del universo y no hay nada mejor que este planeta. Simples aseveraciones. Supongo que derivan del sólo hecho de que residimos en el planeta aunque en realidad vivamos en el espacio, y únicamente tengamos nuestros pies en la Tierra. Es más, nos aterra usar la imaginación para darle cabida a esa mínima noción de otras existencias, mayores y más poderosas que todos nosotros.

‒‒Es verdad. Pero, ¿qué opina usted? ¿Qué dice la Biblia?

‒‒Antes que nada, ¿qué fue lo que la motivó a considerar este tema, Clara?

‒‒Siempre, mejor dicho, desde niña me gustó mirar el cielo, las estrellas, preguntándome qué habría más allá, en toda esa vacía oscuridad. ¿Existían otros mundos como el nuestro, otra gente?

Gotthauser recitó: «Los cielos proclaman la gloria de Dios»

‒‒Sí, y hace dos años esta humanidad puso los pies sobre la Luna, por primera vez.

‒‒Y no hallaron nada ‒‒se apresuró a decir él.

‒‒Pastor, dígame por favor, ¿Conoce usted la existencia de alguna referencia, algún pasaje en la Biblia que mencione la posibilidad de otros seres, humanos o no, aquí, en nuestro planeta y en otros? Algo más allá de Adán y Eva. O sea, una idea más aceptable de nuestros verdaderos orígenes.

‒‒Mi padre ‒‒respondió Gotthauser‒‒ fue un estudioso de la Biblia y no se cansaba de repetir que las Sagradas Escrituras contenían grandes misterios. Y con frecuencia citaba a San Jerónimo, el eximio traductor, quien se refería a esos misterios como al «laberinto de los secretos de Dios».  Un tema apasionante sobre el que he conversado a lo largo de los años con colegas, amigos… como Eric, su padre y muchos otros, aquí y en el extranjero. Hace pocos meses me enteré que se reanudaron los trabajos arqueológicos en Iraq, en tierras de la antigua Sumer. La clave para descifrar estos misterios está en los registros sumerios; y Sumer es muchísimo más antigua que el conjunto de tribus hebreas a las que hace referencia la Biblia. Además, la arqueología moderna ha ofrecido respuestas a las preguntas que nos hemos hecho por siglos. Pero, por el momento, ajustémonos a lo que dice la Biblia.

Gotthauser se levantó y se acercó a un sector de la biblioteca. Extrajo un tomo de uno de los anaqueles, lo puso sobre el escritorio y señaló las credenciales tal cual aparecían en la primera página. La Santa Biblia, en la antigua versión de Casiodoro de Reina (1569) revisada por Cipriano de Valera (1602), posteriormente cotejada con diversas traducciones y con textos hebreos y griegos. Y con referencias.

‒‒A ver. El libro del Génesis contiene algunos puntos intrigantes, arbitrarios. En su confusión, que es abundante, son curiosamente claros. Los he consultado con varios expertos bíblicos. Quería que me los explicasen, que tuvieran la audacia de pensar “fuera de la caja”, como le gusta decir a un colega americano.

‒‒Pero ¿qué es lo que dice el Génesis? ‒‒pregunté, ansiosa.

‒‒Vayamos por partes. En el capítulo cinco se enumeran las generaciones del linaje de Adán, los cientos y cientos de años que vivieron cada uno de los patriarcas antediluvianos o “reyes” según otras fuentes. Jared, abuelo del famoso Matusalén, vivió novecientos sesenta y dos años. Y conste que su nieto lo superó por sólo seis años. La longevidad de esos primeros tiempos es sorprendente. No se ha vuelto a repetir. Porque si bien en lo que va de este siglo la expectativa de vida entre los humanos modernos se ha elevado considerablemente, aún hoy es muy corta cuando se la compara con la de estos hombres bíblicos.

«Un “inconveniente”. ¿No era eso lo que habían dicho los hermanos?»

Se abrió la puerta y entró la señora Gotthauser con una bandeja. Té y masitas, un detalle simpático que anunciaba que el pastor y yo conversaríamos por un largo rato.

‒‒Tomemos el caso de Enoc ‒‒continuó Gotthauser después de agradecerle la interrupción a Ingrid, su mujer ‒‒o sea el padre de Matusalén y también bisabuelo de Noé, el del Diluvio. Dice la Biblia que Enoc desapareció a la edad de trescientos sesenta y cinco años; se lo llevó Dios. Para que no muriera en la Tierra, así parece. ¡Qué privilegio! No ser devuelto al seno de la tierra, a la descomposición de la materia, al olvido, como sucedía con todos los demás. Se me hace que Enoc era un individuo muy especial, capaz de hacer valer su legítimo derecho: regresar a su lugar de origen, fuera de la Tierra. Porque «Era amigo de Dios y caminaba con el Señor», afirma el Génesis. Otro privilegiado fue el profeta Elías. A él también «lo arrebataron de la tierra y se lo llevaron al cielo».

El pastor había hecho sus deberes. Los datos me eran conocidos. La interpretación que aportaba, no.

‒‒Si estos patriarcas ‒‒continuó él ‒«caminaban con Dios» y eran sus amigos: ¿Entonces quién es el “Dios” que menciona el Génesis? ¿El Creador? ¿El Ser Supremo? ¿Alguna deidad? El sólo hecho que «Dios caminara con un patriarca o un rey» sugiere que quienquiera que fuese, se encontraba en ese preciso momento en la Tierra y no en el cielo o lo que consideramos la Morada Eterna.

Esto se está poniendo interesante, pensé mientras me servía una masita.

‒‒Ahora bien. En el libro del Génesis, algunos capítulos mencionan a Dios y otros, a Jehová. He aquí uno de los grandes misterios. Pero tengamos en cuenta que el Antiguo Testamento no es nada más que una compilación de diversos trabajos y autores, ejecutados en diferentes tiempos históricos. Claro que para los cristianos de hoy en día, la Biblia es infalible. No sólo se aceptan como “inspirados por Dios” a un determinado y selecto grupo de libros sino que de este compendio ‒‒prosiguió Gotthauser, levantando y sacudiendo un poco la Biblia en su mano antes de hacer una pausa y tomarse unos rápidos sorbos de té ‒‒se apartaron a los apócrifos y a algunos evangelios, como el de Pedro y Tomás.

El pastor continuó.

‒‒Naturalmente, tantas “irregularidades” nos confunden, porque las imágenes que nos llegan a través del tiempo pecan por contradictorias. En ninguna instancia se hace referencia a Aquél, a quien consideramos como al verdadero Dios, el Ser Supremo. El legado que los cristianos de hoy en día tenemos a mano no es más que un guiso de dudosas nomenclaturas y traducciones poco fidedignas. Y, como ingrediente final, una plétora de interpretaciones posteriores, comprometidas con diversas escuelas de pensamiento y otros dogmas.

Gotthauser se tomó unos minutos para sacar un pañuelo del bolsillo, secarse la frente y beber lo que quedaba en su taza de té.

‒‒¿Hay más, verdad?

‒‒Sí. El Génesis, en el capítulo seis nos dice que “los hombres se multiplicaban sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas”. En la siguiente línea menciona a “los hijos de los hombres” y establece una diferencia entre éstos y “los hijos de Dios”. Luego, un poco más adelante, relata que:

«Viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas/Tomáronse mujeres, escogiendo entre todas.»

‒‒Pastor…me atrevería a pensar que esos “hijos de Dios” no eran ni muy feos ni muy extraños. Parecidos a los hijos de los hombres ¿no cree? ‒‒comenté recordando a los híbridos del manual.

Gotthauser sonrió. ‒‒Puede ser, sí, puede ser y sería un dato importante ‒‒afirmó.

 ‒‒Sin embargo, persiste la incógnita. ¿Quiénes son esos “hijos de Dios”? Según los estudiosos rabínicos, la naturaleza de esos reyes o patriarcas se entiende como la de “hijos de Dios” o, como la de los hijos de “deidades que llegaron desde los cielos y se mezclaron con los hombres”, a quienes se les dio el nombre de nefilim, que significa “caídos de los cielos o los que cayeron”. Otras traducciones, como esta que tenemos aquí, del siglo diecisiete, también hablan de ellos como  los nefilim, pero curiosamente clasificándolos como “gigantes” mientras que las primeras los identificaron como a “la gente del shem”. “Shem” es una voz sumeria que fue adoptada mucho más tarde por los hebreos y significa “la gente que va por el cielo y brilla”.  Obviamente, los humanos modernos no tenemos ninguna dificultad en concluir que aquí se está hablando de algún tipo de nave aérea o espacial.

‒‒Pero… ¿existen pruebas arqueológicas de estos personajes? ¿De esas posibles visitas?

‒‒Sí, por supuesto. Estelas, cilindros y tablillas de arcilla. Desenterradas desde mediados del siglo diecinueve y aun antes. Ilustran a estos visitantes a la perfección. También los relatos mitológicos de la cultura sumeria. Son muy importantes ya que la descripción de sus dioses y sus caprichos corresponden con los comentarios que encontramos en el Génesis sobre Jehová y sus amigos.

Me vino a la mente el momento cuando los hermanos me revelaron lo que ellos proponían era su verdadera identidad, como también esa otra ocasión en la que mencionaron que su etnia había visitado la Tierra con cierta frecuencia. Gigantes. Sí, eso fue lo que dijeron.

Entusiasmado, sin la más mínima idea de lo que pasaba por mi cabeza, Gotthauser adelantó su análisis un trecho más.

‒‒Como dijimos, estos “hijos de Dios” caminaban junto a Jehová. Eran amigos, estaban a la par pero ¿quién era este sujeto Jehová? ¿Una deidad visitante? ¿Un ángel caído, enceguecido por el poder? Pregunto, porque al Jehová de la Biblia y las mitologías sumerias lo percibimos como a una entidad cruel y vengativa que no tiene nada que ver con el “amor de Dios” según lo predica el cristianismo. Muchísimo después, en el Evangelio según San Juan, nos enteramos de que el verdadero “hijo de Dios” es Jesucristo y que a Dios, nadie le vio jamás.

‒‒Ah, entonces lo que se nos ha enseñado es erróneo.

‒‒Algunas cosas sí, Clara. Sin embargo, la carencia de datos concretos no es una excusa para no creer en Dios ni en las enseñanzas de los profetas.

Guardé silencio. La iglesia nunca rectifica. Es más, perpetúa estas discrepancias y ahora, dudaba más que nunca.

‒‒Pastor…está esa otra cita del Génesis, que el hombre había sido “hecho a semejanza de Dios”.

‒‒Sí, sí. En el Génesis, capítulo uno, versículo 26. «Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Ahora le pregunto, Clara: ¿qué opina usted? ¿Este Dios, está solo?

‒‒No, no lo creo. Me da la impresión de que forma parte de un grupo que hace decisiones, un concejo.

‒‒Efectivamente. “Dios” habla de “nuestra” imagen, “nuestra semejanza”, es decir que la tarea creadora estaría a cargo de más de una persona o entidad. Para dilucidar este misterio acudamos a los cristianos gnósticos de los primeros siglos, las comunidades cristianas encargadas de preservar las enseñanzas originales de Jesús, el Nazareno. Esta gente, después de revisar cuidadosamente el Génesis, concluyó en que era necesario hacer una distinción entre el Padre Celestial y el Dios del Antiguo Testamento. A “Jehová” lo exponen como a un poder importante, capaz de crear pero también de caer, de vivir como un desterrado, de esclavizarse al mundo material, y siempre hostil al Creador. Bien. Volvamos a la pregunta anterior. ¿Con quién o quiénes caminaban los patriarcas antediluvianos? Creo que la respuesta es: con sus pares, con el señor tal y cual, con el mismo Jehová o con otros, posiblemente esos gigantes que menciona el Génesis en algunas traducciones.

‒‒Sin embargo, lo que sigue es mucho más interesante ‒‒dijo Gotthauser. ‒‒Moisés y otras referencias bíblicas nos dicen que estos gigantes colonizaron regiones al Norte, como el Líbano y Siria, y las tierras de Moab en la Jordania actual. Anak, el líder de los “anakitas” fue uno de esos gigantes. Tome nota, Clara. Goliat, el famoso gigante filisteo y contrincante de David, medía tres metros y era un “rafaíta o anakita”. Ahora, resulta que los anakitas descendían directamente de los nefilim quienes, según la tradición aramea, originaron en la constelación de Orión. Como puede ver, Clara, aquí tenemos la conexión extra planetaria que buscábamos ‒‒concluyó Gotthauser, satisfecho.

‒‒No sé qué decir, Pastor. Esto es… fascinante.

‒‒Hay mucho, mucho más. Como se imaginará, estudiar y comentar este material nos llevaría horas y horas.

«Como los discursos y sermones de los hermanos».

‒‒La Biblia es muy explícita, pastor.

‒‒Así es. Y no dudo que esta información, bien interpretada, permitiría un nuevo enfoque a la genética humana y pondría patas arriba las creencias aceptadas por la Iglesia o la ciencia misma. En este caso me refiero a la ciencia establecida tan reacia a dilucidar enigmas cósmicos. ¿Sabe una cosa? La ciencia se ha convertido en la “Inquisición” de estos tiempos modernos. Sin duda, hay muchos científicos que estudian estos temas pero el público no se entera. Y si le llega la información, la misma viene retrasada, filtrada y a cuentagotas.

‒‒¿A qué se refiere? ¿Quiénes filtran esa información?

‒‒Los poderes terrenales. Los gobiernos “elite” que dirigen los destinos del mundo y en verdad son quienes nos gobiernan. Las sociedades secretas. Todos mienten y mienten. O se reservan la información. Como le decía, no cabe duda que la humanidad fue engendrada o manipulada genéticamente de un barro o un compuesto sintético.

‒‒¿Por quién? ‒pregunté, anticipándome la respuesta.

‒‒Por los “hijos de Dios”, los gigantes o los visitantes de otros planetas ‒‒indicó Gotthauser. ‒‒Las tribus de gigantes esparcidas por tierras bíblicas se multiplicaron diseminando su semilla a diestra y siniestra. Sin ir más lejos, nosotros mismos podríamos ser portadores de esos genes de gigantes, de esos visitantes de otros planetas. Pero volvamos a su pregunta inicial, Clara. No, no somos los únicos en el universo. No estamos solos en este planeta. Para darle un ejemplo muy básico, lo compartimos con una gran variedad de animales y millones de organismos biológicos. ¡Qué poco inteligente pensar que en otros planetas no existe vida! Al hacerlo, negamos categóricamente la capacidad del Creador. Y si es que está en la voluntad de Dios, tarde o temprano aceptaremos estos misterios. Por lo que quieran revelarnos. En tanto, guardemos la fe, hagamos la obra encomendada por los Evangelios y, con nuestras mentes, lo que hacemos con los paracaídas o los paraguas.

‒‒¿Qué quiere decir, Pastor?

‒‒Que no funcionan si no los abrimos. Mentes abiertas. La nueva consigna. Estoy preparando un sermón sobre ese tema.

Cuando Gotthauser mencionó el sermón aproveché para comentarle cuán impresionado había quedado mi marido, el último domingo.

‒‒Me alegra mucho. Lástima que usted no haya podido asistir, Clara. No la vemos muy seguido por aquí.

‒‒Una situación de trabajo, Pastor. Las cosas no andan muy bien.

‒‒Estoy al tanto. Recuerde que el Señor la acompaña, en los momentos buenos y también en los malos.

Me levanté para irme. Al dejar su oficina le pregunté si había oído hablar de Tot, el Atlante, o de las Tablas de Esmeralda.

‒‒No ‒‒contestó. ‒‒Ah… otra cosa, Clara. Por favor, que el tema de nuestra charla quede entre nosotros, que no salga de estas paredes. Lo único que me falta es que se rumoree por ahí que el pastor Gotthauser cree en extraterrestres. Unos siglos atrás me hubieran puesto en la pira, por hereje. ¿Me entiende? ‒‒dijo, riéndose.

‒‒Perfectamente, Pastor. Y le agradezco muchísimo el haberme brindado su tiempo.

‒‒No faltaba más. Ha sido un placer, Clara. Sepa que recuerdo a su padre con mucho afecto y no lo dude, este tema le hubiese interesado.

El expediente Glasser II

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s