Entremientras: ¨Viendo fotos con Amelia¨ (XIII)

Miguel Rodríguez

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Foto: Adely Madrid

 

Después de acondicionar la casa de Isabel de Flor para la vida en común, Ventura y ella volvieron a la Mara para contarles del viaje al Norte Grande y de la vida de Luna. Iban comentando las fotos de los lugareños, de las minas, de Angelario y del mundo que ya se extingue tal como se había conocido hasta entonces, al tiempo que hacían observaciones de cada foto para incluir a Amelia en el recuento real de los días.

– Ay, hijo, esta vez tienes la mitad de los retratos borrosos.

– No, no, sólo aparentemente, fíjate bien.

Una mirada más cuidadosa revelaba que el objetivo de muchas de las fotos se centraba no tanto en lo que aparecía desenfocado en un primer plano, sino en Leyo, que buscaba la esquina más alejada del encuadre. Isabel bromeaba con Amelia:

– Es guapo, ¿eh? Vaya regalo te ha traído Ventura… Mira, mira.

Amelia reía la intención y hacía ademán teatrero de inspeccionar tales retratos con atención. Siempre agradecía el cariño.

– No sé, amor, me falla la vista. O eso, o es que es tan feo como él.

– Ah, muchas gracias, vieja. Espera, mira, aquí tengo un primer plano con Luna.

Ventura pasó un taco de fotos hasta que encontró el retrato de Lunares con aquel viejo en la entrada de su casa.

– Mira, aquí están Luna y él en la única ocasión en que logré que accediera a posar para un retrato. ¿Lo ves bien? Qué hombre tan testarudo. Menos mal que Luna le convenció. La vi muy bien, está muy feliz. Y Sara es tan dulce. Mira, aquí tengo fotos de ella.

– Valerio…

– ¿Eh? Eh… no, no, no tienen hijos, tienen una hija, se llama Sara.

– ¡Dios mío, Valerio! ¡Valerio!… Valerio…

Amelia ya no escuchaba a nadie. Agarraba el retrato escudriñando la cara de aquel viejo al cual atribuía un nombre distinto del conocido que repetía en forma de espasmo.

– Eh… Amelia, niña, éste es Leyo, el marido de Luna. ¿Recuerdas que en las cartas nos contaba cómo lo conoció y nos hablaba de Sara? Se llama Leyo. Leyo.

Ante la veneración y el recogimiento con que Amelia había nombrado al viejo de la foto, ni Ventura ni Isabel sabían si aquella figura que Amelia parecía reconocer era parte de la vida común que ella aún compartía con los habitantes de la Mara, o pertenecía a esos otros lugares de su mente por los que deambulaba últimamente tan de continuo. Así era nuestra vida por entonces, saltando de un lugar a otro sin más transición que la voluntad de no perdernos demasiado.

Así pues, unos y otros empezamos a hacerle preguntas – al principio con interés fingido – para determinar a qué mundo pertenecían aquellos recuerdos suyos, o en qué lugar de la conciencia se hallaban. ¿Quién es Valerio, pues? ¿Cuándo os conocisteis? ¿Fuisteis novios, dices? ¿Por qué rompisteis, qué pasó? ¿Lo has vuelto a ver desde entonces? ¿Cómo es que nunca nos has hablado de él?

Amelia condescendía a todas las preguntas y, contrariamente a como sucedía en los últimos tiempos, se expresaba con una lucidez enfermiza. Hablaba con alegría, ligera, reía con cada comentario que hacía y contaba múltiples anécdotas de aquel hombre extraño y ceñudo que conoció como camarero en uno de los bailes a los que solían llevarla sus padres para que fuera eligiendo algún caballero europeo de provecho. Valerio iba también a esos bailes: servía los cafés, lavaba los platos, y después trabajaba en el puerto, inventando recados, a jornal. Lo que fuera.

Las respuestas a nuestro fingimiento nos dejaron atónitos, y poco a poco las historias y la vida de este hombre que Luna nos había ido contando en sus cartas a lo largo de los años se iban anudando en esquinas y recovecos oscuros de unos recuerdos que no habíamos vivido. Estos recuerdos contados cobraban ahora forma y salían a la luz de manera misteriosa y, en el caso de Amelia, sin angustia. Es más, lejos de alimentar celos absurdos, Amelia se alegraba infinito por Luna, y le parecía lo más normal que Luna y Valerio se hubieran conocido.

Angelario contó que se escribía con Leyo, o sea: con Valerio.

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