El expediente Glasser: ¨Estelares¨ (XVI), ¨Las llaves¨ (XVII) e ¨Inconveniente¨ (XVIII)

Violeta Balián

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16.Estelares 

Los hermanos no acudieron a nuestra reunión en la confitería. Desconocía las razones y los esperé una hora. Tomé dos tazas de café, me fumé tres cigarrillos y les envié un mensaje telepático que no respondieron. Decepcionada, regresé a casa. A primera hora de la mañana siguiente me comunicaron que lamentaban no haber asistido a la reunión. Razones de fuerza mayor. ¿Podríamos reunirnos esa misma tarde?

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Asima insistió con que retomáramos el tópico de la última reunión: la “humanización” de las otras entidades. Quedaban algunos puntos importantes como su desempeño entre gente común y corriente.

‒‒Le aseguro que lo hacen con distinción ‒‒aportó Alcides con un cierto grado de satisfacción. Y agregó: ‒‒ Nuestra gente está entrenada para formar parte de la comunidad terrestre ya sea en sus aspectos culturales y políticos como socio-económicos. Muchos de ellos llegan a ser figuras prominentes a las que usted reconocería en diarios y revistas.

‒‒Tenemos otro dato que puede interesarle, Clara ‒‒dijo Asima. ‒‒Ya hay más de diez mil EBEs, o “entidades biológicas exoplanetarias” viviendo como “agentes ocultos” entre terrícolas, e infiltrados en organizaciones secretas, o en instituciones reconocidas. Sin ir más lejos, el cajero de su banco o el carnicero, por ejemplo.

Hablaba y yo me preguntaba cuántos conejos más sacarían mis buenos amigos de sus galeras. Les pedí que habláramos de Tot, la Atlántida, de la invisibilidad, la telepatía, y por qué no, cualquier otro aspecto de su vida pedestre que se les hubiese quedado en el tintero o en el fondo de su canasto de sorpresas. Mi pedido era genuino. Ya no reaccionaba bien a sus exposiciones o a lo que no me interesaba saber. Mis comentarios se reducían a un mecanismo de defensa o a un acondicionamiento emocional. Estaba convencida de que su táctica consistía en prepararme para enfrentar algo importante, por venir: el gran final del episodio fantástico que protagonizaban no sólo sus presencias físicas sino también las experiencias astrales, las lecciones, la magia, los cambios de clima y el tema de las otras entidades. Como digo, estaba al acecho de un evento estrepitoso. El gran final de una ópera. Que posiblemente fuera el producto de mi imaginación o una simple ilusión, generada por mí misma. O un engaño colosal, instigado por ellos mismo, a través del control mental que Alcides puso en ejecución en aquel preciso instante en que nos conocimos. Mi pregunta seguía siendo la misma: ‒‒ ¿Por qué a mí?

Solté una risita tonta, involuntaria, consecuencia de las punzadas de inquietud que me atacaban cada vez que pensaba en el mercado africano y en mi propia, candente mutación física. Porque aunque me resistiera a pensar en la experiencia, no dejaba de atar cabos ni de considerar que la vivencia tenía que ver con la información que mis estelares e imperturbables amigos me entregaban a diario.

‒‒Decíamos, Clara, que una vez aquí, los mutantes se infiltran dentro de los mismos gobiernos y conforman un “gobierno dentro de un gobierno” o, si lo prefiere, un gobierno oculto.

‒‒¿Qué gobierno? ¿De qué país?

‒‒Los Estados Unidos.

‒‒Oh, no. No me diga eso, no se lo creo. Los americanos no lo permitirían.

‒‒Lamento decepcionarla. Ocurre en la agencia espacial NASA y en instituciones similares. Existe un gobierno oculto con políticas tanto o más inescrupulosas que las de los gobiernos oficiales. Y además, ejercen su influencia al amparo de entidades anónimas que supervisan grupos de inteligencia totalmente independientes. Ni el presidente de turno, en Washington se llega a enterar de sus actividades.

‒‒Siga contando, Alcides ‒‒dije, riéndome por lo bajo.

‒‒Bien. Para su información. Mientras los “infiltrados” caminan por los corredores del Pentágono, como lo haría cualquier empleado común, a Nixon, el “líder del mundo libre,” se le niega el código de seguridad para acceder a esa información. Es una situación que se replica en otros países. Aquí mismo trabajan dentro de dependencias militares, protegidos del ojo público.

‒‒¿En este país? ¿Trabajan…aquí?

Guardamos silencio.

De repente y sin saber por qué lo hacía, pregunté: ‒‒ Mi padre fue un contactado, ¿verdad?

‒‒Efectivamente. También otros miembros de su familia, en Europa, por varias generaciones. En Chicago, tenemos a los Altmann, la familia de su padre. Todos ellos manifiestan una sensibilidad genética que sólo se da entre ciertos grupos.

Asima acercó su cabeza hacia la mía y sonrió con complicidad.

‒‒Clara Altmann. Cuando nos vio por primera vez ¿no tuvo la impresión de que ya nos conocía?

‒‒Es posible ‒‒le respondí, sorprendida de que haya usado mi apellido de soltera.

‒‒Y también, tenemos a los pobres marcianos ‒‒declaró Alcides, sacando a relucir un tema nuevo.

‒‒¿Marcianos?

‒‒Sí. No hay que temerles. Un grupo desafortunado y relegado a las tiras cómicas y otras ignominias. Existen, son unos pocos, pero viven sometidos a sus amos, una poderosa etnia de saurios. ¿Le extraña, verdad?

‒‒Es que siempre se dijo que no había señales de vida ni en Marte ni en la Luna.

‒‒Ah…desinformar ‒‒exclamó Alcides elevando los brazos como si estuviera a punto de comenzar una plegaria. ‒‒Como sabemos, es uno de los objetivos más importantes de la gente que nos gobierna. De hecho, las noticias que recibimos a diario no son más que una cruel distracción.

Ya comenzaban a deprimirme. Les hice unas preguntas tontas.

‒‒¿Cómo se alimentan?

‒‒No comemos ni bebemos.

‒‒Ahora entiendo.

‒‒¿Qué es lo que entiende, Clara?

‒‒Que dejen las tazas de café sin tomar…

La alimentación era una etapa cumplida. Dormían poco y podían llegar a vivir cientos de años.

‒‒¿Unos mil? ‒‒bromeé.

‒‒En edad terrícola, sí.

‒‒Asima y yo somos gemelos. Rondamos por los cuatrocientos treinta y cinco años humanos.

¡Imposible! «Estimado y distinguido público, señoras y señores, su atención, por favor. Hemos llegado a este importantísimo momento del show en que nuestros magos proceden a sacar palomas blancas del interior de sus mangas.»

Tampoco eran esclavos de las emociones. Desarrollaron un mecanismo para prevenir extremos de esa naturaleza y prefirieron enfatizar el punto neutro, la serenidad.

‒‒¡Qué bien! Los felicito ‒‒dije con malicia.

‒‒Gracias. Claro está que nuestra neutralidad no nos impide envidiarles a nuestros hermanos terrícolas sus juegos emocionales; los percibimos en auras de muchos colores. ¡Son tan hermosas, tan humanas! Capaces de llevarlos a paroxismos de creatividad.

‒‒Como también a acciones nada encomiables ‒‒destacó Alcides.

 ‒‒¿Por ejemplo?

‒‒Permitir que las pasiones, el poder, les destruyan el espíritu ‒‒subrayó Asima.

La conversación me estaba dando un dolor de cabeza. Tenía gente a cenar en casa. Debía regresar inmediatamente.

Basta por hoy, dije.

17.Las llaves 

Ya había anochecido. Eran las siete y me alegré de llegar a tiempo para recibir a nuestros primos que estarían por caer a eso de las ocho. Frente a la casa noté que el farol de la esquina estaba apagado y la mitad de la cuadra a oscuras. Tampoco había luces en las ventanas delanteras de la casa por lo que calculé que Rogelio o los chicos debían estar atrás, en la cocina.

Abrí la verja del jardín delantero que aun alcanzaban a iluminar las luces de la avenida. En ese momento, alcé la vista. Furtiva, una sombra se movió detrás del árbol del vecino. Bastó para asustarme y buscar, descontroladamente, las llaves en el bolso. No estaban. Desesperada, toqué varias veces el timbre de casa.

Pablito abrió la puerta.

‒‒¿Qué pasa, mami?

‒‒Nada, hijo…no encontraba las llaves.

‒‒Claro que no, las dejaste sobre la mesa de la cocina.

‒‒Estos días ando muy distraída ‒‒le dije al entrar.

18.Inconveniente 

Fue en una de nuestras charlas cuando los hermanos me informaron que su etnia y los terrícolas manteníamos un parentesco, que éramos híbridos al igual que millares de otras etnias en la galaxia.

Cientos de miles de años en el tiempo, los Argones, es decir, sus progenitores experimentaron con un “cultivo biológico” que evolucionó en algo parecido a una enfermedad. De ese cultivo surgieron los humanos terrícolas, a su semejanza pero con conducta propia, con “libre albedrío”. Y una de las razones por la que nos estudiaban como a ratas de laboratorio. Se sentían responsables. Sus estudios revelaron que en nuestros peores aspectos éramos primitivos, salvajes, peligrosos y propensos a sufrir la emoción del miedo, causante de enfermedades, guerras y enfermizas dependencias religiosas.

‒‒Por lo que veo, ustedes tienen muchos prejuicios en cuanto a la religión ‒‒reproché.

‒‒Todo lo contrario. En primer lugar, no confundamos religión con espiritualidad; no tienen conexión alguna. Somos seres espirituales y en ese aspecto nos parecemos mucho a los terrícolas. Por lo tanto, nos sorprende que la mayoría de los terrícolas se niegue a evolucionar su espíritu.

‒‒Y se sometan a instituciones religiosas, a estructuras políticas, en fin, a todo tipo de constricciones. Justamente el hombre, ¡el único animal que sabe a ciencia cierta que va a morir! ¿Por qué lo hace? No lo entendemos. ¿Será que prefiere refugiarse en su comodidad, en el deseo de no pensar, de no verse a sí mismo tal cual es?

‒‒Además, el terrícola abandona, con mucha facilidad debo decir, su paleta de responsabilidades. Al hacerlo, crea un vacío del que se aventajan las elites religiosas y políticas dedicadas a fomentar sentimientos de miedo, vergüenza, culpa y otros paradigmas inconcebibles, como el pecado original.

‒‒No existe tal cosa ‒‒señaló Alcides. Y agregó: ‒‒ Peor, los humanos terrícolas no tienen la más mínima idea de quiénes son realmente ni que poseen una inteligencia extraordinaria a la que pueden ensalzar con su mayor recurso: el espíritu.

‒‒Pobrecillos. Además, adolecen de un gran inconveniente ‒‒declaró Asima, bajando la voz como si estuviera a punto de comunicarme un importante secreto.

‒‒¿Inconveniente?

‒‒Sí. Una vida muy breve. Disponen de poco tiempo, pero lo consumen creando y tratando de resolver conflictos insensatos o viviendo en la completa negación de sus orígenes y su rol en el universo ‒‒señaló Alcides.

Asima se puso triste y reportó: ‒‒ Es que vivimos tiempos inciertos, difíciles. Se está iniciando una contienda a nivel cósmico. Los enemigos intentan apoderarse no sólo del planeta sino también del espíritu que se aloja en el ser humano y éste, con su extraordinaria falta de valores bloquea su propio camino a la integración cósmica. Al no superar la situación o creyendo que lo que hace es normal, acentúa su vulnerabilidad.

El expediente Glasser II

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