La cocina del infierno: ¨Comando Meón¨ (XI) Tercera Parte

Fernando Morote

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-Tampoco, tampoco –dijo el Champero.

Y no alcanzó a terminar. Tuvo que alejarse del urinario antes de que el susto lo fulminara. ¿De dónde salió? ¿Cuándo lo hizo? ¿Cómo llegó hasta allí?

Esperaban afuera del edificio administrativo, en la primorosa plazuela circundada por jardines que servía de antesala a los visitantes.

-Te orinaste, Champero –dijo el Narizón.

-¿Qué harías tú si te saltara encima un gorila? ¿O un puma?

-Era sólo uno de mis pacientes –refirió el doctor Díaz, integrándose al grupo.

-¿Son peligrosos? –indagó el Conde.

-Impredecibles –explicó el médico, con una sonrisa. -Imprevisibles. En situaciones de crisis, algunos requieren sedación muy potente.

-Bueno –indicó el Champero. -Éste estaba medio calato, caminó agachado por la cornisa del baño, que dicho sea de paso no tenía techo, y después de lanzarse al piso se fue corriendo, haciendo ruidos raros con la boca, dándose cabezazos contra la pared.

Corto de estatura y de vista, el doctor Díaz los condujo por las instalaciones que ocupaban un gigantesco perímetro cerca de la Costanera. Pese a que se respiraba un aire sereno, acentuado por la brisa marina, y si no fuera por la proliferación de glorietas y pérgolas invitando al reposo y la contemplación, era obvio que el interior de los pabellones podía alardear de perfecto escenario para una película de terror. El estado de los dormitorios, baños, cafeterías, corredores, puertas y ventanas constituía suficiente móvil para sancionar a los responsables de mantenimiento con pena privativa de libertad.

-Es verdad que últimamente está muy venido a menos –reconoció Díaz. –El Ministerio de Salud sólo juega con la reputación ganada por el hospital a través de los años a base de esfuerzo y dedicación, pero no provee los recursos para modernizar los tratamientos o actualizar los equipos. Las enfermeras están mal pagadas.

El Conde murmuró al oído del Doctor:

-Debemos aclararle al hombre que nuestro proyecto no tiene carácter profesional.

-Esto es más que nada una contribución voluntaria –prosiguió Díaz. -Un compromiso personal. Similar al que ustedes han tomado con el Comando Meón. Y por el que me he animado a convocarlos para que vengan a conversar con mis pacientes.

-¿Qué hacen ellos? –preguntó el Doctor, señalando un área ocupada con caballetes y lienzos.

-¡Ah! Ésa es nuestra exposición mensual de pintura.

-Interesante.

-Tenemos muchos artistas aquí también.

-Excelente.

-Es una terapia fabulosa. Y nos permite descubrir verdaderos talentos. No sólo artistas plásticos. Poetas, además.

-Fantástico.

Unos pasos más adelante, un cartel de metal colgado sobre la rama de un árbol les anunció que habían llegado a puerto.

-Bienvenidos al pabellón 18 –dijo el doctor Díaz.

En el espacio reservado para la reunión, los residentes deambulaban en pijama rascándose la cabeza, persiguiendo insectos, dialogando con las cortinas.

-De la que te salvaste, Champero –dijo el Narizón.

-Algunos piensan que ellos están descalificados –comentó el médico. -Pero muchos son más lúcidos y nobles que la mayoría de la gente, digamos, normal.

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