Entremientras: ¨Ventura saca fotos¨ (XII)

Miguel Rodríguez

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Foto: Adely Madrid

 

Isabel de Flor sólo se había hospedado en la Mara durante unos meses, mientras encontraba un alojamiento permanente y propio. Había llegado a la ciudad proveniente del norte, de las tierras mineras, aunque su trabajo era de secretaria del comisionado en el Departamento de Turismo. Desde entonces siempre se dejaba caer cada poco para tomar café y comentar la vida con Amelia, con la que había hecho amistad. De vez en cuando coincidía también con Ventura, quien se unía al café como sin querer quedarse, incómodo por no saber bien dónde dirigir el encuadre de su mirada, si a aquellas piernas espectaculares o al interior del escote, ni cómo corresponder con aquella mujer cuya sonrisa desmembraba los retratos y que por ahora no le había adjudicado ningún hijo, a pesar de que Angelario se acurrucara con ella tan pronto llegaba. Tales tertulias habían acrecentado la cercanía en el trato, y el amor entre ellos no tardó en surgir. En aquella ocasión, sin embargo, Isabel había venido por otro motivo.

– Necesitan un reportaje del Norte Grande, donde vive Luna, antes de que desaparezca por completo tal como lo conocemos, y he pensado que quién mejor que tú.

– Isabel, yo ya estoy mayor para esto. No quiero ir tan lejos.

– Ventura, no te hagas el remolón. Y recuerda que a la vuelta tenemos que reformar la casa. O eso o me vengo a la Mara, tú verás, pero te quiero en mi mesa de desayuno todos los días, ¿oíste bien? Y además vas a volver a ver a Luna. Ya estamos preparando cartas y regalos para que se los lleves. Anda, venga, piensa en la vuelta, es sólo un par de semanas.

Hay encargos a los que es muy difícil resistirse.

Ventura tardó más de una semana en llegar a esta región semisalvaje y perdida en el tiempo, un lugar que estaba dejando de existir por causa y empuje de la modernidad y de las minas de cobre, sin que nadie supiera bien en qué se estaba convirtiendo. Fotografiar este entremundos sin duda era un reto: algo tan efímero y a caballo entre lo que fue y lo que estaba a punto de empezar a ser.

Luna lo recibió como a una parte de la vida enganchada en el pasado que por fin vuelve y nos destensa la piel. Se alojó en su casa, preparó sus bártulos y después de los primeros paseos de puesta al día sobre la familia, comenzó el trabajo. Luna sugirió que lo acompañara Leyo, su marido, por el pueblo y los alrededores, y aunque ninguno de los dos tenía una idea clara de por dónde empezar, rápido hicieron compañía. Y es compañía, no conversación, porque Leyo apenas hablaba. ‘Aquí estaba correos’, decía por ejemplo. O también: ‘aquí marcan el ganado’. Todo eran lugares: aquí pasa tal cosa.

El ojo experto de Ventura, sin embargo, advirtió rápidamente la topografía espiritual de este hombre en cuyos territorios y contradicciones resultaba tan fácil reconocerse. La vida de la comarca estaba escrita en la cara de aquel viejo, y que le guiara por la zona fue el pretexto para fotografiarle constantemente en perjuicio de otros que pasaran por allí. Así, el primer plano en muchas fotos estaba borroso, ya que Ventura había enfocado el objetivo bastante más lejos de donde aguardara la cara del señor de turno: allí donde esperaba Leyo. Jóvenes y viejos quedaban a menudo desdibujados, ya que la lente apuntaba mucho más allá de su interés, de su asombro y de sus facciones, e iba a clavarse, a detenerse en las del viejo. En uno de los paseos durante aquellos días, Luna le contó a Ventura cómo le conoció y cómo llevaban la vida.

‘¿Recuerdas cuando me fui de la Mara y me ganaba la vida en pueblos, con vendedores y mercados de festival? Imagínate, al poco se me acerca este gigante, que yo pensé que era algún tipo de bestia o mono transformado en humano, como las láminas del pasillo, y llega y me dice: ‘Luna, creo que tú y yo vamos a tener un hijo’. Y no era por falta de atractivo y presencia, pero de verdad dudé si yo sería capaz de convivir con un ser tan cercano a la animalidad. Con el tiempo comprendí que siempre podríamos compartir un lugar en el que intercambiar amor y aliviar dolores, inventarnos risas, ya sabes, un poco como la habitación del siete. Al poco, en este territorio común, me quedé embarazada de él.

Siempre hemos sido felices. O al menos, siempre hemos querido serlo, que viene a ser parecido. Es como si parte de nuestra historia encajara en nuestro ánimo, y apenas únicamente tenemos que esforzarnos por hacer sitio a esa historia, como pasó con Sara. Después de un embarazo y un parto tan difíciles, y sin embargo todo estaba en su sitio. ¿Cuándo he vivido yo así, Ventura? ¿Cuándo se me ha calmado la mirada, que llega Leyo a casa y sólo quiero ya un rato de compañía al lado del fuego? ¿Acaso he dejado de ser una salvaje, y qué va a ser de mí cuando este hombre me falte?’

Le contó más aún: que Leyo no era consciente de la influencia que su presencia física – que ella entiende como una extensión geográfica de su carácter – ejercía en el desarrollo de las vidas de sus vecinos. Por la mañana se iba a pasear por los alrededores, tal como hizo conmigo, ajeno a cómo su proximidad se expandía, penetraba y ocupaba momentáneamente los territorios de conversación de todo el que por allí se hallara, de sus pensamientos y de su pasado o su percepción del mismo, y trastocaba sus hábitos, sus conversaciones o sus silencios.

Para los vecinos de la comarca, este proceso era como una parte huésped o repartida de ellos mismos: era corriente cambiar repentinamente de opinión sobre asuntos que se hubieran disputado durante años, lo cual no resultaba llamativo a ninguna de las partes, la que cambiaba y la que era testigo o partícipe. Nadie en la región sospechaba la causa de estos cambios extraordinarios, pero desde hacía mucho ya no le sorprendían a nadie más que a ella, a Luna. Quizás por eso hablaran y se tantearan continuamente, por hacer real una posibilidad, pues nunca se sabía cuándo alguien podía cambiar de criterio o de actuación. De hecho, los participantes de estos cambios súbitos lo consideraban algo incluso normal. No era extraño haber defendido una postura determinada durante años respecto a las lindes de unas tierras o un familiar descastado, y de la noche a la mañana, mientras se encendía un cigarro, pensar o defender lo contrario.

A medida que Leyo proseguía su paseo y se alejaba, el influjo de su carácter sobre los presentes o vecinos iba disminuyendo en intensidad hasta apagarse, a pesar de lo cual a nadie le parecía raro haber cambiado de opinión de repente. Este ir y venir de ánimo no consistía en una pérdida de conciencia o de perspectiva respecto a la vida propia, sino que todos recordaban perfectamente ambas situaciones, la de antes y la provocada por el cambio, y ambas se consideraban adecuadas, si no lógicas, y tal cambio se justificaba ahora con igual vehemencia. Este tipo de cambios eran ya, pensaban, parte de su personalidad y del hacer común de la comarca. El futuro es lo que tiene, siempre es incierto, sólo que en este caso lo marcaba un hombre que era ya casi parte del pasado.

El carácter siempre tiene lindes y territorios por explorar, salvajes o vírgenes, si uno quiere, sin coordenadas, sin referencias conocidas en nuestros mapas vitales. La determinación por entrar y arriesgarse a conocer ese territorio íntimo y oscuro, por estar allí, por habitarlo o dar noticia de él, explica y define el tipo de persona que somos. En el caso de Leyo, su interés explorador no se debía tanto a su afán de introspección, como al hábito de dejar atrás todo aquello que había ido estropeando o dando la espalda en la vida, una manera de congraciarse con un mundo que, coincidentemente, estaba a punto de desaparecer. Intuía que aún le quedaban lugares por encontrar, lugares pendientes.

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