El expediente Glasser: ¨Tot, el Atlante¨ (XIV) y ¨Rogelio¨ (XV)

Violeta Balián

violeta

 

14. Tot, el Atlante

Acto seguido nos concentramos en las etnias galácticas y sus diferencias físicas.
‒¿De qué diferencias hablamos? ¿No son acaso como ustedes, tipo humanoide o parecidos a los híbridos?
‒‒Si bien la forma humanoide es muy común, Clara, hay otras, con estructuras bien marcadas, del tipo saurio o reptil como también “insectoide” gigante, parecida al insecto que ustedes llaman mamboretá o mantis religiosa. Hasta donde sabemos queda un importante grupo de entidades no estructuradas, conformadas de pura energía y auto-dirigidas desde sus cerebros computarizados ‒‒dijo Asima con autoridad.
«¿Reptiles? ¿Mamboretá? ¿Pura energía? ¿Fantasmitas? ¡Qué disparate! No pueden estar hablando en serio.»
‒‒Un momento ‒‒interrumpí. ‒‒Ahora que recuerdo, eso ya lo contaban las películas japonesas. Toda una industria.
‒‒Estamos al tanto ‒‒respondió Alcides, tajante.
Y agregó:
‒‒Los saurios ya residen en este planeta. A cientos de metros de profundidad. Escondidos y sigilosos. De vez en cuando salen a la superficie.
‒‒…
‒‒Ah, Clara, ya veo que usted no aceptará su existencia hasta que se encuentre cara a cara con uno de esos cocodrilos erguidos ‒‒dijo Asima, con sorna.
Alcides respondió al comentario de su hermana con una mirada recriminatoria.
‒‒Le aseguro que los saurios son muy poderosos. Se mimetizan como las mariposas y los camaleones tomando el aspecto del entorno que los rodea. Entre animales, son animales; entre humanos, humanos. ¿Cómo lo hacen? Fácilmente. Inducen la mente humana con la imagen que ellos deciden proyectar. Ahora, para ilustrarlo un poco mejor digamos que el método que utilizan no puede funcionar con una cámara fotográfica común ya que, al menos por ahora, las cámaras son un poco primitivas, no tienen la tecnología de avanzada que en un futuro no muy lejano se llamará digital, ni una “mente” que pueda ser inducida. Por esa razón, la película común captará la verdadera imagen de la entidad que “posó” en alguna foto. Es más, nos consta que más de uno entre ustedes, se ha llevado un susto terrible al recoger de la casa fotográfica los rollos que mandó a revelar. Muy gracioso, por cierto ‒‒explicó Alcides mostrando las primeras señales de algún sentido del humor.
Prosiguió: ‒‒La mutación física o la apariencia de ella es un fenómeno que ha ocurrido desde siempre. En todos los casos se reduce a una “manifestación del pensamiento”. Por ejemplo: Deseo convertirme en un ser humano, terrícola, normal o en un león o un gato común y…ya está. Es como prender la luz o apagarla.
‒‒¿Oyó alguna vez la historia de Tot, el Atlante?
‒‒Un atlante. ¿De Atlántida? Dicen que Atlántida nunca existió. Que es una leyenda.
‒‒No, no lo es. Fue una civilización de origen estelar y existió hasta hace unos trece mil años atrás en la Historia de este planeta. Un paraíso terrenal, aseguraban nuestros antiguos.
Entonces me hablaron de Tot, el atlante y rey-sacerdote que se instaló en Egipto poco antes de que el misterioso continente desapareciera bajo las aguas. En esas tierras, llegó a ser el dios de la Sabiduría y alcanzó la inmortalidad. Y en una de sus muchas encarnaciones, como Hermes Trismegisto ‒‒ el Tres Veces Grande‒‒ creó la Escuela Hermética de las ciencias ocultas de Alejandría y escribió las “Tablas de Esmeralda”. Entonces Alcides explicó que es en ellas donde Tot menciona a las entidades mutantes y su presencia entre los humanos:
«Inadvertidos, invisibles / Caminan entre vosotros / En lugares de rito y culto / Y con el pasar del tiempo, una y otra vez / Tomarán la semblanza de los hombres».
Jamás había oído hablar de Tot, el Atlante ni de las Tablas de Esmeralda. Confieso que me pareció un personaje fascinante. Pero no dije nada. No quería darles esa satisfacción. En casa teníamos un par de diccionarios y una enciclopedia. Me pondría al día. El saber no ocupa lugar, decía hasta el cansancio mi maestra de cuarto grado.

15. Rogelio

El domingo siguiente, Rogelio y los chicos decidieron ir a la iglesia. No los acompañé. Quería estar sola, ordenar la información que me habían dado los hermanos y averiguar un poco más sobre Tot, el Atlante.
En el Larousse encontré un comentario que lo describía como: “un dios egipcio que parece provenir de la confusión de dos divinidades lunares y que los griegos identificaron como Hermes Trismegisto”. Y sobre la Atlántida, la enciclopedia Salvat ofrecía: “Una isla o continente legendario que Platón creía histórica.”
¿Eso era todo? Yo necesitaba referencias concretas. O cualquier otro dato que verificase las identidades de estos personajes. Hice una búsqueda exhaustiva en todos los otros libros que había en casa. Finalmente, me conformé con mis propias conclusiones, es decir que para merecer una entrada en los registros del saber humano, por más escueta que ésta fuera, las existencias o las referencias en torno a esos personajes debían tener algún fundamento.
Sentada en el sofá y rodeada de libros, lamenté no tener a quién pedirle ayuda. Mis estudios no tuvieron mucho que ver con las humanidades ni la antropología. Además, Rogelio era un ingeniero civil, pragmático y lleno de prejuicios. De historiador, no tenía nada.
‒‒No lo vas a creer ‒‒anunció mi marido apenas volvió de la iglesia. ‒‒ Gotthauser me sorprendió. El viejo se pasó. El sermón… fue buenísimo.
‒‒¿De qué habló?
‒‒Del Juicio Final, de las preguntas que nos haría Jesucristo aunque no aclaró si eso sería en el cielo, aquí en la Tierra o más abajo. Nada que ver con las cosas que se esperan de cada cristiano. Explicó que a Jesús no le interesa saber si viviste en pecado o no. Sólo quiere saber cómo, de qué manera, en cada minuto de tu vida lo honraste a Él con tus acciones o actuaste en Su nombre con integridad, ayudando a un prójimo necesitado, un hermano, un animal. Como sabés, siempre machaca con el tema de la fe y la salvación. Hoy, alabado sea el Señor, se olvidó de Lutero.
‒‒Hm…un cambio interesante. ¿Sabías que cuando joven lo conoció a mi padre, allá en Misiones? Una vez me contó que cuando Papá se cansaba del catolicismo de mi madre se aparecía por la iglesia luterana y se pasaban las horas charlando. Vaya a saber sobre qué.
Fue en ese instante que se me prendió la lamparita.
La única persona informada, capaz de esclarecer mis dudas y hablar sobre estos temas era Enrique Gotthauser, nuestro pastor y viejo amigo de la familia. No esperé un minuto más. Lo llamé y concertamos una cita para el miércoles por la tarde.

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El expediente Glasser II

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