Carne de paloma y cuello de cisne

Alberto Ernesto Feldman

carne de paloma

Ilustración: Ronoka

La reconocí inmediatamente. Sentí un vuelco en el corazón y un punzante dolor en la nuca, creí que me iba a desmayar. Increíblemente entró aquí. No podía ser; entre todas las peluquerías de Buenos Aires, entró precisamente en ésta.

Hace solo un mes que salí de la cárcel, después de estar 25 años en el Infierno por su culpa, por su traición. A medida que se acercaba, aparecieron, como en una película, las escenas que inútilmente trato de olvidar.

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Fue después de unos pocos meses que llevábamos de casados cuando los encontré a los dos en la cama.

Se habían quedado dormidos y yo regresé inesperadamente. De las dos botellas de vino tomé de la mesa la que estaba sin abrir y la partí en la cabeza de él, que se decía mi amigo. Su cabeza también se partió y murió sin una queja.

Con ella me equivoqué; la dejé vivir para que sus remordimientos la acompañen toda la vida; ni siquiera pensé en esos momentos que a mí también se me vendría la noche encima.

Hubiera sido lo mismo si terminaba con los dos al mismo tiempo. Reconozco que nunca la quise con amor ni ternura, sólo que me volvían loco sus carnes blancas y mórbidas, sus rasgos delicados y su cuello de cisne.

Ella me lo devolvió; mintió en el juicio declarando que yo la golpeaba, y jamás intentó comunicarse conmigo en tantos años.

Yo me convertí en criminal por un impulso irresistible, era un hombre pacífico y tímido, pero ese mismo carácter hizo un infierno de cada día en prisión, quisiera ahorrar algunos detalles para no volver a revivirlos en mi mente, pero es difícil callar; me convertí en lo que no soy, fui violado tantas veces que por fin decidí ejercer como si me gustara, me golpeaban menos. Lloré muchas horas de cada día pensando en mí y en ella, deseando no haberla conocido nunca y preguntándome ¿Por qué a mí?

Adquirí otra personalidad. Me desconozco a mí mismo. Fui sometido por todo el pabellón y terminé aceptando el ofrecimiento de quien era el jefe indiscutido de la ranchada, sí; acepté ser su “novia”, pertenecerle exclusivamente y así pasé los últimos cinco años.

Como agradecimiento por mi sumisión y mis servicios, al final de mi condena, me recomendó a un amigo suyo, un vendedor de drogas que usaba como pantalla una peluquería de damas, y allí comencé a trabajar cuando salí en libertad; el oficio de peluquero lo había aprendido en la cárcel, el de alcahuete también.

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Y ahora ella entraba. Se sentó a esperar y de pronto vio que mi sillón estaba libre. Se paró y vino hacia mí. No me reconoció, me había rapado y dejado unos exagerados bigotes; también el sufrimiento había hecho lo suyo en mi rostro. En cambio, los veinticinco años no habían pasado para ella, tenía el mismo desenfado, la misma carne de paloma…

—¿ Vos sos nuevo aquí?—preguntó. —¿Cortás bien con navaja?

—Sí, claro—contesté. —Pero… ¿primero lavamos ese cabello tan bonito?….

Acerqué la batea metálica; con la palma de una mano en su nuca y la otra en la frente tomé con delicadeza su cabeza, sosteniéndola, y suavemente la recliné hacia atrás.

Abrí el grifo y mientras se llenaba la batea, vi en todo su esplendor el nacimiento de sus pechos y otra vez, su hermoso cuello de cisne. Sin vacilar, tomé tranquilamente la navaja de la mesita.

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