Fábulas del crimen: El despertar de Carla Brown

Diego M. Rotondo

Carla Brown (1)

 

En 1926, el Daily News publicó en su página central una de las fotografías más espeluznantes en la historia de las crónicas policiales. La imagen mostraba a una mujer junto a un adolescente que sostenía la cabeza de un cadáver decapitado. El cuerpo de la víctima, sentado en una silla en el centro de la escena, pertenecía a Deborah Kingsley, una criada de 50 años. La foto había sido tomada por Dan Jackson, de 22 años, un ex-convicto que se había asociado a los asesinos para vender la fotografía a uno de los periódicos más populares de Estados Unidos, sin inquietarse demasiado por el origen del cadáver que estaba retratando. Lo que Jackson no imaginaba, era que él sería el broche de oro de aquel horrendo espectáculo. Segundos después de tomar la foto, ambos homicidas lo masacraron y lo fotografiaron con su propia cámara…

Los negativos de la fotografía llegaron a la redacción del Daily News enviados por la mujer que aparecía con el hacha junto al cadáver decapitado: Carla Susan Brown, junto a una carta adjunta que explicaba detalladamente cómo había sido forjada su “obra maestra” (descrito así en sus propias palabras). En el rollo había dos imágenes, la que fue publicada y la que le tomaron al cuerpo descuartizado de Jackson…

Carla Brown pretendía hacerse famosa, incluso a pesar de su propia muerte. No tenía antecedentes criminales, Kingsley y Jackson habían sido sus únicas víctimas. Ella anhelaba salir del anonimato y hacerse conocida en todo el país; y al parecer, para su mente retorcida, la única manera de lograrlo era perpetrando un homicidio bestial, que pocos pudiesen olvidar, que perdurase eternamente en la historia del crimen…

En aquella carta Carla había trazado un mapa para que la policía pudiese hallar su casa. Ella los estaría esperando, maquillada y vestida de gala, preparada tanto para fotógrafos y reporteros como para policías y jueces.

Los hermanos Brown fueron detenidos una semana antes de que el Daily News publicase la controversial fotografía. Carla se negó a ser defendida por un abogado y manifestó abiertamente su culpabilidad…

Luego de un breve juicio en el que no paró de acusarse a sí misma con el mismo ímpetu que cualquier acusado usa para defenderse de un crimen que no cometió, Brown fue sentenciada a muerte, transformándose así en la segunda mujer en ser condenada a morir en la silla eléctrica. La primera había sido Martha M. Place, de 49 años, quien había sido electrocutada en 1899 por asesinar a su hija.

Durante los meses previos a su ejecución, Carla fue entrevistada y fotografiada por decenas de reporteros; posó para revistas de moda y dio entrevistas a casi todos los medios de radiodifusión.

Carla era una mujer inmensamente atractiva, muy educada y elegante; el hecho de que fuera a ser rostizada en la silla eléctrica excitaba el morbo de los reporteros más amarillistas de la época, quienes, como aves de rapiña, se peleaban entre sí para entrevistar a la acusada.

Las jovencitas que seguían el caso a través de periódicos y revistas, fundaron un club de fans y comenzaron a usar el peinado y el vestido rojo que Carla lucía en la mayoría de las fotos. “Mad Toys”, la famosa cadena de jugueterías perteneciente al magnate Norman Handler, comenzó a fabricar y a vender las muñecas “Carla”, en una edición limitada. Estas muñecas serían las antecesoras de las populares “Barbies”…

Carla vivió los últimos meses de su vida como una estrella de Hollywood; los guardiacárceles solían recitarle poemas y llevarle flores y bombones. Su celda había sido equipada como la habitación de un hotel de 5 estrellas; allí, atendía a reporteros y a fotógrafos, casi siempre ligera de ropas, seduciendo a todos con sus armoniosas piernas.

Tom Brown, de 15 años, desconocía los planes de su hermana; ella lo había engañado diciéndole que ganarían mucho dinero vendiendo la fotografía a los periódicos, pero nunca le dijo que pensaba entregarse y crear todo ese circo mediático a su alrededor.

A diferencia de Carla, Tom negó su culpabilidad y exigió ser defendido por un abogado; pero su participación en el crimen quedó evidenciada en la fotografía. Como era menor de edad fue enviado a un reformatorio, luego de unos años los jueces decidirían su suerte.

A la ejecución de Carla asistieron algunos familiares de Deborah Kingsley, pero ninguno de Dan Jackson. Carla, en un último deseo, solicitó ser peinada y maquillada antes de ser sentada y atada a la silla eléctrica. Ese día, apareció desfilando de manera desfachatada por el patíbulo, luciendo su habitual vestido rojo frente a las miradas indignadas de los espectadores.

Escoltada por dos fornidos guardias, Carla se sentó sensualmente en la silla eléctrica y antes de ser atada envió besos a todos los concurrentes, diciendo, con notable sarcasmo, que los perdonaba…

Afuera del recinto reinaba el caos, centenas de periodistas, fotógrafos y admiradores de la joven asesina se empujaban unos con otros para obtener un lugar privilegiado en las puertas del penal.

Carla fue encapuchada, incluso a pesar de que ella deseaba permanecer con la cara descubierta para poder mirar sonriente a los familiares de su víctima. Luego fue atada a la silla con las correas de cuero y por último le fue colocada la corona con los electrodos en la cabeza. Unos minutos después el verdugo bajó la palanca, descargando 2.000 voltios de electricidad sobre su precioso cuerpo. La joven convulsionó espantosamente durante diez segundos, sus ojos reventaron, sus dientes se desprendieron, y se orinó y defecó encima. Y así, como en una flor chamuscada, la belleza desapareció para siempre.

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Tom Brown, desde el reformatorio, concedió decenas de entrevistas. Afirmó que su hermana siempre había sido una persona solidaria y cariñosa con todos. Amaba a los animales y se indignaba muchísimo cuando presenciaba cualquier tipo de injusticia social, como por ejemplo, la segregación racial, tan común en esos tiempos.

Tal vez, su radical cambio de personalidad se habría desencadenado con el accidente de sus padres. Ambos habían muerto electrocutados al estrellarse contra los postes de una usina eléctrica luego de perder el control de su auto. Irónicamente, la tragedia de los padres sería  un augurio de la suerte de la hija…

Carla debió hacerse cargo de su hermano y de la hipoteca de la casa. Durante un año se las arreglaron bien, pero luego empezó a agotarse el dinero de la cuenta bancaria de sus padres. Carla abandonó su carrera para poder trabajar durante todo el día. Gracias a su aspecto sugerente logró conseguir varios empleos, sin embargo, siempre terminaba renunciando a ellos cuando sus jefes intentaban llevársela a la cama…

Llegó un momento en que los hermanos ni siquiera tenían dinero para comprar alimentos. Tom no podía trabajar porque era hemofílico y nadie quería contratarlo, ni siquiera para lavar platos. Fue por ese entonces cuando Carla, aun traumada por el accidente de sus padres y afectada por ese destino que no creía merecer, comenzó a fantasear con la idea de hacer una fotografía impactante que pudiese vender a los periódicos a cambio de unos cuantos miles de dólares. Tom explicó que fue la desesperación, el miedo a terminar viviendo en la calle, lo que los llevó a considerar semejante idea. Carla le había hecho la propuesta de matar y decapitar a una mujer para fotografiarla, y él, en un principio, había pensado que se trataba de un chiste morboso…

Carla publicó un aviso en el periódico local solicitando a una doméstica. En el aviso ofrecía una remuneración excesiva para asegurarse de tener varias candidatas a quienes elegir. Entrevistó a más de veinte criadas. Su preferida fue Deborah Kingsley, no por sus capacidades, sino por el odio que manifestaba hacia los animales, recalcando una y otra vez que no podría trabajar en una casa con mascotas. El odio hacia los animales era algo que Carla no toleraba en las personas, por eso, Kingsley, era la candidata perfecta para masacrar…

Durante las noches previas al crimen, Carla y Tom practicaron cortando troncos con un hacha. Querían asegurarse de poder decapitar a la mujer de un solo hachazo y darle una muerte instantánea. Después de todo, Carla no deseaba torturarla, sólo quería hacerse de su cabeza para que la fotografía resultase lo más siniestra posible.

Carla le encargó a Tom que fuese a los suburbios a buscar un aficionado a la fotografía, le dijo que buscase a un tipo marginal, infame, al que sólo le importase el dinero; en lo posible un afro-americano. A Tom le costó bastante dar con un tipo así, pero terminó hallándolo. Dan Jackson había estado en la cárcel por violar a su madre y ahora trabajaba tomando fotografías para revistas pornográficas. Era perfecto.

El día del crimen ambos hermanos se armaron de valor para la faena. Sabían que aquella era la única oportunidad que tendrían de pagar la hipoteca y conservar la casa. Deborah Kingsley se presentó a trabajar unas horas antes. Tom la sorprendió en la cocina y la desmayó rompiéndole una botella en la cabeza. Carla lo ayudó para arrastrar el cuerpo hasta el jardín. Sabían que iba a haber mucha sangre y querían que se disgregue en la tierra. Una vez afuera, apoyaron el cuello de la mujer sobre un tronco, Carla le pidió a Tom que la sostuviera firmemente de la cabeza mientras ella la decapitaba. En ese momento, para sorpresa de ambos, Kingsley despertó y comenzó a chillar histérica, pero Carla le soltó un potente hachazo en el pescuezo y la silenció para siempre…

Tuvieron que usar una tijera de jardinero para cortar los duros ligamentos medulares que aún mantenían el cuerpo unido con la cabeza. El hachazo no había sido lo suficientemente enérgico como para separar la cabeza del torso. La sangre brotó a raudales, pero fue absorbida rápidamente por la tierra. Tom tuvo que parar varias veces para vomitar. Carla, en cambio, no pareció sobresaltarse con lo que estaba haciendo.

Tom había citado a Jackson para las seis de la tarde, momento en el que ya habían limpiado y preparado el cuerpo sobre una silla para la fotografía. En el retrato Carla sostendría el hacha y Tom la cabeza, como si de un trofeo de caza se tratase. En medio de ambos, sentado sobre la silla, estaría el cuerpo decapitado de Deborah Kingsley.

Al encontrarse Jackson con aquella escena, retrocedió estupefacto. Carla le explicó que irían a medias con la fortuna que les pagaría el Daily News por la fotografía. Jackson fingió aliviarse, pero estaba completamente aterrorizado. Con sus manos temblorosas montó el trípode y apuntó su cámara. Una vez tomada la foto, ambos hermanos corrieron hacia él y acabaron la obra…

A Jackson le cortaron las piernas, los brazos y la cabeza, después reacomodaron sus partes desnudas sobre el césped, como si fuese un rompecabezas. Lo más estremecedor fue que sobre su torso, en lugar de su cabeza, colocaron la de Deborah Kingsley y lo mismo hicieron en el cuerpo de ésta última.

Cuando le preguntaron a Carla qué razón la había llevado a mezclar los miembros de ambos cuerpos, ella dijo que pretendía enviar un mensaje simbólico a la sociedad, una imagen alegórica que expusiese de manera brutal la absurda segregación racial que por esos tiempos asolaba Estados Unidos, pregonada por grupos extremistas como el Ku Klux Klan…

Por supuesto se llegó a la conclusión de que aquello sólo eran fabulaciones de la joven para llamar la atención de los medios. A ella sólo le interesaba ser famosa y, de alguna manera, justificar su barbarie…

Las dos fotografías de los cuerpos “mezclados” de Kingsley y Jackson eran tan escalofriantes, que no fueron publicadas por el Daily News ni por ningún otro medio de prensa, sólo se hizo mención de ellas en diferentes artículos…

Tom Brown se suicidó un año después de la ejecución de su hermana.

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