La cocina del infierno: ¨Comando Meón¨ (X) Tercera Parte

Fernando Morote

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Foto: Adely Madrid

Durante la misa del mediodía –la más concurrida de la jornada dominical- el padre Cirilo anunció la presentación del Comando Meón.

-Sé que el nombre del grupo los inquieta un poco, hermanos –dijo, acariciando suavemente el aire con ambas manos. -Pero les aseguro que el trabajo que vienen realizando es digno de encomio. Los invito a quedarse unos minutos después de la eucaristía. Será una breve exposición.

El Narizón no tenía mucha experiencia hablando en público. Tampoco vergüenza. Así que fue elegido por sus compañeros para presidir el acto. Acomodado en el púlpito, dio inicio a su disertación.

-Admirable –musitó el Doctor.

-Quién iba a pensarlo… –apoyó el Champero.

Los feligreses, algunos al borde de las lágrimas, recordaban a ese cuarteto de pie junto al altar, como un puñado de sanguijuelas que representaba la ignominia de la urbanización.

-Nuestro compromiso actual incluye no recibir contribuciones externas –sostuvo el Narizón. -Nos mantenemos con nuestros propios recursos.

Una señora suspiró y estornudó en simultáneo. Luego desdobló una mantilla de encaje. El Conde no supo cómo interpretar esa expresión. Pensó que podía ser una demostración de emotividad. Aunque quizás sólo estaba limpiándose los mocos.

-La vieja no cree una palabra –dijo en voz baja el Champero.

El Doctor giró levemente e indicó a su amigo que dejara de joder. Si el Narizón se desconcentraba, estarían en apuros: su capacidad para proferir disparates era descomunal.

El líder de uno de los grupos parroquiales se incorporó, ondeando enérgicamente un brazo.

-¡Perdone que lo interrumpa, señor!

-¡Ay, Dios! –dijo el Doctor, cubriéndose el rostro con una mano. -Éste se debe haber acordado de lo que hacíamos al frente de su casa.

-¿No es el tío que nos mandaba la policía porque le mostrábamos el pájaro a su mujer y a sus hijas cuando iban a comprar a la tienda? –preguntó el Champero.

-¿No ves que está igualito? Un poco arrugado, nada más.

-Prepárense, chicos…-dijo el Conde.

No había motivos para temer represalias. El hombre, contagiado de entusiasmo, ofreció donar un terreno para que el Comando Meón pudiera establecer su sede de trabajo, organizar talleres y celebrar retiros educativos.

Con insospechada gentileza, el Narizón agradeció el gesto y al mismo tiempo declinó la oferta amparándose en el principio de autofinanciamiento. Muchos asistentes no entendieron la respuesta. Algunos la consideraron un rechazo descortés. A otros les pareció una soberana estupidez. Unos pocos respetaron y ponderaron la política del grupo.

Al terminar, como era habitual, la concurrencia se reunió en el atrio para departir e intercambiar saludos. El Doctor buscó con la mirada al padre Cirilo.

-Hace rato que está desaparecido –dijo el Conde.

-Debemos irnos –alegó el Doctor. -Me gustaría despedirme y agradecerle.

Entonces la voz alborotada de un niño irrumpió en la algazara de la cofradía.

-¡Se le ve el pene! ¡Se le ve el pene!

Mientras el lastimoso grito conmocionaba a los vecinos, los Comandos corrieron a socorrer al pequeño. En el angosto pasaje que separaba al templo del oratorio, sobre la avenida Los Tallanes, recibieron un garrotazo en la coronilla. Apoyado con una mano en la pared, el párroco lucía indefenso y paralizado; con la otra sostenía su glande hinchado y rojo.

-Pero, padre… –dijo el Doctor. -¿Cómo es capaz de..?

-Perdonen, muchachos –respondió el sacerdote. -La próstata me está matando.

-¿Por qué no va al baño, padre? –demandó el Conde. -Está usted en su parroquia.

-Sufro de incontinencia urinaria. En una pausa vine a rezar y dar gracias por lo que ustedes están haciendo en favor de la comunidad. Pero luego me ganó la urgencia. Tuve que hacerlo aquí nomás. Por favor perdonen, muchachos.

-¿Duele mucho, padre? –inquirió el Champero.

-Arde horrible.

-¿Puedo ayudarlo en algo?

El padre Cirilo no dudó un instante.

-Sí, hijo. Sacúdemela, por favor.

 —

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