Entremientras: ¨Hijo y ángel¨ (XI)

Miguel Rodríguez

entremientas

Foto: Adely Madrid

Malgastamos tanta vida construyendo certezas ficticias sin darnos cuenta de que sus mecanismos o consecuencias a menudo acaban siendo imprevisibles, cambiantes y finalmente innecesarios.

No era el caso de Ventura, para quien un retrato era más revelador que un estudio psicológico o un diagnóstico médico. La única certeza de este hombre sobre su paso por la vida era su desarraigo continuado, ya que no tenía constancia de dónde había nacido ni, por tanto, dónde podía volver para conocer a la que en algún momento tuvo que ser su familia. Cuando se alojó en la Mara y conoció a Amelia, a Tuyet y a Littah (María y yo aún no habíamos nacido), comprendió que aquellas mujeres y aquel amasijo de huéspedes, que dejaban y recogían cariños como quien trae el pan, iban a ser su lugar en el mundo.

Solían asignarle trabajos por todo el país, no sólo en la ciudad, con lo que durante muchos años recorrió paisajes y mujeres haciendo fotos del devenir del mundo y del suyo propio. En una ocasión, mientras tomaba fotos del trasandino, se le acercó una mujer de la zona para informarle de que el niño recién destetado que llevaba consigo era suyo, engendrado en una visita anterior, cosa probable por el tipo de vida de ambos por entonces, fotógrafo y mujer. Después de jurar por vivos y muertos que tal paternidad le correspondía a él y solo a él, le instó a que se lo llevara, ya que ella no podía hacerse cargo. “Se llama Angelario”, dijo, y sin más lo depositó al lado de los aparejos ópticos de la bolsa de su padre, quizás. Tal vez aquel manojo de brazos y babas no fuera hijo suyo en realidad, pero igualmente podía serlo, y qué mejor cosa en la vida, pensó Ventura, que vivir con la posibilidad de que un encuadre, un revelado, un hijo, puedan ser ciertos, con la proyección de tal posible certeza más que con la inmovilidad de la certeza en sí, y al mismo tiempo con el resultado angelical de la misma, al margen de la verdad del proceso de discernimiento, que sólo le importa a los que no tienen nada que hacer.

Amelia lo bañó a besos nada más verlo, y con mis hermanas preparó el aseo del recién llegado. Nadie en la Mara hizo muecas de desaprobación por el aspecto retrasado del niño. Nadie pensó en que era una boca más que alimentar, ni siquiera Darío, que durante meses siguió pensando que era hijo de algún huésped, no de Ventura. Al revés, todo el mundo entendió que aquella presencia extraña y ahora, de repente, convertida en familia, nos enseñaría tanto de nosotros mismos. La casa entera lo recibió como hijo y ángel natural y propio. Littah y Tuyet se peleaban por prepararle el desayuno y ayudarle con la escritura, y los huéspedes rivalizaban en cariños y atenciones.

Nunca sabemos por qué de repente queremos a alguien, por qué sin necesidad de certezas ni acertijos nos desdoblamos ante alguien que quita las arrugas del aire sólo con mirarnos, que patea torpe por la casa buscando armadillos y hablando con los hombres de los retratos, exagerando las muestras de afecto con quien se cruzara en el pasillo como si no tuviera criterio de mesura, alguien retrasado, sí, subnormal para los parámetros médicos, que llega en un día de lluvia y sin previo aviso nos cambia el gesto y lo que será nuestra vida a partir de ese momento.

¿Quién necesita certezas? Nosotros ya vivimos con una. Llegó sin muertos y ya nos quiso.

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