El expediente Glasser: ¨Telepatía¨ (XII) e ¨Indetectables¨ (XIII)

Violeta Balián

expediente glasser 12, 13

Ilustración: Miriam Ascúa

12. Telepatía

«Aún hoy me sucede a veces: oigo, por las noches y las calles a aquellos niños extraños entonando sus maravillosas melodías. Me llaman. Los siento cerca. Me doy vuelta, los busco y no veo a nadie».
Los hermanos y yo habíamos marcado la cita semanal para el día siguiente. Camino a la confitería me propuse comentarles la experiencia con los niños cantores a quienes también oía, con frecuencia en mis sueños. Me sentía de buen ánimo. Anticipaba la reunión. Me distraía de las preocupaciones diarias y me agregaba la impresión de que mis interlocutores eran una suerte de ángeles guardianes.
A punto de entrar al establecimiento, alcancé a ver a los hermanos en la vereda de enfrente. Asima me saludó con el brazo. Entonces me quedé esperándolos mientras observaba cómo cruzaban la calle, juntos y se acercaban en medio de la luz del atardecer. Son seres mágicos, pensé. Guardaban más secretos de los que me pudiera imaginar. Y, si verdaderamente quería saber algo sólo necesitaba sorprenderlos con una sola pregunta, de cualquier tipo. Pero en esa ocasión me olvidé de los niños y sus canciones, y arranqué con:
‒‒¿Cómo hacen para expresarse en el lenguaje humano?
‒‒Bueno, nos entrenan. Uno de nuestros objetivos es establecer interacciones con los terrícolas.
No confiaban en las palabras, explicó Alcides. Enmarañan el pensamiento, son un ruido infernal y al final, no dicen nada. Y agregó ‒‒: ¿No fue Pitágoras quien declaró que el “silencio es sagrado,” como también la “primera piedra del Templo de la Sabiduría”?
‒‒El lenguaje limita ‒‒intervino Asima. ‒‒Cada palabra que decimos o escribimos se entiende únicamente por el marco de referencia de lo que esa palabra representa para la persona que la recibe.
‒‒Lo que dice es muy interesante y estará bien para ustedes pero nosotros, los terrícolas, nos comunicamos con las palabras.
‒‒Sí, naturalmente. Existe la contracara de esa moneda. Las palabras tienen poder y son como el viento, capaces de abrir o cerrar los accesos a importantes secretos. Razón por la que es necesario darle peso a cada una de ellas. Tampoco olvidemos las imágenes verbales porque éstas se absorben fácilmente. Cuanto más se repite una mentira, más se aproxima a una verdad ‒‒señaló Alcides.
‒‒Entonces ¿dónde originó el lenguaje terrestre?
‒‒Ah… un enigma. Tal vez derive de uno de los tantos modelos genéticos que hizo que los terrestres abandonaran habilidades tan útiles como la telepatía, la clarividencia o la invisibilidad. Una verdadera catástrofe ‒‒reflexionó Asima en voz alta y agregó ‒‒: Sospecho que el abandono de esas habilidades pudo haber sido programado o manipulado al servicio de un plan. Preferimos la telepatía. Es rápida y segura. Se hace por flashes que aparecen en nuestras frentes, como refucilos. Muy fáciles de leer ‒‒.
« ¿Refucilos? No los había notado. Será porque hablan hasta por los codos y los utilizan únicamente cuando están solos».
Pregunté ‒‒: Alcides, ¿podría yo aprender a usar la telepatía? ¿No acaban de decirme que los terrícolas teníamos esa habilidad y la olvidamos?
‒‒La olvidaron porque la abandonaron ‒‒rezongó Asima.
‒‒Sí, por supuesto. Es más, dadas las circunstancias le vendría muy bien. No, no es necesario que se entrene, le bastará con ser receptiva. Comencemos ahora mismo ‒‒ordenó chasqueando los dedos.
Llevó sólo un instante para que comenzara a recibir una corriente de señales y pensamientos, parecidos a los textos que imprime una máquina telegráfica. Le siguieron imágenes, ideas. ¡Increíble! Los hermanos me estaban comunicando que para vivir entre nosotros ‒‒‒ y sin llamar la atención‒‒ se veían obligados a reducir su tamaño y usar camuflajes. Porque eran gigantes.

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13. Indetectables

Gigantes.
Insaciable, fui absorbiendo la avalancha de información. Como no sabía responderles telepáticamente, decidí hablar.
‒‒Disculpen, pero ustedes dos ya llaman la atención. Son gigantes, claro, pero aun reducidos, son mucho más altos que la gente de este país. Además, está el sombrero negro.
‒‒¿El sombrero negro?
‒‒Sí. Y esos anteojos pesados.
Desconcertados, se miraron el uno al otro.
‒‒Nos sorprende, Clara. Estábamos bajo la impresión de que nuestra presentación era aceptable, que nos incorporaba al grueso de la población. Vea aquí. Este manual. Nos da pautas de cómo vestirnos e interactuar socialmente con los terrícolas. Lo hemos seguido al pie de la letra ‒‒dijo Alcides entregándome un cuaderno común, de tamaño regular.
En la cubierta y en letras grandes, doradas, decía: Cómo vivir entre humanos.
‒‒Un momento, lo puede ver pero no se lo puede guardar ‒‒remarcó Asima, mirándome con desconfianza.
Abrí el cuaderno. Lo hojeé. Las páginas ilustraban diferentes tipos humanos o humanoides.
‒‒¿Quiénes son?
‒‒Entidades híbridas ‒‒explicó Alcides apuntando a las imágenes con el dedo. ‒‒La cruza de alienígenas con humanos. Como puede apreciar en estos dibujos, el aporte masculino proviene mayormente de los grises.
‒‒…
‒‒Grises. Un grupo alienígena muy conocido ‒‒informó Asima.
‒‒Estas criaturas son el resultado de experimentos genéticos. También se han hecho cruzas con entidades más exóticas pero la mayoría de ellas resultó en desaciertos.
‒‒No entiendo para qué producen esta gente, si es que se la puede llamar así…
‒‒Un sinfín de razones. Al punto de la extinción los grises necesitan procrearse y revitalizarse, y también, producir híbridos para que trabajen para ellos, aquí, en la Tierra. El arribo continuo de híbridos y otras entidades a nuestro medio es un fenómeno reciente. En otras palabras, los híbridos vienen a hacer el “trabajo sucio” de las otras entidades.
‒‒¿Con qué propósito?
Los hermanos bajaron la cabeza.
‒‒Integrarse a la raza humana ‒‒admitió Asima.
‒‒Esto se está poniendo muy desagradable.
‒‒Comprendemos su pesadumbre.
‒‒¿Lo dicen en serio? ¿Acaso tienen alguna idea de lo que me ocurre cuando me revelan estas barbaridades?
‒‒Tranquilícese, por favor. Créanos, comprendemos su desazón, y por razones que en estos momentos no estamos en situación de explicarle ‒‒agregó Alcides tratando de calmarme.
Fue inútil. No debí haber insistido. Se les había hecho rutina tenerme en vilo. Todo lo que necesitaba saber me lo explicarían más tarde. Todavía no se daban por enterados de que yo no era una niñita a la que si se portaba bien y no hacía preguntas escabrosas, le prometían caramelos.
‒‒Continuemos. ¿Cómo fuerzan estas uniones? Me han dado a entender que el aporte humano proviene de mujeres ¿verdad? Ahora, por favor, no me digan que son voluntarias dispuestas a manufacturar híbridos. ¿Cómo las convocan?
‒‒No hay voluntarias. Las identifican; luego, las abducen.
‒‒Eso es criminal. ¿Y adónde las llevan?
‒‒Depende. Los métodos no son muy “católicos”, como se dice por aquí ‒‒comentó Asima.
‒‒No responden a mi pregunta ‒‒dije golpeando la mesa con mi mano.
Se sobresaltaron. Después de unos instantes, dijeron:
‒‒Las impregnaciones…se hacen en laboratorios.
‒‒¿Cómo los que vimos en Ciénaga Azul?
Asima me miró a los ojos como si tuviera dificultad en encontrar las palabras.
‒‒Similares ‒‒dijo finalmente desviando la mirada.
‒‒Ya veo. Ustedes también se dedican a los experimentos genéticos. Al igual que los grises. No son mejores que ellos. Me decepcionan.
‒‒Está en lo cierto pero le aseguro que usamos esa tecnología únicamente cuando lo creemos necesario ‒‒agregó Alcides, asumiendo un semblante inescrutable.
Sentí un mareo y luego, la invasión de un malestar. No le di importancia. Quería saber más.
‒‒Digamos entonces que esta gente vive entre nosotros ¿verdad? Necesitan camuflarse con maquillaje, pelucas y quién sabe qué más. Ah…y esta página indica hasta qué tipo de ropa usar. Lentes de contacto, por supuesto. También anteojos oscuros.
‒‒Sí…anteojos… los usamos porque como ya se habrá dado cuenta, Clara, nuestros ojos no son de un tamaño normal.
‒Son un poco grandes.
Les miré la ropa. Aceptable, pero muy pasada de moda.
‒‒Mire, Alcides, esos zapatos que lleva, combinados, de cordones. ¡Cómo no van a llamar la atención! Son de hace más de treinta años. Los usaba mi padre.
‒‒¿Usted cree? No sé qué decirle. Nos guiamos por las pautas de este manual o las copias que existan de él, unas siete en total, que preparó un agregado militar nazi, a principios de los años cuarenta. En Berlín.
‒‒Perdóneme. No veo la relación.
‒‒La conexión con los nazis es muy importante.
La sola mención de los nazis me ponía nerviosa. Cambié de tema.
‒‒Asima se viste mejor que usted, Alcides ‒‒agregué al tiempo que notaba que las figuras del manual comenzaban a desdibujarse. «Esta información debe ser muy delicada o se supone que no la debo retener. Y si consigo recordar algo, no será más que una memoria lejana».
‒‒Los anteojos ‒‒continué tratando de ignorar lo que sucedía. ‒‒Bueno, tengo la solución, un tinte suave, aplicado a los lentes. De otro modo, deberán limitarse a usar los oscuros que también llamarían la atención. Estamos en invierno. Los días soleados son pocos.
‒‒Muy bien. De ahora en adelante nos asesoraremos mejor. ¡Al diablo con este manual! ‒‒protestó Asima, tomándolo bruscamente de mis manos y guardándolo en su bolso. Se la veía ofuscada. Me di cuenta de que querían finalizar la reunión.
‒‒No hemos acabado con el tema de los híbridos. Me preocupa. Aparte de que existen, que están por todos lados, no me han dicho nada ‒‒reclamé.
‒‒No se inquiete, Clara. No hay razón para alarmarse.
«Sí, por ahora».
En mi afán por prolongar la conversación recurrí a su aspecto físico. Y les expliqué que excepto por ese tinte azul que me recordaba a lo que había leído sobre esa tonalidad de piel entre gentes del norte de África, se me hacía casi imposible distinguirlos de los humanos comunes.
‒‒Ustedes son indetectables.
‒‒Es bueno saberlo. Facilita las cosas. Porque como usted sabe, Clara, somos más altos que los terrestres. Medimos hasta unos tres metros o más.

 El expediente Glasser II

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