Buenos días. Me voy a dormir (I)

Estefanía Farias Martínez

Jarra

15 de junio de 2009

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11:06

¡Buenos días!

Hoy empiezo a trabajar en la biblioteca.

Salgo de casa en media hora.

No me da tiempo a comer, así que me llevaré el sándwich.

También me llevo el teléfono.

Ya te iré contando cómo me va.

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11: 37

Tengo que coger dos autobuses, el primero me lleva al centro y el segundo me deja a cinco minutos de la biblioteca. Es el trayecto más largo. Suerte que en este país cuando dicen 7 minutos son 7 minutos. Todo está calculado, pero voy con tiempo como siempre. Daré una vuelta por los alrededores. No conozco la zona.

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11:52

El paisaje es puro bosque, de esos de película de terror que ves al secundario de turno internarse y ya no sale.

No vamos por la autopista de seis carriles.

Los autobuses tienen su propia vía. Así no dependen del tráfico.

Es buena idea.

Me asusta la velocidad de las autopistas.

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12:07

Todavía faltan varias paradas, están muy distanciadas unas de otras. Esto es el fin del mundo. No sé qué me voy a encontrar en la biblioteca. La reunión del sábado fue rara. No estaban muy convencidas ni la directora ni la otra que no sé qué cargo tiene. Lo de que hiciera las prácticas allí sin cobrar era algo nuevo. Les preocupaba que no me entendiera con los clientes. Es verdad que hablo mal el idioma y que entiendo una de cada cinco palabras, pero se supone que voy a eso: a acostumbrarme a hablar su idioma. También temían que no fuera capaz de adaptarme lo suficientemente rápido porque sólo voy a estar tres meses.

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12: 35

No abren hasta la una, pero me han dicho que si veo luces dentro llame al timbre. Di un paseo y encontré una mezquita, me imagino que lo era por los carteles en árabe. El edificio es un cubo. Aquí la arquitectura es demasiado moderna para mí. Cuando los locales están cerrados nunca sé si estoy delante de un museo, un supermercado o una iglesia (a éstas se las distingue por el gigantesco crucifijo que les ponen). Todo es muy funcional. Hay museos y supermercados de descuento por todas partes. Las librerías son papelerías con una sección de libros de oferta, sobre todo best-sellers, guías y literatura infantil. A veces encuentras algunos de arte. La literatura de verdad es un bien escaso. Los libros no se leen, se consumen.

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12:54

Parece que lo de llegar antes de la hora aquí no se estila.

Acaban de encender las luces.

Voy a llamar al timbre.

Luego te sigo contando.

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12: 56

A esta mujer se le atascó la puerta.

Son dos, con un pasillo entre medias.

Estoy viendo una caja de cartón llena de libros. Adivino a quién le va a tocar trasladarlos.

Tienen un buzón de devoluciones como los video-clubs.

La señora es pequeñaja y muy delgadita, con gafas enormes, muy morena y anda rapidísimo, a pasitos cortos.

Se ha entretenido a medio camino buscando unas llaves.

Me recuerda a una monja de la residencia donde estuvo mi hermana. La vi en la tele hace unos días. Ahora presenta un reality show: ¨Quiero ser monja¨. Concursan unas cuantas novicias de toda España y no sé cuál es el premio. Por lo visto quieren fomentar nuevas vocaciones.

Ya está aquí.

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14: 02

La señora se llama Ilse, hablaba muy deprisa y no se la entendía nada. Por gestos me explicó que yo me ocuparía de la cafetería y de poner los libros en las estanterías. Sólo en las de la primera planta. Me señaló las escaleras y agitó el dedo para que supiera que no hacía falta que subiera. Me enseñó a deshacerme de los periódicos viejos y a colocar los nuevos en los expositores de la cafetería. Uno se tira, se reubican los otros y el nuevo se pone. Diez minutos repitiendo la secuencia, por si acaso no sólo era sorda sino también ciega. Luego se fue y me dejó sola un rato. Entonces apareció otra. Bastante mayor, estilizada, con el pelo blanco y muy corto. Era Mieke. Mi supervisora, entrenadora y niñera. Ésta soltaba las palabras con cuentagotas y cada frase la decía dos veces.

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14: 16

La sesión de entrenamiento duró tres cuartos de hora, la primera parte dedicada a cómo se atiende la cafetería: el complicado uso de la cafetera y la jarra de agua, eléctricas las dos, se apaga la luz y está listo, a rellenar las jarras térmicas para el agua y el café, y ponerlas sobre el mostrador. El té y el café son gratis. Como la gente se sirve sola mi deber, lo recalcó, era evitar que las jarras estuvieran vacías, que hubiera tazas limpias y suficientes bolsitas de té, envases de azúcar y de crema. No usan leche. Una holandesa muy fina me dijo un día que dejan la leche en cuanto les destetan. La segunda parte del entrenamiento fue una cuidadosa explicación de que los libros estaban ordenados alfabéticamente por autores, pero también divididos en secciones temáticas: drama, suspense, libros de cocina, de informática, sagas, etc… La sección más compleja era la de los niños, así que prefirió dejarlo para cuando estuviera acostumbrada al ritmo frenético de trabajo. Ésta es la planta de máximo consumo de productos, lo dijo tal cual.

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14: 29

Mieke me dejó sola con el carrito de los libros, es una estantería de madera con ruedas. Me dio la lección de cómo se ordena y puso unos cuantos en los estantes para que comprendiera el procedimiento con claridad. Estos holandeses hablan con las manos, pensé que era sólo conmigo por eso de que no la iba a entender, pero se puso a charlar con Ilse y hacía lo mismo.

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14: 33

Mieke vuelve a toda velocidad, con cara de me faltó algo por decir.

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14: 42

El gran olvido es que debía preguntar a todas (aquí sólo trabajan mujeres) que si querían café, al menos una vez por la mañana y otra por la tarde.

He descubierto que para el personal tenemos una Senseo.

Me han pedido dos capuchinos, dos descafeinados, un expreso y un té, creo. Tres con azúcar, dos sólo un sobrecito y la otra dos, alguna quería crema me parece.

¿Quién ha pedido qué? ni idea, jugaré al descarté.

Y ya que estoy me puedo tomar lo que quiera. Al final y mientras friego las tazas.

Mieke se esmeró mucho en su lección de cómo se friega una taza.

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15: 02

Me armé un lío y algunos cafés se enfriaron un poco.

Son muy discretas, les faltó escupirlos. Qué caras de asco.

La del expreso con crema y sin azúcar era Ilse, la jefa de la segunda planta. Pero como subió entré en la zona prohibida a llevárselo.

No me dejó quedarme a cotillear, aunque le eché un vistazo rápido con la excusa de que la estaba buscando. Allí está la literatura de verdad. Hay poca y sólo ocupa dos estanterías, más de la mitad de la planta es literatura juvenil e infantil y tiene secciones de historia, religión, psicología, arte y las dichosas guías de viajes.

No pude revisar en profundidad, la ayudante de Ilse, Carolijn, me vigilaba. Ni siquiera saludó.

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16: 30

Estoy en una pausa. Me salí a la parte de atrás a fumar. Este sitio se va a convertir en mi rincón. Hay una escalera metálica exterior que lleva a la última planta. Me han dicho que allí está el almacén. Cuando los libros ya no se mueven los quitan de las estanterías y los sustituyen por nuevos. Sobre todo los de la planta en la que estoy yo. A los de la segunda les dan un plazo más largo. La semana que viene tenemos mercado de descuento de libros. El sábado, después de cerrar, sacaremos las cajas y lo prepararemos. Será en las mesas de la cafetería y la biblioteca estará abierta hasta más tarde todos los días, para que la gente pueda venir.

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16:43

Mieke me está buscando, dando vueltas y estirando el cuello.

La veo por la rendija de la puerta.

Tendré que entrar.

¿Qué querrá?

No hay un alma, el carrito de los libros está vacío, en la cafetería sólo queda una señora que se ha leído todos los periódicos y ya lleva tres tazas de té.

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16:55

Se ha desatado una gran conmoción.

El ataque de los tardíos.

Dos carros llenos, Mieke no da abasto.

Y yo todavía no domino el territorio.

Si no cierran ya me veo aquí hasta las siete.

Yo a las seis me voy, pase lo que pase.

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17:20

Aquí se pagan sesenta euros al año por ser socio de la biblioteca, así que la gente amortiza lo que paga. Pueden sacar hasta ocho libros cada vez y lo hacen. Tienen quince días para leerlos, pero en una semana o menos están de vuelta. Como hoy es lunes se han puesto de acuerdo para devolver la carga del fin de semana, ¿cómo pueden leerse ocho libros en dos días? Cuando ves lo que leen tampoco te extraña. La invasión de esta tarde era puro suspense. Todavía no he terminado.

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17: 45

Por fin cayeron los últimos.

Viene Mieke con cara de jefa.

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18: 13

Llevo veinte minutos limpiando la cafetería bajo el estricto control de esta mujer.

Ese paño no se usa para eso. Es mejor éste.

Pero si así queda húmedo todo, allá ella.

Ahí queda rastro de humedad.

No me extraña.

¿Has limpiado la cafetera?

¿Has enjuagado las jarras térmicas? ¿Qué haces? ¡No se pueden lavar!

La cara de terror de Mieke y yo soltando el estropajo como si fuera una granada.

Está desesperada, le tiemblan las manos.

Me ha dejado sola.

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18:29

Me cazó en la taquilla

Faltaba sacar la basura.

Ya no quedaba nadie

Vi salir del ascensor a la directora, con la misma camisa hawaiana del sábado. Miró a Mieke y su cara de pena lo decía todo. La saludé y fui a la cafetería a cumplir mi último cometido del día.

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19:05

Estaba tan cansada cuando me subí al autobús que se me olvidó picar el billete. Menos mal que me di cuenta a tiempo. Dos paradas después entraron los siete de seguridad a chequear que nadie viajaba de gorra. Dos por delante, dos por detrás y tres por el medio. En este país ni los policías ni los bomberos son más grandes que los de las compañías de autobuses.

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19:46

Acabo de llegar a casa. Estoy muerta.

Me daré una ducha y cenaré.

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22: 48

Me senté a ver la tele y no aguanté ni cinco minutos despierta.

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22:51

Me voy a dormir.

Un beso

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