Grajeas eróticas: “Melodía de arrabal”

Harry Rainmaker

Mujer

En el coche de subterráneo, unos saltimbanquis acometen una más que razonable versión de Libertango de Piazzola.

Sentado en su asiento, no puede evitar sonreír para sus adentros, mientras se muerde el labio inferior. Anoche ella lo había recibido con el departamento en penumbras, las diminutas velitas regadas por el piso, guiando la ruta al dormitorio, donde desnuda sobre la cama, se dejó libar por su mirada hambrienta para luego entregarse resplandeciente a las sucesivas saetas que le robaron el alma.

Con una recóndita felicidad, antes de dormirse, le musitó (o soñó musitarle): —Es tanta la felicidad que me provocas, que hasta ya me duele. Lo mismo que me pasa cuando escucho Libertango.

Y con feliz ponzoña, hizo todo el resto del viaje. Se pasó una estación.

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