Los dormidos

Rodrigo Oliveri

LosDormidos

Yo, ¿¡escapando como una rata!? ¿De qué forma habríamos enfurecido a nuestro señor para que nos castigase con tal suplicio? ¿Acaso no éramos dignos de la bienaventuranza?

No podría rememorar con precisión la vez primera en que aquellos engendros se introdujeron en nuestro reino. Lo único claro es que percibieron ayuda de los nuestros, gentes que, de una u otra forma, adoptaron su condición ¡Incluyendo a mi propia sangre!

Esta noche, sin embargo, el tablero voltearía a nuestro favor. A pesar de añares de encierro, de oscuros brebajes y frutos que confunden la mente, algunos de mis súbditos continuaban reconociéndome.

Luego de tanto tiempo, mis gustos por la buena comida y mi desagrado por sitios como éste, eran casi un recuerdo de otra vida. Mi condición de rey, en cambio, permanecía intacta. No huía para evitar el sufrimiento, refugiarme o sobrevivir, mi destino implicaba reagrupar mis tropas y recuperar lo que nos fue arrebatado.

—Majestad, ¿cree que deberíamos apresurar el paso? —insinuó humilde mi compañero de fuga, un hombre debilitado por nuestra estadía; escuálido cual mendigo, y arqueado, como si una cincuentena de años pesaran sobre él.

—Mis rodillas no son las de antes —le confesé al tiempo que trataba de asirme a la curvada pared de esta irreconocible caverna, alejándome del húmedo centro del camino. A diferencia de mi viejo cuerpo, mi convicción, seguía siendo infranqueable; y aunque temía encontrarme en un pasaje de Heracles, a zancadas de restos rituales paganos, continué avanzando tras los pasos de mi compañero—. Más aún, esas criaturas no son capaces de ver por encima de sus narices, de continuo ignorantes, perdidos en sus extraños dispositivos y comunicándose en esa desagradable malformación de nuestra lengua madre —aseveré con desdén.

Sin embargo, la providencia se encargó de disentir con celeridad. A camino recorrido se oían sus retrógradas melodías al tiempo que ordenaban retroceder a las penumbras con demoníaco artificio; era impensable que aquello fuera una tea.

—¡Ricardo, sabemos que sos vos! ¡Vení para acá! —ordenó en su lengua. Justamente a mí, que detestaba esa costumbre de bautizarnos como antojaban, haciendo caso omiso a las miles de ocasiones en que les reiteré mi mandato divino y mi verdadero nombre.

Me detuve, correr solo quebrantaría mi maltrecho aparato físico. Por lo demás, en ningún momento asumí que pudiera conseguir sin dificultades mi libertad.

—¿Esto es idea tuya, Felipe? —sugirió molesta una de las Dormidas en relación a mi compañero— Ya lo hablamos antes, sabías que esta era tu última oportunidad —aseguró, resuelta a amedrentarlo.

Entonces, retiraron la oscuridad frente a nuestros ojos con tal estrepitosa artimaña que me fue imposible distinguirlos.

—¿Le dijiste al de seguridad que estaban en la cloaca? —consultó otro de ellos, haciendo uso de esos incomprensibles vocablos.

—Ya viene —asestó el primero en haberme llamado—, igual, Felipe no puede hacer nada y Ricardo no mataría una mosca.

A medida que nos alcanzaban, mi visión se acostumbró a la luminiscencia y sus siluetas de vestidura astral desfilaban frente a mí; no perdí un pensamiento. Con la botella partida que escondía en mis atavíos arremetí sin piedad a la yugular del más corpulento entre ellos. Mi reacción, y el fluido brotando irrefrenable, los paralizó el tiempo suficiente como para encargarme del macho y la hembra restantes. Un momento después, su crúor entintaba el camino.

Finalizados mis esfuerzos noté la horrorizada expresión de mi compañero, apoyándose con aprensión contra los muros de la caverna.

—¿Se encuentra bien, mi fiel amigo? —consulté acercándome— Hice lo que cualquier cristiano hubiera hecho —me excusé frente a su mirada de espanto—, no se deje engañar por la similitud a su rey o a usted mismo, aquellas criaturas no pertenecen a nuestro mundo.

Una nueva luminiscencia apareció a lo lejos, precediendo un trote ligero. Nos encandiló una vez más y luego de escucharse un extraño pitido, pareció entablar conversación.

—¡Estoy en los acueductos bajo el hospital psiquiátrico Méndez! —urgió una voz desgarrada— Uno de los internos hirió a los enfermeros… ¡Manden refuerzos!… No alcanzo a ver si está armado.

—–

Relato publicado en la Antología “La Venganza” (2015) de Editorial Dunken.

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