Teresa

Estefanía Farias Martínez

Fuente I

Teresa nació en La Carlota, su padre era secretario del ayuntamiento y cuando se jubiló se fue a Madrid; ella era hija de viejo, la pequeña de diez hermanos, la educaron las monjas y a los 18 se casó con un amigo de su padre, el vecino de enfrente, Vicente, y se convirtió en Teresa Suárez; no tuvo hijos, aunque el sobrino de su marido vivía con ellos por temporadas; a Vicente se lo llevó una gripe y unos años más tarde se casó con el sobrino, Antonio, y siguió siendo Teresa Suárez. Sin embargo, a pesar de ser veinte años mayor que él, también se le murió pronto. Fueron dos matrimonios de cariño, eran buenos hombres. Vicente era médico, y tenían una casita en Conde duque, y Antonio la trajo al pueblo; él era arquitecto, le habían contratado para remodelar un convento del s. XVI, y al terminar el proyecto decidió quedarse trabajando para la diócesis hasta el final. Era un pueblo con mucha historia, pero mal cuidada. Durante 10 años fue la viuda del arquitecto hasta que un día empezaron a llamarla Teresa, incluso la Tere, ya era uno de ellos.

Desde que su Antonio la dejó vivía sola, desayunaba temprano, lavaba la taza y el plato que usaba para la tostada, abría el balcón, cogía su silla y su labor,  y se sentaba a pasar la mañana al solecito, tejiendo jerseys para los pobres con las lanas recicladas que le daban las monjitas. Justo enfrente de su casa estaba la fuente. La habían remodelado varias veces, aunque ella seguía viéndola igual, sólo la pintaban, cambiaban algunos ladrillos y, como mucho, el caño.

Allí se lavaba los pies la Joaquina, cuando nadie la veía. Tenía una tienda de ultramarinos al final de la calle, al entrar el olorcito a rancio te distraía, no era tacaña, sólo ahorrativa y no tiraba nada, decía que todo era útil en algún momento. Tenía mala vista desde siempre y por eso ¨la albina¨ la timaba, la mandaba a la parte trasera del local a buscar cualquier cosa y le robaba los jamones, con gancho y todo; era una mujer muy gorda y se los metía debajo de la falda sin que nadie se diera cuenta, además se iba muy deprisa; hasta que un día la Joaquina la pilló y la obligó a devolver la cosecha, desde entonces no la dejaba sola en la tienda.

Baldomero, el agorero, y Javier, el escritor, se sentaban en la fuente los jueves, a partir de las diez de la mañana, y hablaban durante horas. El primero hacía recuento de los conocidos que habían enfermado o muerto, lo contaba como si fueran anécdotas curiosas y simpáticas, era su tema de conversación favorito y tenía mucho sentido del humor. El escritor le detallaba sus aventuras de juventud, el tiempo que estuvo en París, viviendo como un bohemio: las mujeres que amó; los personajes importantes con los que compartió mesa en casinos y burdeles; su amistad inquebrantable con Alberti, que se quebrantó por culpa de un manuscrito, la única novela erótica que escribió, se sentía tan orgulloso de su texto que quiso compartirlo con él, pero le robó las ideas, ¨de ahí nacieron sus poemas eróticos¨, decía, siempre enfadado; y de cómo, hundido por la traición, volvió al pueblo. En su buena época había hecho cosas magníficas, ahora sólo escribía artículos para el periódico local, ya no quedaba nada de lo que fue. A veces también mencionaban al pintor fantasma, se suponía que era famosísimo, tenía una casa enorme, siempre cerrada a las visitas, nadie sabía su nombre ni le habían visto nunca.

Al principio de la calle vivía el Muley, cuando le veía acercarse a la fuente con el traje de los domingos, el sombrero ladeado, el bastón, el puro en la boca, y lavarse las manos con cuidado, sabía que había un entierro, él iba a todos, acompañaba a los difuntos desde hacía años, nadie le preguntó jamás por qué.

Aquella mañana volvió a ver a Pastora, cabizbaja, suspirando al pasar junto a la fuente. Su Pepe no debió ver el programa, con el trabajo que se tomó, se trajo a los del canal de televisión, grabó el mensaje sentada en la fuente, prometiéndole que limpiaría la peluquería, que dejaría los suelos para comer sopas, pero no funcionó. Pepe seguía con la cubana, se había ido a  Mallorca y sabía de él por su prima, estaba casada con su cuñado, Paco. Él era policía y veterinario aficionado, el que castraba a los burros y los cerdos por la zona, lo hacía con dos piedras y cuando le preguntaban si aquello no dolía, el muy animal decía: ¨sólo si te pillas los dedos¨. Ésos tenían en la familia de todo, el hermano mayor, Jesús, era joyero. Durante la guerra había sido el encargado en la zona de conseguir las donaciones para el ejercito rojo, las mujeres del pueblo le entregaron sus joyas y él, con la maleta llena, se dirigió al frente, pero la suerte o la desgracia, depende para quien, hizo que al llegar a destino se hubieran rendido, así que se quedó con el contenido de la maleta y montó su negocio.  Se rumoreaba que gran parte de lo que vendía era de procedencia dudosa, que no era muy escrupuloso con sus proveedores. Su Antonio le compró un anillo una vez, con una esmeralda pequeñita, y como era muy legalista le pidió los papeles de la joya, entonces Jesús le explicó que era de una anciana, una herencia, no había sido muy exigente con lo de la documentación porque la pobre mujer estaba muy apurada. Antonio dio por buena la explicación, aunque no le creyera una palabra. Ella todavía lucía el anillo.

Estaba empezando a refrescar, olía a tormenta, y cuando recogía su labor vio a Luisa bajando la cuesta. Esa tarde les tocaba ir al convento, ella ya había terminado dos jerseicitos de bebe y uno de adulto, todos amarillos, quería aprovechar para pedirles a las monjas más colores. Su amiga se paró frente al portal y más por costumbre que por necesidad, empezó a gritar:

—¡¡Teresa!!

—Hola Luisa.

—¡¿Has comido ya?!

—No, es que se me fue el santo.

—¡¿Qué vas a preparar?!

—Algo ligero, estoy desganada, con una tortilla francesa me apaño.

—¡¡Todavía no te han pagado la pensión, ¿a que no?!!

—Ya sabes como es esto, a veces se retrasan.

—¡¡Anda, vente a casa, tengo en el puchero unos andrajos más ricos!!

—No quiero molestar.

—¡¡No seas tonta si a Agustín le caes muy bien, está harto de mí y agradece las visitas, no ves que estamos siempre solos. Además, así después hacemos las rosquillas para llevárselas a las monjas!!

—Vale, espera, me arreglo un poco y bajo.

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