Cine de verano

Estefanía Farias Martínez

cine

Todos los veranos el ayuntamiento convertía la plaza mayor en un improvisado cine las noches de los sábados; sacaban las sillas de madera plegables y las distribuían en filas; ponían un quiosco de bebidas y aperitivos dulces y salados donde también se preparaban pinchitos; e instalaban una pantalla gigante con potentes focos y altavoces a ambos lados. La gente iba llegando poco a poco, se formaban pequeños grupos en las proximidades del quiosco; la espera se amenizaba con música, que envolvía el barullo de las voces y los chirridos de las sillas. Aquel sábado de agosto hacía mucho calor, y las cervezas y la sangría eran lo más solicitado. La música paró a las 10 y una voz metálica les invitó a sentarse, anunciando el comienzo de la película. En apenas unos minutos la mayoría de los asientos estaban ocupados y los focos se apagaron. Era la noche de ¨Tiburón¨, pertenecía a la colección personal del alcalde.

Don Ramón, el alcalde, Doña Margarita, su mujer, y sus acompañantes fueron los últimos en sentarse, había una fila reservada para ellos, y la anterior y la posterior estaban vacías por cuestiones de seguridad. Don Ramón era un hombre contundente, andar pesado y manos rollizas, como las de alguien que hace tiempo dejó de usarlas de forma productiva; Doña Margarita tenía aspecto de tinaja, bien labrada, exquisitamente decorada y vacía de contenido.

A pesar de las cualidades inherentes a su esposa, el alcalde estaba obsesionado con las mujeres voluminosas en bata blanca. Aquel apetito desmedido e insatisfecho había empezado tres años antes, por culpa de una película francesa, ¨El marido de la peluquera¨, por una escena en concreto: una bata blanca, semiabierta, y un pecho emergiendo descuidado, cual papaya madura pendiendo del árbol, se adivinaba el pezón, casi podía olerla. Susanita, la chica de la limpieza de la tercera planta, donde estaba su despacho, llevaba también una bata blanca ligera, sin sujetador cuando apretaba el calor, los primeros botones desabrochados y esa 100 copa B buscaba el aire acondicionado cuando nadie la veía, él tiraba papeles al suelo para hacerla agacharse y otear desde las alturas las montañas rocosas. La tenía sentada al lado. Al llegar a la plaza se la encontraron acompañada por el padre, Melancio, un municipal zalamero que se moría por el culo de Margarita. Mientras el tipo babeaba ante el espectáculo que ofrecía su mujer con aquel vestido rojo, él olisqueaba a la hija. Era tímida, muy rubia y sonrosada, de carnes esponjosas, muy servicial y educada. Susanita llevaba puesta su bata, sudaba mucho y él veía brillar la piel de su escote. Don Ramón se inclinó sobre ese busto y recogió con la lengua las gotas de sudor mientras ella, atónita, se quedaba paralizada.

Desde que Jorge tenía quince años cada vez que veía ¨La guerra de las galaxias¨ quería ser Han Solo y violar a Leia, estaba tan rica, era tan rebelde, él se merecía un premio por su esfuerzo; quería arrancarle la ropa y dejarle los rodetes puestos, así mejor, pero Natalia no quería disfrazarse de Leia. Ni siquiera ponerse ese bikini dorado que lucía con tanto encanto en ¨El retorno del jedi¨ tan sensual, tan preparadita para que Jabba el Hutt la lamiera entera con aquella lengua descomunal, sólo de pensarlo se calentaba.

—¿Natalia?

—¿Qué?

—Quiero violarte.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Aquí?

—No, mujer, en los soportales del casino, y ya sabes te acabo de rescatar y tú te resistes.

—Pero por ahí a veces pasa gente.

—Mejor, anda sé buena.

—De acuerdo, espera un momento.

—María, ¿nos guardas los asientos? Volvemos en diez minutos.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

—No sé para qué le traes al cine.

—Es que quería ver esta película. Luego me cuentas lo que me pierda.

Jorge hacía aspavientos desde la acera, frente al casino.

—Venga, Natalia.

—Voy.

Ella cruzó haciendo resonar los tacones y avergonzada porque la gente la miraba. Cuando llegó a donde estaba él, se escondió detrás de la primera columna. Él sonreía y la empujaba suavemente.

—Apóyate. Así, perfecto. Abre un poco las piernas, deja los brazos sueltos, natural.

—¿Tengo que gritar?

—Sí.

—¿Y arañarte?

—También.

—¿Darte puñetazos en la espalda?

—El paquete completo.

—¿Me vas a volver a arrancar la tanga?

—Claro, es una violación, mujer.

—Habérmelo dicho antes, ésta es de las buenas.

—Yo te regalo otra. Venga zorra, estate quieta y pórtate bien.

Juan Carlos descubrió a su mito erótico a los veintiuno, fue con sus sobrinos a ver una de Disney y ahí estaba ella: Pocahontas. Qué cuerpo, qué ojos, qué cara de cerda. Se empalmó nada más verla, toda la película con dolor de huevos. Al salir se compró una muñeca de veinte centímetros de su chica y esa noche, en la habitación, a solas, se desnudó para ella y se masturbó como un demente, la leche salía a borbotones sobre la cara y el cuerpo de su india. Desde entonces era entrar a un cine y la veía en la pantalla a tamaño natural.

—¿Juan Carlos?

—Mmm…. ¿qué?

—¿No oyes chillar a una chica?

—Mmmm… Marta, es la película.

—Pero si ahora no sale ninguna en escena.

—Mmmmmm…. Estará oyéndose de fondo. No me distraigas que me desconcentro y no me entero de nada.

Marta le miraba de reojo, otra vez igual. ¿Qué demonios hacía con él? Con lo que le hubiera gustado tener a uno como Brendan Fraser. Cuando Ángela le recomendó aquella película tan rara, ¨Dioses y monstruos¨, no se imaginaba la sorpresa, esa escena del jardinero desnudo y con la máscara antigás: todo cuerpo para morder, lamer y arañar. Ahora entendía por qué su amiga se había comprado una por internet, tenía novio nuevo, un bombero, y seguro que ya se la había puesto; le quería prestar la máscara, pero ella no se atrevía a pedírsela con el relleno incluido, porque al suyo no le iba a quedar igual. Se le dispararon los pezones y se mojó toda. Juan Carlos seguía con Pocahontas, y a ella se le resbaló la mano del reposabrazos y la dejó muy quieta sobre el regazo del tipo que tenía al lado. Él no dijo nada, sólo deslizó la suya por los muslos de Marta, ella separó un poco las piernas, para sentir esos dedos tanteándola, mientras le bajaba la cremallera y agarraba aquel plátano macho; se inclinó y apoyó los labios en la cabeza, sacó la lengua y se dejó llevar. Qué diferencia, cuánta carne, qué dura, le llenaba la boca; él se retorcía en el asiento y clavaba los dedos en su furibunda gruta.

Margarita se levantó y pasó despacio delante del municipal, estaba harta de que Ramón la ignorara, no llevaba ropa interior, con el calor no la soportaba, pero ni con ésas, quería ser la presa de un tiburón, sentir el aliento de un hombre a través del vestido, que le arrancaran la carne a dentelladas. Había  muy poco espacio entre las filas de asientos, y Melancio tenía tan cerca aquella ensaimada, que a punto estuvo de morderla.

Cuando Margarita llegó a la esquina le hizo un gesto con la mano y él acudió raudo.

—¿El quiosco está cerrado ya? Me muero por algo de chocolate, siempre estoy a dieta porque a Ramón le gusta que me cuide, pero la película me ha abierto el apetito y como está distraído viéndola…

—La acompaño, el del quiosco está sentado al fondo, le pido las llaves y entramos a buscar lo que quiera.

—Gracias, eres un amor, Melancio.

Ella  se colgó de su brazo y él creía oír el roce de esos muslos al andar, estaba soñando despierto. La de noches que había pasado imaginando que devoraba aquel trasero, que la doblaba a su gusto, que se la ensartaba completa hasta hacerla gritar.

La gestión con el del quiosco fue rápida, tenía muchas multas de aparcamiento sin pagar. Entraron como ladrones perpetrando un atraco. Ella rebuscaba en las cajas, ansiosa, y bamboleaba aquel monumento de un lado a otro, de pronto se estuvo quieta, se inclinó sobre una estantería intentando alcanzar la parte trasera y él, muy caballeroso, se ofreció a colaborar. Apoyó todo su cuerpo sobre el lomo de la alcaldesa, haciendo que se le levantara la falda hasta exponer sus virtudes ocultas, y estirando el brazo, le entregó aquellas chocolatinas que la hacían suspirar. Margarita comía como si estuviera en éxtasis y Melancio la embestía con violencia, sin interrumpir el suministro de estimulantes. Él gruñía y ella gemía, cada uno satisfecho por sus placeres consumados.

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