Curso de ciudadanía

Estefanía Farias Martínez

Ciudadano

—¿Has apagado las luces de la 7?

—Sólo me falta ésa.

Paul la había dejado para el final a propósito, cada vez que entraba recordaba la fiesta de despedida. Todos sus alumnos reunidos. Les acabó cogiendo cariño y eso que el primer día le aterraban, le costó acostumbrarse a ellos. Había estudiado Ciencias Políticas, había ido a la universidad. Aún estaba pagando el préstamo. Era una carrera sin futuro en aquel momento, pero él se empeñó en hacerla. Su padre prefería que hiciera Marketing, más barata y con mucho potencial: en un país con tradición de vendedores era la mejor opción. Sin embargo, Paul quería hacer algo diferente. Tres años después tuvo que seguir un curso de seis meses para convertirse en profesor de ciudadanía, era el boom. Le enseñaban rudimentos de gramática y poco más. Consiguió el trabajo en la academia en cuanto tuvo el título. En aquella época los ayuntamientos pagaban los cursos de ciudadanía para integrar a los inmigrantes, sin embargo, cuando dejaron de hacerlo, los centros como aquel no tuvieron más remedio que cerrar: ninguno de sus alumnos hubiera podido pagar el importe completo del curso. Ellos estaban vaciando el local, habían sido cinco años buenos.

Janneke le esperaba junto a la escalera, eran los últimos, los que entregarían las llaves al dueño del edificio, les había pedido que dejaran todo abierto porque lo iban a limpiar.

Aquel día, Hurriya descubrió, entre sus encomiendas, la limpieza de los locales de su antigua academia, era un trabajo extra porque la acababan de desalojar, así se entero de que la habían cerrado. Cuando abrió el portal de entrada y empezó a subir la escalera, la abofeteó el olor a acetona, señal de que la escuela de peluquería y estética de la segunda planta seguía abierta. Ella llegó de Marruecos a Holanda con su licenciatura en derecho y recién casada, pero el matrimonio duró muy poco, y apenas un par de años después se encontró sola. El único empleo que consiguió fue en una empresa de limpieza. Por aquel entonces se aprobó una ley que obligaba a todos los extranjeros no comunitarios a hacer el curso de ciudadanía, eso les permitiría vivir y trabajar en el país. Por suerte el ayuntamiento lo sufragaba; le pidieron una cantidad ingente de papeleo, no sólo el título universitario, sino también los datos de su educación primaria y secundaria, entre otras cosas; después de una entrevista, en la que se entendía con la funcionaria casi por señas, firmó el contrato, redactado en holandés, sin saber qué ponía, y se comprometió a hacer el curso en un año en la academia que ellos eligieron. Lo completó sin contratiempos, incluso le dieron un premio en metálico, aunque no le cambió la vida, aún trabajaba en la misma empresa.

Al llegar a la primera planta le pareció que todo estaba como antes, justo enfrente, la agencia de colocaciones, con sus cristaleras y las tres chicas de siempre al teléfono o yendo de un lado para otro, paso obligado para todos los que iban a la academia. Buscar trabajo era parte del curso, e indispensable para complementar el portafolio de muestras donde dejaban patente su conocimiento practico de lo que habían aprendido: facturas de la luz, recibos de cajeros automáticos, ejercicios de denuncia en la policía, solicitudes de empleo, ejemplos de charlas con vecinos, compañeros de trabajo, entre otras muchas cosas.

El suelo estaba enmoquetado en azul y ella juraba que conservaba las mismas manchas de siempre. Siguiendo el pasillo, a la derecha, llegaba a la sala comunal, donde tomaban café todas las mañanas; a la izquierda, en la esquina, las oficinas del profesorado y al lado, un cuarto pequeño, donde guardaban el material de las clases: cientos de carpetas blancas de anillas llenas de fotocopias. Rara vez veía un libro de verdad, el sistema holandés de enseñanza. La sala de los ordenadores, con su única impresora y sus máquinas antiguas plagadas de virus, y el nepalí silencioso al fondo. Todo estaba vacío ahora. Después de hacer una limpieza ligera, porque básicamente lo que había allí era polvo, se fue por el pasillo hasta la L que la llevaba a las clases, las recorrió una a una y dejó para el final la que fue la suya.

Al encender la luz volvió a su cabeza la última fiesta. Las que sabían cocinar prepararon un banquete, no recordaba qué comieron, sí que sobró mucha comida y la repartieron para llevársela a casa. A los profesores les volvían locos esas fiestas tan internacionales, sobre todo por las especialidades culinarias. Paul llegaba el primero, atacaba el banquete, lo probaba todo, intentaba socializar, y aunque había cambiado mucho, seguía manteniendo las distancias con ellos.  Janneke entraba, picaba algo, la tortilla de patata la fascinaba, charlaba unos minutos y desaparecía, pero volvía un rato más tarde. Peter, serio, simpático, se dejaba palmotear la espalda por Coco y toleraba el azote distraído de Clara. Las africanas eran descaradas, se movían de una manera muy sensual, a pesar de ser bastante voluminosas, y le hicieron un baile que le puso muy nervioso. Coco era de Camerún, el marido la había dejado con los dos niños y ahora que estaba viviendo con otra mujer se los quería llevar; ella no trabajaba porque tenía la tensión muy alta y sólo le conseguían empleos de carga y descarga que no podía hacer; después de mucho pelear le habían dado un subsidio por invalidez y vivía de eso. Los hombres eran su perdición, ella decía que una mujer africana necesitaba un africano porque eran los únicos capaces de satisfacerlas, era una cuestión de raza. Ligaba por internet, les hacía desnudarse después de las primeras conversaciones y si no cumplían sus expectativas les descartaba. Clara era de Angola, tenía tres niños, y era muy discreta con sus cosas. Aunque cuando esas dos se ponían a hablar de sexo eran muy divertidas, habían descubierto los juguetitos sexuales que vendían en el supermercado y estaban muy contentas de haber desembarcado en un país tan moderno y práctico. Citra, la indonesia, las escuchaba muy atenta, ella solía quejarse de tener una vida sexual muy apática, estaba casada con un holandés y decía que eran muy fríos, por lo menos el suyo. Se la trajo de Indonesia cuando aún no había cumplido los dieciocho, según ella le pusieron cinco años de más al hacer el pasaporte, así no tendría problemas. Tenía una niña de seis y se llevaba muy mal con la suegra, la señora quería quedarse con la cría y estaba convenciendo al hijo para que se divorciara de ella. Lin, la china, tampoco estaba contenta con su chino, ella era jovencita y había una diferencia de más de veinte años entre ellos, además, siempre estaba trabajando. Coco les daba consejos de seducción, que parecían sacados de una revista pornográfica, ante la mirada indignada de Sharon, la sudafricana, la mayor del grupo, ellas la llamaban ¨la marquesa¨, por los aires que se daba. Claro que en cuanto Peter entraba en la clase todas mudas y él sonriendo porque las había estado oyendo desde el pasillo. Le caían bien las africanas y en la fiesta se notaba, y era lo suficientemente paciente como para aguantar los chistes de Karim, el iraní que se cambió de religión porque quería ser culturista y hacerse tatuajes, el Islam no lo permitía y se hizo cristiano, eso sólo lo contaba en privado. A los profesores les decía lo que querían oír, porque no era tan burro como parecía. Sharon estaba profundamente decepcionada por no ser objeto de las atenciones de Peter, a pesar de su estilo y superioridad intelectual y social dentro de aquel grupo, había sido una famosa diseñadora de modas en su país, pero un mal divorcio le trajo mucho problemas, luego conoció a su actual marido y juntos montaron un gabinete de auto-descubrimiento, donde hacían terapias para empresas y particulares, y les iba bien. Aquel día Sharon pretendía que fueran juntas a Ámsterdam a hacer el examen, en tren, en primera, para un recorrido de 30 minutos, y Hurriya le intentaba explicar que no podía permitirse ese gasto. El grupo de confianza de Sharon era muy reducido, sólo admitía a unas pocas, apenas se relacionaba con las que no tenían estudios medios, que eran la mayoría, menos aún con las que nunca habían ido al colegio, a ella sí la trataba porque era una licenciada, todo era cuestión de afinidad, de qué iba a hablar con las otras. La situación de Hurriya le parecía lamentable, en alguna ocasión llego a creer que la intentaría ayudar, ofreciéndole algún tipo de trabajo, al menos eso le dio a entender, pero no estaba en los planes de Sharon, su ayuda era de carácter espiritual y de eso no se come.

El último de los profesores en aparecer fue Robert, un periodista reciclado que tuvo su época de escritor negro y era un soltero recalcitrante porque quería conservar su casa; a su hermano se la quitó la mujer, cuando se divorciaron, y el pobre vivía de alquiler en un apartamento que debió pertenecer a un camello, porque todas las noches a altas horas de la madrugada llamaban al portero para hacerle pedidos. Robert era un magnifico orador, siempre con historias para contar, el temario del curso le daba igual, conque se estudiaran el libro de texto tenían suficiente, poco había que añadir. Dominga y Julia discutían en español, o hablaban de cualquier cosa, en voz muy alta, la de veces que las habían llamado la atención por hacerlo en su idioma, pero no lo podían evitar: les parecía ridículo hablar en holandés. Dominga, que siempre les pedía que la llamaran Rosa, era dominicana, con nacionalidad holandesa porque había vivido muchos años en Curaçao; le descubrieron un cáncer y se vino a Holanda para curarse; ya reparada se quedó cobrando un subsidio de invalidez. Ella completaba sus ingresos con las clientas de la peluquería ilegal que tenía en casa, decía que esa profesión era a la que más futuro veía en aquel país, porque todas las holandesas odiaban ser rubias y la calidad de su pelo era malísima, y en el fondo no le faltaba razón porque eran los únicos negocios que no cerraban, incluso se ampliaban y propagaban como la gripe. Estaba haciendo el curso porque no sabía escribir. Julia era española, una monja seglar, la congregación la había obligado a aprender holandés para predicar, ella había tenido problemas de tiroides y una menopausia precoz, así que las competiciones de dolencias entre ambas eran constantes. Con ellas solían ir las filipinas, Gemma y Clarence, otras que se pasaban la mayor parte del tiempo hablando en su idioma, el tagalo, aunque ambas dominaban el inglés y eso facilitaba su trato con el resto. Gemma estaba casada con un holandés mucho mayor que ella y no tenía hijos porque él no quería, eso era algo corriente; a Tuy, la tailandesa, le pasaba lo mismo, ella era un poco mayor y ya tenía dos que se habían quedado en Tailandia porque el marido no los quería con él, cuando se casó era viuda, pensó que viviendo en Holanda podría ayudar mejor a su familia y dejó a los niños con su hermana, trabajaba día y noche para mandarles dinero, apenas dormía tres horas y se pasaba las clases haciendo unos gorritos de croché que vendía a un euro. Clarence era completamente distinta a ellas, estaba casada con un ruso de su edad, él trabajaba en una plataforma petrolífera en el Mar del Norte y sólo le veía cada cuatro o cinco meses porque les obligaban a descansar para evitar que se volvieran locos. El sueldo de su Iván la permitía vivir bien, tranquila, sin trabajar, pero hacer el curso de ciudadanía le aseguraba quedarse en Holanda aunque no pidiera el pasaporte.

Hurriya recordaba aquella fiesta a retales, como casi todo el año. El aislamiento de los primeros meses, la torre de Babel, el árabe, el turco, el persa, el francés, el inglés, el portugués, el papiamento, el tagalo, el español, grupos de dos personas máximo compartiendo la misma lengua, hasta que a partir de navidades ya tenían los rudimentos suficientes del idioma como para hacer del holandés su mejor aliado. Era una academia llena de mujeres durante el día, al caer la noche y empezar los cursos nocturnos, ellas desaparecían y llegaban ellos.

Apagó las luces al salir de la sala 7 y cerró la puerta.

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