Las turistas

Estefanía Farias Martínez

—¿Plácida?

—¿Sí?

—¿Has traído las tarjetas?

— Sí, están en la bolsa verde.

—Voy a buscarlas, esto está a punto de abrir.

—¿Has puesto mi nombre en la tarjeta?

—No, tú sabes que no quiero que los clientes se confundan, el consultorio de acupuntura es algo muy serio, no puedo poner en la tarjeta ¨también se leen pies¨.

—Tomás, me prometiste que haríamos algo con mi don.

—Y te he traído a la feria y te llevé a la del mes pasado. Así te van conociendo poco a poco, luego podrás abrir tu consulta, al lado de la mía, independiente, y tendrás tus propias tarjetas.

—Pero a lo mejor no me da tiempo, lo mismo me muero.

—¿Por qué dices eso?

—Hay que ser realistas, Tomás. Ya soy muy mayor, el don me ha llegado tarde, a ti, cuando debía, pena que lo perdieras, con lo orgullosa que estaba yo de ser la hermana de un sanador. Cada vez que veo esas manos me acuerdo de cómo las imponías sobre la gente, y lo contentos que salían de la ermita, ya curados. Hasta hiciste andar a más de uno. Qué lástima. Vivíamos tan bien, todos eran muy generosos con sus donaciones. La culpa la tuvo tu mujer, mira que irse con el árabe y llevarse los niños. Quién te manda a ti fiarte de un polígamo. Tú convencido de que no había problema con eso de las clases de yoga tántrico. Hombres.

—No eres tan mayor. Y de eso hace mucho tiempo, menos mal que conocí a Carol y me presentó al doctor Kim, él cambió mi vida.

—Quién iba a decir que una psicóloga de mascotas tenía tan buenos contactos, ¿no? De todas maneras no la aguanto, es rara. Le da por quedarse mirándome con cara de susto y sale corriendo, la última vez gritaba: ¨¡Ahora lo entiendo, ahora lo entiendo!¨ y todavía no sé de qué hablaba.

—Tú sabes que mi mujer es muy sensible, a veces tiene revelaciones.

—Y yo te digo que está loca.

—Que no te oiga. Pero si no llega a ser por ella no tendríamos la consulta, y tú no podrías estar jugando a lo de los pies.

—Es un don, veo el pasado y el futuro de las personas al tocarlos.

—Pero, cuando no aciertes, deja de decirles que son espíritus intrusos en el cuerpo de otro.

—Es que es la única explicación.

.

Soraya había insistido tanto en ir a la feria que Virginia la acompañó. Su amiga era una fanática de aquellas cosas, siempre preguntaba lo mismo: si se iba a casar, si tendría hijos, si sería millonaria, si se moriría pronto. Ella, sin embargo, no se creía una palabra, era desconfiada por naturaleza, aunque muy curiosa y aquello era igual que darse una vuelta por un parque de atracciones. Cuando llegaron, estaban abriendo, eran las únicas visitantes, el primer stand no les llamó la atención y pasaron de largo. La clásica abuelita, de aspecto frágil y voz suave, discutía con un tipo desgarbado, vestido con bermudas y camisa hawaiana. Aunque justo enfrente, un hombre lánguido, con traje gris, posaba junto a una foto de tamaño natural de sí mismo, rodeada por bandas de colores, y sobre ella un cartel: fotos gratis del aura. Soraya la tiró del brazo, ésa iba a ser su primera parada. Él exhibió su mejor sonrisa y le indicó dónde debía situarse para que le pudiera hacer la foto. Virginia miraba a la cámara con poca convicción, unos segundos más tarde él se acercó para enseñarle su obra maestra y le dio un folleto para que se la interpretara sola; no se parecía a la de muestra, la suya tenía más colores y muy intensos y unas burbujas azules en el lateral. La de Soraya salió negra y la tuvo que repetir, ella se decepcionó bastante porque sólo tenía dos colores y muy suaves. Las dos se fueron de allí con sus fotos y sus folletos. Y una tarjeta que les dio él por si querían acudir a su consulta para una explicación en profundidad, con cita previa, por supuesto.

.

La siguiente parada fue el stand de las quirománticas, decorado en negro, morado y oro, telas cayendo como velos, estrellas por todas partes y dos mujeres sentadas, cada una tras una pequeña mesa redonda; llevaban los ojos muy pintados y vestían túnicas, las manos llenas de anillos, una lucía un globo ocular en el pulgar. En la primera mesa una etiqueta ponía Ofelia y en la segunda, Diandra. Soraya eligió a la primera, le parecía que tenía más aspecto de bruja porque sus manos eran muy delgadas y pálidas, con las venas marcadas. Las de la segunda eran rechonchas, más monjiles. Pero a Virginia le gustó, se veía a la legua que era novata.

—La primera lectura es general, pero si quieres ampliarla y que responda a preguntas concretas son 50 euros.

—De acuerdo, ¿qué mano quiere?

—Primero las dos y luego la derecha, porque la izquierda es la de la herencia.

La cogió por las muñecas y le puso las palmas hacia arriba, las observó muy concentrada y frunció el ceño, pero no dijo nada, luego se centró en la derecha y, levantando la cabeza con mucha ceremonia, le preguntó:

—¿Tienes novio?

—No.

—Pues no te preocupes, pronto aparecerá alguien muy especial, no será una relación fácil, pero sí duradera y veo hijos en el futuro, dos creo. Mmm… hay una isla en tu línea de la vida, creo que vas a tener problemas de salud, pronto además. Y esta estrella en el monte de Júpiter es una mala señal, puede tratarse de un accidente o algún proyecto laboral que se convierta en desastre, en una lectura rápida no te lo puedo concretar. ¿Quieres que haga una más detallada?

—No, gracias.

—Bueno, pues aquí tienes mi tarjeta, cualquier cosa llama, y te daré una cita.

Soraya la estaba esperando circunspecta.

—¿Qué te ha dicho?

—Que me caso, que tendré hijos, que voy a fracasar en el trabajo que no tengo, o sea suspender el curso, y que me voy a morir pronto. ¿Y a ti?

—Que soy la responsable de todo lo malo que me pasa porque soy muy negativa, que atraigo a las desgracias, que iba a tener un accidente, pero no podía decir más sin pagar.

.

—Diandra, tenías que decir que la estrella estaba en cualquier monte menos en el de Júpiter. Ahí significa todo lo contrario. A la próxima asústala más.

—Le dije lo de la enfermedad, lo del accidente y empecé con lo bueno, como me has enseñado. Además, a ti tampoco te funcionó a pesar de lo aterrada que estaba.

—Es que eran turistas, no clientes, me di cuenta cuando se levantó tan rápido.

—¿Turistas?

—Sí, vienen muchos de ésos a estas ferias, hacen el recorrido por las lecturas gratuitas, no compran nada o algo de bisutería o incienso, y se van.

Diandra se llamaba Luisa, antes tenía un negocio familiar, vendía tartas de manzana estilo tradicional, sin embargo, cuando no pudo competir con los supermercados de descuento, tuvo que cerrar. Se recicló en bruja porque conocía a Ofelia de toda la vida, ella llevaba más años en eso, pero necesitaba una socia y la estaba entrenando, a pesar de todo ya habían conseguido un grupo de clientes habituales y en la feria ficharían a alguno más.

.

Tardaron unos minutos en encontrar el último objetivo de Soraya, esta vez era una lectora de cartas del Tarot, vestida como una zíngara, según su amiga, pero a ella le parecía una bailarina del vientre, aunque estaba un poco rellenita para ir tan ligera. Su stand era más modesto, como un cubil, con una cortina de cuentas recogida con una cinta de colores, dentro una mesita redonda como las de todos los demás y una estantería con barajas a la venta. Se hacía llamar Lisístrata. Las hizo sentarse a las dos y sacó una cajita de madera, la abrió y dentro, envuelta en un pañuelo de seda morado, había una baraja. Les explicó que la lectura completa del destino costaba 100 euros, si sólo querían saber sobre el amor, el trabajo o la salud serían 50. Soraya le preguntó por la lectura gratuita que anunciaba en el cartel de la entrada y ella dejó de sonreír. Barajó las cartas de forma descuidada, las puso delante de su amiga y la hizo cortar hacia la izquierda. Luego sacó tres, las observó detenidamente, sus gestos no auguraban que a la pobre Soraya le fuera mucho mejor que con las anteriores. La conclusión de la médium fue que su vida era muy confusa porque no tomaba las decisiones adecuadas, era fácilmente influenciable y si no tenía pareja era porque no estaba preparada todavía. Hasta que no empezara a poner orden en su entorno no obtendría ningún resultado, por mucho que lo intentara. Viendo la actitud de aquella mujer, Virginia prefirió no someterse a otro escarnio y salieron de allí enseguida.

.

—Ésta era peor que las de las manos.

—A mí me ha dicho cosas interesantes.

—Soraya, eso te lo podía haber dicho yo.

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