La puja

Estefanía Farias Martínez

Subasta

—Bienvenido a Casa de Subastas. Aquí encontrará exactamente lo que necesita. Acompáñeme a la oficina, debo corroborar todos los datos que me dé, ¿ha traído las fotos? ¿El historial médico? ¿El desglose bancario? ¿Los teléfonos de contacto?….

—Sí, por supuesto, todo está en este dossier.

—Entonces, una vez que rellene el formulario y hagamos las comprobaciones, podrá participar en la primera subasta. Nosotros le avisaremos.

El lunes Manuel recibió la llamada que esperaba. Ese mismo jueves, a las nueve de la noche, era el gran día. Le habían hablado muy bien del lugar. El director de ventas ya había acudido en varias ocasiones y no tenía queja, eran muy profesionales.

El presentador de la subasta salió al escenario vestido de blanco, los focos le iluminaban.

—Que pase el primer candidato de hoy—. Hizo gestos al público para que aplaudieran. —Aquí tenéis a Iván. 21 años, ojos marrones, pelo corto y rizado, castaño, 1.80, 70 kilos, complexión delgada. Estudia medicina y practica deportes acuáticos: surf, natación y buceo. Busca una mujer de 40 que le pague un fin de semana en la playa, y se compromete a hacer realidad todas sus fantasías. Ya pueden empezar a pujar.

Se pusieron en pie tres mujeres, agitando sus números en el aire, el ocho, el cinco y el cuatro.

—Iván, ¿Quieres elegir ya?

—Así no puedo decidir, ¿qué más ofrecen?—. Iván sabía que la primera oferta sólo era un gesto, la segunda era más importante. La cinco era alta y muy delgada, sin gracia, le miraba de una forma extraña, la hubiera descartado de entrada. La cuatro, muy corriente, rubia teñida, ojos nerviosos, asustadiza, era su primera vez allí y la impaciencia la iba a traicionar. La ocho, perfecta, descarada, gordita como a él le gustaban, pechugona y culona, con muslos gruesos y tobillos fuertes, sería un banquete para ellos, porque con semejante ejemplar iba a necesitar refuerzos y Oscar estaría encantado de colaborar. Lo difícil sería convencerla, tal vez si fuera una sorpresa. De todas formas no quería precipitarse.

—Ya le habéis oído, chicas. ¿Quién sube la oferta?

—Yo le ofrezco una cena en La Place—la cinco se adelantó. No iba a ir de fin de semana con un desconocido, necesitaba saber más de él, era guapo y tenía buen cuerpo, pero podría ser un psicópata o algo peor, mejor recurrir al terreno neutral.

—Yo le compro un traje de Hugo Boss—intervino la cuatro. El chico tenía presencia, aunque poco estilo, así no podía llevarle a los sitios a los que estaba acostumbrada. Ya que le tomarían por un acompañante, al menos que estuviera a su altura.

—Yo me lo llevo a un paseo en yate para los dos solos—ofreció la ocho. Le gustaba cómo la miraba, se notaba que le ponían las gorditas y a ella le hacía falta pasarse un fin de semana sin salir de la cama o revolcándose en la cubierta del yate. Tendría que alquilarlo y con suerte el chico tenía un amigo que supiera manejar esos trastos, tan jovencito y sabroso como él, y de paso, entre los dos, podrían manejarla a ella, a la vez o por turnos, un equipo de relevos para mantenerla entretenida todo el fin de semana. Se le erizaba la piel sólo de pensar en un menage a trois, nunca lo había hecho y le apetecía muchísimo. También tenía pendiente un Gang bang, aunque para eso necesitaba más de dos. El de la última subasta le salió bastante bien. Y los estudiantes de medicina le daban morbo.

Iván sonreía, no era mal psicólogo. La cinco no se fiaba de él, era una mujer precavida, esa cena sería un interrogatorio y si tuviera el cuerpo de la ocho le seguiría el juego, pero le faltaba de todo. La cuatro quería un toy-boy fijo y no tenía imaginación. Sin embargo, la ocho era una fiera que necesitaba desesperadamente de sus servicios, le guiñó un ojo y le hizo un gesto con la mano, ella se contoneó para él, se giró y le enseñó el culo, provocándole.  Iván se calentó en el acto, se imaginaba a aquella jaca felliniana a cuatro patas sobre la cubierta del yate,  la lanza de Oscar ensartada hasta el fondo de esa garganta profunda mientras él la cabalgaba, perforando ese portentoso mascaron de popa, azotándole las nalgas con la palma bien abierta, y esas ubres generosas zarandeándose. Dios, cómo le gustaban las gordas.

—Iván, ¿ya has elegido?

—Sí, acepto la oferta de la ocho.

—Número ocho, suba al escenario, por favor.

Ella salió del grupo y subió las escaleras riéndose.

—¿Quiere darnos su nombre?

—Miranda.

—Iván, Miranda, colóquense para la foto.

Él le agarraba con fuerza la nalga izquierda y ella le susurró algo al oído. A continuación, el presentador les indicó que salieran por la parte de atrás. Según estipulaban las reglas, accederían a una zona de primer contacto, donde se conocerían un poco mejor, disponían de media hora. La siguiente cita sería por cuenta de ellos.

Las asistentes a la subasta de Iván se retiraron de la sala, y un nuevo grupo entró.

Una chica en traje de fiesta apareció en el centro del escenario.

—Un aplauso para recibir a nuestra candidata de la noche. Aquí tenéis a Malena. 35 años, morena, ojos verdes, curvas abundantes, 1.65, 60 kilos. Licenciada en filosofía y actualmente en paro, ha trabajado como camarera y como gogó de discoteca. Es fumadora y bebedora social. Busca una relación estable con un hombre de entre 30 y 50 años, con una economía desahogada, culto y atento, a ser posible soltero y sin hijos. Ya pueden empezar a pujar.

Se hizo el silencio, no se levantó ningún número. Durante cinco minutos el presentador esperó, y como no obtenía respuesta, se dirigió a ella:

—Malena, vamos a tener que rebajar las exigencias.

—Bueno, puede ser divorciado o viudo y si tiene algún hijo no importa. Y lo de la relación estable ya se verá—. Su hermana le había aconsejado que pusiera muy alto el listón para evitar a los casados y a los raros, pero le daba la sensación de que allí todos tenían alguna tara.

Sólo un número se levantó, el siete. Ella le miró fijamente, era calvo, con ojeras pronunciadas y una sonrisa espeluznante. Precisamente de los que quería evitar.

—Que sea culto tampoco es imprescindible—. Si ella no tenía tanta conversación y como le saliera un cerebrito se moriría de asco.

El cinco se agitó al fondo. No podía verle bien, era muy bajito.

—Conque no tenga problemas económicos me conformo—. Ya estaba abriendo la puerta a los normales.

Ahora sí. El nueve, el once y el quince, casi en primera fila, agitaban sus números. Les hizo una radiografía completa. El nueve era un macarra con tatuaje en el cuello, manos de obrero manual, unos brazos impresionantes, probablemente motero, siempre había querido tirarse a un tío en una harley en marcha, a toda hostia, pero no veía la chupa, mala señal. El once era divorciado novato o casado, llevaba anillo, tenía la cabeza pequeña y se tapaba la calva incipiente con cortinilla. Y el quince era un trajeado con exceso de peso, pinta de tacaño, porque los zapatos eran caros y la corbata de marca y a la última, aunque no quería que ella supiera que tenía pasta, seguro que si la llevaba a cenar pagaban a escote, de cara no estaba mal.

Entonces intervino el presentador.

—¿Quieres elegir ya, Malena? Espera. Señores, ¿no van a subir la puja por esta preciosidad? Malena, date una vuelta, enséñales lo que tienes para ofrecer—. Ella siguió sus indicaciones como una autómata, cada vez le veía menos sentido a aquello.

—La llevo a cenar—. Fue la oferta del 7. Se la comía con los ojos, era guapa y con un cuerpo bonito, nada espectacular, además, debía estar sana para entrar en la subasta, y si la impresionaba con la cena, tendría postre.

La idea les convenció a todos y aceptaron la nueva puja. Malena estaba segura de que con aquellos cinco acabaría en una hamburguesería, un chino o una pizzería. Y luego querrían lío en el coche. Era lo de siempre.

—¿Quieres elegir ya, Malena?—. La decepción en el rostro del presentador y en el de la candidata era absoluta.

—No, me retiro, me dijeron que se podía.

—Claro que sí. Sentimos mucho que no hayas encontrado lo que buscabas, pero no te desanimes, lo volveremos a intentar más adelante. Ésa es tu salida—. Le señalaba una puerta roja con un cartel enorme que ponía: PENDIENTE.

—Señores, se pueden retirar ustedes también, y continuaremos con la subasta.

El tercer grupo entró en la sala, era el menos numeroso, apenas diez mujeres de diferentes edades. Manuel las observaba desde un rincón del escenario, era su turno.

—El tercer candidato de la noche puede salir a escena. Aplaudan, chicas, aplaudan. Éste es Manuel. 45 años, moreno, ojos oscuros, 1.80, 85 kilos, complexión fuerte. Fue jugador de rugby en la universidad, es director de marketing para Europa de una empresa de alta tecnología, bohemio de corazón y está casado y tiene un hijo. Busca sexo ocasional con una mujer entre los 25 y los 35, elegante y educada, con cerebro de físico cuántico y muy liberal en el terreno sexual. Ya pueden empezar la puja.

Un minuto de silencio y los números empezaron a levantarse, el tres, el seis, el diez y el dos.

Él sonreía, sueño hecho realidad, aunque no buscaba una lerda dándose aires de intelectual, eso lo encontraba en cualquier parte.

—Manuel, ¿Quieres elegir ya o mejor hacemos que suban la puja?

—Que la suban.

—Bueno chicas, ¿qué ofrecéis a nuestro tercer candidato? Ya sabéis lo que quiere.

La número dos sonrió y gritó:

—El mejor sexo de su vida—. Siempre eran muy exigentes, pero ella sabía que al final una mamada increíble haría que la llevara a pasar unos días a un hotel de lujo, como hizo el director de ventas de la semana pasada.

La tres le miró y en voz pausada dijo:

—Invitarle a un concierto de Stravinski—. Le preocupaba haberlo dicho bien, no entendía por qué los hombres eran tan complicados, la hacían estudiar para nada, luego ninguno quería hablar. Con un poco de suerte le pagaba el curso de marketing y lo mismo la colocaba en su empresa, por lo de tenerla a mano.

—Ir a ver una película de cine experimental—agregó la seis. Su amiga Marta le había dicho que había un ciclo de porno experimental en El Bulevard, le encantaría, tenía cara de pervertido.

—Ir a ver una obra de teatro, Hamlet, que es mi favorita, ese escritor es muy bueno—ofertó la diez. La última vez que Javier, su hermano, la llevó a verla se durmió, pero la ponían en el Teatro Clásico y ya la conocía, así que si a él le daba por tener una charla intelectual, no quedaría como una idiota. Sólo esperaba que tuviera coche, porque la mayoría, mucho presumir y aparecían en tren, tocaba callejón, portal o cajero automático y sola a casa.

Manuel analizaba una por una a las chicas. La dos era demasiado vulgar, unas líneas bien definidas y una boca que prometía, pero no era su estilo. La tres no le terminaba de convencer, muy bajita, bien hecha, aunque esas caídas de ojos…, debía ser de las que se enamoran. Otra loca no, ya había tenido bastantes. La seis le había gustado desde el principio, una pelirroja interesante, altura adecuada, proporciones sobresalientes, unos amortiguadores de infarto, la tía tenía un polvazo. Y la diez era una rata asustada, se daba un aire a la tres.

—Manuel, ¿Quieres elegir ya?

—Sí.

—¿Y cuál es la afortunada?

—La seis.

—Muy bien, por favor que la número seis suba al escenario, ¿Cuál es su nombre?

—Eloísa.

—Por las características del candidato en esta ocasión no haremos foto. Eloísa y Manuel pueden dirigirse a la zona de primer contacto. Aquí termina la subasta. Nos vemos la semana que viene y espero que encuentren lo que buscan, todo es cuestión de paciencia.

La sala se vació en un momento y mientras apagaban las luces, en la zona de primer contacto, Eloisa, inclinada sobre el sofá, mostraba a Manuel sus profundos conocimientos de física cuántica y él manifestaba, con gruñidos entrecortados, su admiración por sus exquisitos modales.

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