En rojo: «Éxodo»

Harry Rainmaker

Mujer sensual

«Al llegar a la orilla opuesta,

experimentamos un pequeño regocijo.»

Norah Lange –Cuadernos de la Infancia

Es curiosa la forma en que, de manera recurrente, la gente quiere hacer en las dos últimas semanas del año todo lo que no hizo en las cincuenta previas. Cómo si el cambio de año no fuera sino otra de las tantas convenciones externas que aceptamos sin chistar. El caso es que una de aquellas impostergables tareas que había que terminar antes del cierre del balance, nos tuvo trabajando hasta las tantas. Cuando finalmente quedé satisfecho con el resultado, despedí a todo el grupo salvo a mi analista senior. En tanto yo imprimía, ella acomodaba los distintos juegos de copias. No hacía mucho que trabajábamos juntos, me la había recomendado un amigo y la verdad, fue un verdadero hallazgo: tenía una lucidez casi sobrenatural, entregada al trabajo como pocos, con maneras propias de una princesa en el exilio y sobre todo, con una belleza que envenenaba el aire. Claro, en ocasión de entrevistarla, lo primero que me avisó fue que vivía en pareja hacía no sé cuanto («con un estúpido a más no poder», pensé en el acto). Después supe que además de estúpido era un insensato pues prácticamente la ignoraba y sus habituales rabietas y borracheras excluían todo contacto salvo el desahogo semanal de los sábados. Sin embargo, María le era absolutamente fiel y la estricta distancia profesional con que nos trataba a todos era suficiente para sofrenar el más mínimo atisbo de galanteo. Ni qué decir de cualquier otra intención más aviesa. Y por cierto que no era tarea fácil, lo estrecho de su cintura, la rotundidad de sus caderas y el monumento de sus pechos, sumado a un rostro de camafeo; componían un cuadro como para devolver la vista a un ciego u otorgar el don de lenguas a los mudos. Y si sonreía, no quedaba amparo posible: era un ángel… tan pero tan diferente a quien me aguardaba cada noche en casa. Creo que sin darme cuenta, me había enamorado cual adolescente. De cualquier modo, la premisa invariable era eludir a marcha forzada cualquier distracción al orden establecido.

–Por fin el último juego – suspiró liberada– mirá la hora que es, con razón estoy muerta de hambre.

–Vámonos juntos –me escuché murmurar– digo, a comer algo para festejar que terminamos –corregí sobre la marcha.

Así fue como la medianoche nos sorprendió en una tasca de San Telmo. El cielo estrellado, la abundante cerveza y el alivio por el deber cumplido, se confabularon para que se fuera allanando la poca distancia que aún quedaba. O quizás simplemente había llegado la hora de renunciar a ser un mero espectador, ocasional transeúnte de un cosmos indiferente a toda intencionalidad o destino. Poco a poco, escuchándola añorar sus “años salvajes” (esa fue la forma en la que los definió) y luego asistiendo a la enumeración de amantes y otros vínculos bizarros que supo frecuentar en el pasado, di en sospechar que no siempre fue una impasible mannequin enfundada en trajecitos de alta costura. La insistencia de una vendedora de jazmines me dio la excusa para regalarle un ramito cuya fragancia terminó de embriagarme. Hay momentos donde uno tiene plena conciencia de lo que le está sucediendo. A su lado me sentía intensamente vivo. Yo ambicionaba estrechar su talle. Moría por verla sonreír con mis chistes tontos. Imaginaba su aliento contra mis labios. Ansiaba que musitara mi nombre por madrugada. Sabía que estaba dispuesto a todo por despertar cada mañana con su rostro a mi lado. Yo quería vivir el resto de mis días con ella.

El recuerdo de mi malogrado hogar, mi mujer y el estúpido en el hogar de ella, fue un derechazo al hígado que me dejó sin aire y me trajo de regreso a la realidad de un universo cruel, sin sentido aparente.

–Se te pusieron los ojos tristes – me lanzó sin malicia.

Maldiciendo su perspicacia, quise salir del atasco desviando la atención y le pregunté si tenía alguna canción cuya frase fuera un lema o un mantra. Es claro que me estaba auto-infringiendo una innecesaria mortificación pero también, una piadosa salida para el laberinto existencial en el que me encontraba. Era imposible que coincidiéramos. Porque desde no hacía mucho, una estrofa me conmovía hasta las lágrimas y, como ella jamás podría acertarle, bien podía llevarla hasta su casa, donde el estúpido, y regresar a la mía, donde mi esposa; con la serena certeza de haber atendido al siempre oscuro pero fatal disfavor de los dioses que rigen las canciones favoritas.

-“Lo que yo quiero, muchacho de ojos tristes, es que te mueras por mí” –recitó, mirándome tan intensamente que mis ojos deben haber mutado al azul de ella.

¿Cuántos idiomas hay en el mundo? ¿Cuántas canciones? ¿Cuántas que yo supiera? ¿Cuántas que sepamos ambos? ¿Cuántas de Sabina? ¿Cuántas que dijeran aquello que yo esperaba? En un instante, como si me cayera sobre la cabeza una centella, comprendí la zancadilla que me había propinado. Mi natural aplomo, mi reconocida capacidad para pilotear la más furibunda tormenta, mi celebrada sangre fría, me abandonaron sin misericordia y por más que ataqué el resto de mi cerveza, no conseguí quitarme la sequedad en la boca.

-“Lo que yo quiero, corazón cobarde, es que te mueras por mí” –lo volvió a repetir, tomando el control de la situación. – Por eso he regresado a mi piso de soltera hace dos meses. Me cansé de ser un objeto decorativo que convenía a la escenografía, algo digno de exhibir como trofeo ante parientes y relaciones, la fastidiosa a quien se debe fornicar por obligación cada muerte de obispo. No lo he dicho en la oficina porque, bueno, no es algo que me agrade andar comentando.

Viendo que las camareras empezaban a juntar las mesas dijo casi como al pasar: –En mi casa vamos a estar mejor. No lo preguntó, con toda naturalidad lo dio por sentado.

Pagué a las apuradas y nos subimos a un taxi. Durante todo el trayecto no dijimos nada. Ella se recostó contra mi hombro. Yo miraba por la ventana a los porteros lavar las veredas y me dejaba acunar por el aroma de su cabello. Agradecí que su departamento no quedara lejos, porque a punto estuve de huir. Cuando cruzamos el portal, supe que no había vuelta atrás. En el ascensor nos besamos, un poco con torpeza, otro poco con desesperación.

Hubo un suspiro al separarnos para entrar. Luego todo se precipitó. Al principio fui torpe, o casi. Sin embargo, el correr de mis manos por su espalda operó como un encantamiento. Imperativamente, necesité sentir esa piel bajo mis dedos y como en silenciosa respuesta, ella inclinó el cuello, se recogió el cabello y dejó que se deslizara apenas la bretelle de su vestido de marca. Fue como descubrir un retazo de luna. Con una pericia desconocida, mis dedos se hicieron pájaros surcando el cielo de su cuerpo y me dejé embriagar por el mar de jazmines que exhalaba su piel.

No estaba muy seguro de si debía proseguir pero un ronroneo apenas audible y el delicioso erizo en que se había convertido ella, me persuadió a continuar despejando la escarcha que todavía nos separaba. Ella comenzó a morderse el labio inferior y me atrajo aún más contra sí. Yo sentí que un fuego nuevo me consumía.

Al comprobar lo notorio que había puesto creo que dijo: –¡Ay chiquito cómo estás! Y me empujó sin dejar de besarme hasta una especie de puff o algo así. Se sentó en el asiento con cara de viciosa y en mi total inadvertencia me bajó la cremallera. La atolondrada aparición terminó por alterarla y se la tragó en un solo bocado, sin siquiera tocarla con las manos, como una verdadera experta. Me tomó por las caderas para que fuera todo el tramo que su boca consintiera. Quería hacerme saber que, al menos por esa alborada, era totalmente mía. Sin dejar de chupar, se quitó la blusita para que consiguiera ver qué duros tenía ya los pezones. Semejante visión me provocó un estremecimiento, pero para mí mal, no me dejó ni palparlos. María estaba en trance, como si una mujer totalmente distinta a la de hasta hace media hora se hubiera apoderado de su cuerpo. Era la vívida promesa de que las cosas podían ser de otra forma.

–Te tengo una sorpresita– me dijo de repente y dejándome con toda la arboladura vibrando como si la mar estuviera embravecida, se enderezó, me sentó en su lugar y adelantándose un par de pasos para que no pudiera alcanzarla, se bajó la falda muy lentamente, doblándose por la mitad para darme la perspectiva suficiente que me permitiera admirar la tanga infernal que se le metía en el culo. Asomó divertida la cabeza por el costado, disfrutando de tenerme en su poder y con un paso casi de ballet, sacó los pies de la falda con tanta gracia y sensualidad, que por poco no me hizo acabar ahí mismo. Disfrutando del efecto devastador que me causaba, me arrastró a la habitación tirando del mástil cual experta amazona guiando a su corcel.

Se arrodilló en la cama y en cuatro patas me ordenó: –Te quiero ahora adentro mío. Recuperando ciertas mañas de viejo filibustero, hice un gancho con el dedo meñique para desplazar la fina tirita de tela que ya estaba empapada y la embestí con tanta fuerza que nos fuimos de bruces contra el colchón. Empecé a cabalgarla con los pantalones puestos y para penetrarla mejor, para que me sintiera más profundo, me adelanté un poquito, mis brazos apoyados a la altura de su cabeza. Ella quebró bien la cadera para recibirme en plenitud y se tomó de mis bíceps como si fueran un columpio. Era evidente que no íbamos a durar mucho y empezó a sentir que se formaba en el fondo de su vientre un imperativo orgasmo. Por la violencia de sus temblores, comprendí que se despeñaba por un cielo de gloria y en ese momento la arremetí a fondo, pero en el instante supremo, cuando me clavó los dedos en los brazos, me quedé quieto para que pudiera aprisionarme dentro suyo, para que ese pulso primordial que abrigaba se transmitiera amplificado a todo mi cuerpo.

La vi descender azorada por la intensidad del gozo y con un mudo interrogante sobre qué podía aguardarla tras semejante jugada inaugural. La sola idea de averiguarlo volvió a abrasarla y rodamos otra vez por la cama. Me quité la ropa y ella su escandalosa braguita. Al reparar en el tamaño de mi erección, se desesperó por devolverme el placer y quiso almorzarme sin más, pero aunque la idea de llenarle su boca me provocaba mucho, pensé que era mejor dejarlo para más tarde. Era todo tan bueno que quería durar un poco más.

En tanto fingíamos discutir que sí o que no, me dio un respiro mientras se pellizcaba los pezones. Pronto sentí urgencia por comprobar el sabor de esos diamantes increíbles. Me alentó a morderlos hasta alcanzar esa tierra de nadie que delimita al placer del dolor. Mi temor de hacerle daño se disipó al comprobar cómo se le erizaba la piel, gruñendo por una nueva oleada de bienestar. Cuando me pareció que estaba más que satisfecha, me dediqué a trazar con mi lengua un camino por su vientre, con la morosidad de un caracol errante. El aroma a mujer encendida me atrajo como un canto de sirenas, pero sin embargo, quise eludir la vía rápida. En estos lances, nunca me gustaron los atajos. De modo que me demoré jugando con mi lengua, tomándome el tiempo para verla retorcerse de deseo. Con desesperación y a fin de acortar el desvío, ella misma se abrió los labios para que me sacie en esa pulpa rebosante de néctar.

Quizás soplé o simplemente le regalé mi aliento o puede que me haya entretenido con algunos dedos o la punta de la lengua, los detalles se me escapan, lo que sí evoco es que la senda se fue abriendo, cada vez más franca. Imperceptiblemente y con mucha delicadeza, se las ingenió para guiar mis dedos hacia el ojo del culo y tomé nota de cuánto le gustaba sentirse penetrada doblemente, con mi lengua por delante y mis dedos por atrás. A pesar de todo, todavía ni siquiera me había encargado de la perla que atesoraba en el confín de sus entrañas. Pronto la rodeé con un dedo para que se acostumbre al contacto, rozándola hasta que se le volvió imposible de soportar, al punto que me rogó, y fue recién en aquel momento, me puse a beber de su vientre cual mariposa sedienta. Con desesperación me entregó su carne para que la explore, para que la penetre. Recobró la fe perdida porque otro orgasmo, más recóndito aún, se armó desde lejos como un tsunami que va arrasando todo. La sentí tensarse y la delicia de sus jugos comenzó a bañar mi lengua, mis labios, mi cara, mis dedos; al tiempo que los repetidos espasmos de su culo aprisionaban mis dedos allí guardados.

Respirando con esfuerzo, logró incorporarse y haciéndome yacer cuan largo soy, me montó de un solo golpe, mirándome todo el tiempo para que pudiera ver en sus ojos el efecto que le causaba sentirse finalmente traspasada. Empezó a cabalgarme, afirmada contra mis pectorales, los ojos cerrados. El movimiento de sus caderas se tornó inexorable y a pesar de que quise salirme para no precipitarme, no me dejó y redoblando la presión de su pelvis, aceleró, aceleró y aceleró… Un radiante fulgor iluminó toda su piel, dejó caer la cabeza para atrás y gritamos los dos, tanto que los vecinos deben haber creído que se cometía un crimen. Y ese grito ofició de liberación de todas las cadenas pretéritas. Recobrando el aliento, se arrebujó contra mí, apretó su cabeza en mi pecho y musitó algo sobre cómo latía mi corazón.

Entonces sin saber lo que decía, le declaré que ese alocado retumbar no se debía únicamente al último esfuerzo sino que palpitaba así desde el mismo momento en que ella entró en mi oficina, con su sonrisa y un currículo en la mano y que no me había dado cuenta hasta esa noche de cuán anestesiado iba por la vida. Le confesé que no podía recordar cuándo me desorienté en la niebla de la sinrazón, cuándo me había convertido en un cínico, pero que reconocía haber malgastado mi existencia en historias inútiles y aburridas. Me iluminé con deleite al admitir que sus labios de manzana habían descalabrado la sentenciosa pompa de mi museo de cera. Y mientras le acariciaba el pelo, le dije que nunca fue más feliz un éxodo desde las premisas a las promesas. Si hasta la palabra suena distinta en mi voz. Éxodo desde el yermo de mi soledad hasta la tierra prometida de su alma. Eso es. Éxodo.

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