En rojo: “Apuntes de domingo”

Harry Rainmaker

Mujer

Dormía luego de una más que extenuante sesión de placer cuando algo que no pude precisar me devolvió a un estado de semi-inconsciencia. Al principio pensé que se trataba del zumbido del acondicionador de aire. Después imaginé que era el débil rayo de sol que, colándose a través de la cortina, anunciaba el comienzo de un feliz domingo. Mientras trataba de acomodar mi mente anestesiada a las sensaciones que mis sentidos iban recuperando con morosidad, no me extrañó constatar que tras semejante despliegue horizontal me encontrara desnudo. Menos me extrañó descubrir que ella aún siguiera allí.

Ella, claro, la causante de mi estado de beatitud. Ella, claro, la que inconsultamente me había despertado al inclinarse golosa sobre mi sexo exhausto.

Un poco por cansancio y otro poco, por ganas de jugar, decidí que convenía fingir que aún dormía y ver qué estaba por hacer. La imagen que me devolvían mis ojos entornados no dejaba mucho a la fantasía y la progresiva percepción de su aliento contra piel tan delicada confirmaba el vaticinio.

Estaba agazapa como un felino listo para atacar, tomando nota de la viril forma sobre la que tenía clavada una mirada hambrienta. Como musitando alguna oración o encantamiento, se acercó aún más y de un solo gesto se metió mi miembro flácido en la boca.

Yo sabía cuánto disfrutaba de esa sensación de poder sin límites al sentir crecer entre sus labios mi porción de carne. Lo succionó al compás, buscando darle consistencia. La falta de respuesta inmediata la fastidió e incorporándose un poco, lo tomó entre sus dedos, sacudiéndolo hacia los costados como un títere roto. Con una sonrisa diabólica festejó los primeros efectos que su experto hacer me causaba. No se le escapaba que estaba yendo por los últimos arrestos de hombría que me quedaban, así que con absoluta malignidad empezó a chuparme de forma alocada. Sin recato, sin mesura, sin contemplaciones.

Sólo puedo describir que entre mis piernas se desarrollaba la más pura, directa y precisa acción que algún manual de la buena felación debiera recomendar como exitosa.

No sé que le causaba mayor regocijo: si el mimo que me daba o el saberse poseedora de un arte mayor. Tuve que concluir que sin dudas alguna se trataba de la segunda opción porque como consumada artista reclamó la atención de su público, al obligarme con un par de mordiscos a terminar con mi fingido sopor. Quería que viera lo que estaba por venir.

Fijó su mirada en la mía. Con estudiado gesto, se recogió los cabellos detrás de su nuca para que nada entorpeciera mi percepción. Siguió mirándome con intensidad asesina y se tragó una primera ración. Dejó que me acostumbrara a la caricia acomodando su boca a ese potro desbocado que intentaba domar. No existen palabras para describir la forma en la que su lengua se sació con mi glande, en especial su parte inferior, masajeando el frenillo y sus adyacencias. Ya me tenía en su poder. Y quería más, así que se engulló una segunda parte, llevando ahora el errático deambular de su lengua a niveles aún más profundos. Con una mano me masturbaba en la base de mi vara de mimbre y con la otra torneaba la forma de mis testículos. Yo sabía lo que venía ahora: su celebrado número de circo, tragándose toda mi polla hasta la garganta para luego hacer esos movimientos ondulantes con la lengua, como si fueran los espasmos del vientre femenino al alcanzar el orgasmo.

Si nunca había abandonado mis ojos, me buscó con mayor intensidad aún, como queriendo constatar que apreciaba todo su buen hacer, que era entrega, que era amor, pero que también era un acto de posesión desmedida.

Para postergar la inminencia del fin, tomó uno de sus pechos y comenzó a frotarme el pezón intentando introducirlo dentro de las hinchadas comisuras de mi abertura seminal. Con displicencia sonrió satisfecha al constatar el brillante trazo que los primeros esbozos de mi virilidad dejaron en su carne mórbida.

– No me duras ni un round – musitó victoriosa.

Asentí en silencio, apremiándola con la mirada a terminar lo que había empezado. Se dio un festín. Fue cruel. Fue precisa. Fue minuciosa. No me dio cuartel. Ni tuvo misericordia. El incontrolable temblor de mis caderas la alertó de mi advenimiento, por lo que, con maldad, urgió el masaje de mis testículos y buscó la mejor posición, como quien mira a la cámara, para que no me perdiera detalle de la forma en la que iba a coronar su increíble faena.

Y sin más trámite, hizo que me corriera. A los gritos, haciendo que me derrame en la profundidad de su garganta, aprisionado en su boca impiadosa. Aunque nunca derrocha ni una gota, se yergue y deja que sus dedos recorran sus labios, sólo porque sabe que es un gesto que me enloquece.

Es un fenómeno de chica.

Se incorpora y con la sábana que graciosamente recoge del piso improvisa una especie de toga romana y se va triunfal a prepararme el desayuno. Abro la ducha al tiempo que la escucho tararear desde abajo. La habitación se inunda de aromas a pan tostado y café recién hecho.

Mientras me recupero bajo el agua tibia, pienso que si como dicen por ahí, una mujer es el síntoma de un hombre, esta chiquilla es mi mejor síntoma. O en todo caso mi mejor expresión. Porque su modo de ser no consiente el más mínimo reproche (que no es más que una retorcida forma de castigar al otro por lo que es uno mismo). Debiera anotar estas profundas reflexiones bajo la regadera, porque después me olvido.

No le falta nada.

A una exuberante personalidad hay que agregarle unas más que generosas formas y un rostro digno de las mejores revistas del ambiente. ¡Y vaya que siempre está dispuesta para lo que le pidas! Y si no le pides, te lo ofrece. Y cuando te lo ofrece, lo hace sin límites. Es un fenómeno de chica.

Lástima que sea mi secretaria.

Lástima, que por eso mismo, deba despedirla mañana lunes. Habré de apuntar también, cambiar las normas corporativas.

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