El agujero

Estefanía Farias Martínez

Mina

En verano, todos los sábados, desde hacía diez años, Gregorio, ¨el canalla¨, se daba un paseo hasta la laguna por la mañana temprano; ya jubilado había conseguido un trabajillo bajo cuerda, los turistas le daban una propina por sus historias; allí arriba había poco que ver, sólo las instalaciones de la mina, derruidas y oxidadas, era un almacén de chatarra, lo que habían dejado los buitres. Sin embargo, la gente sentía curiosidad por el agujero que alguna vez fue. Aquel día se despertó charlatán, quería hacer cambios en el repertorio, amenizar la visita, un poco de sentido del humor les vendría bien. A lo mejor así la próxima vez venían más.

Él vivía más allá del paso a nivel de la vía que ya no se usaba; los trenes, que se llevaban el mineral y hacían que le temblara la casa, ya no rugían, pero la barrera seguía allí, había que dar la vuelta para cruzar y entrar al poblado. La calle principal era amplia y las casas, aunque vacías, le traían muchos recuerdos, ahora eran blancas, sucias por estar abandonadas, no era lo mismo. En su buena época todo estaba teñido de rojo, cuando se levantaba el viento el polvo de hierro se masticaba, se metía en los pulmones y se asentaba en los coches, las paredes, el agua, los animales y hasta las personas. Las posadas de Encarna y Torcuata, una frente a la otra, eran donde empezaba y terminaba la jornada: el carajillo y la última caña. La casa de dirección, celosamente cuidada por Lola, era el alojamiento para las visitas de alto rango, directores generales que venían de París; la maestría en la cocina de aquella mujer se compensaba con su francés elemental y sus dotes naturales para la diplomacia. A continuación, la del director, él conoció a tres desde que empezó a trabajar allí hasta que la cerraron. El primero fue D. Eusebio, ¨el obispo¨, acérrimo participante en los cursillos de cristiandad; algunos decían que por una cuestión moral había enviado a la guardia civil a levantar acta del adulterio entre Jerome y la mujer del topógrafo, una suiza demasiado liberal para el pueblo, les pillaron in fraganti en el molino que usaban de picadero; otros creían que fue la excusa perfecta para que D. Eusebio se deshiciera de los dos, del francés y del topógrafo, se la debía tener guardada y se agarró a lo primero que pilló; terminó por dejar el puesto a causa de una depresión, era lo habitual en la zona, los fuertes vientos volvían loco a más de uno, supo de algunos que se ahorcaron, pero éste se fue a vivir a una ciudad costera. El segundo, D. Felipe, era todo lo contrario, un bebedor social con habilidades de negociante muy superiores a la media, capaz de tumbar los contratistas y conseguir lo que quería a precios inmejorables; también era un experto en evitarse problemas con los políticos locales a costa de lo que fuera: básicamente la cabeza de alguien. El caso más escandaloso fue el del secuestro del jefe de producción: el ingeniero, que venía del norte y no sabía como funcionaban las cosas por allí, descubrió los trapicheos de ¨el bestia¨ y quiso denunciarlo; como ése mucho cerebro no tenía, no se le ocurrió nada mejor para salir del lío que llevárselo a su casa a punta de pistola y mantenerlo retenido unas horas, quería que le entregara las pruebas en su contra, aunque el otro fue más listo y le convenció de que lo que él buscaba estaba en la oficina del director; acabaron allí encerrados los tres, y en un acto valentía sin precedentes, D. Felipe le arrebató el arma, que desapareció sin dejar rastro; no hubo denuncia de la empresa a la guardia civil, en el fondo ¨el bestia¨ era el alcalde del pueblo que había junto al poblado, pero sí le echaron y le desterraron, luego volvió, mucho después, y al ingeniero le castigaron por meter a la empresa en problemas, y hasta se tuvo que ir de vacaciones un tiempo para que no le pegaran un tiro los de la camarilla de ¨el bestia¨. Cuando D. Felipe murió, más de uno fue al entierro para asegurarse. Del tercero no se acordaba ni del nombre, duró un par de años, era invisible. La casa del médico estaba al final de la calle; un día le contó que la primera sorpresa que se llevó, nada más llegar al pueblo, fue encontrarse a un monaguillo dando golpes en la puerta, un domingo, un poco más tarde de las nueve, venía a buscarle, el cura estaba de los nervios porque al no aparecer el médico no podían empezar, tenía reservado un lugar junto a las autoridades, y el crío no hacía más que meterle prisa; con lo ateo y lo golfo que era D. Agustín, tuvo que asistir a misa religiosamente todos los domingos hasta que se jubiló, porque el cura era muy cabezón y sólo admitía ausencias por enfermedad.

Gregorio ya estaba llegando a la laguna cuando vio el autobús parado y no más de diez personas esperándole, aceleró el paso y saludó al conductor, otro minero reciclado, un nostálgico de su Dumper.

—Canalla, por fin llegah tío, qu´éhtoh ya´htan jartoh de mirá pá la laguna, leh e paseao por loh yerroh, pero manchan y se quejan, jajajaja.

—Uno que va pá viejo, hinke.

Los visitantes del día les miraban impacientes, querían un poco de tragedia.

—¿Empezamoh el chou, hinke? ¿Ónde arranco? ¿El ovni te vale?

—Claro, ese leh guhta.

—Mú bien.

¨El canalla¨ estiró el cuello, impostó la voz y empezó a hablar intentando imitar a un profesor de colegio:

—Uhtedeh saben que ehta laguna era anteh la mina, el abujero tenía trecientoh metroh de profundidá, en invienno s´acía de noche a lah cinco, mi tunno terminaba como a lah once. Un día, ehtábamos éhte y yo, tomándonoh una tirilla tocino en la subía pa´l vacie, cuando vimoh lah luceh de coloreh, intermitenteh, y algo que no sabíamoh lo qu´era se metía pa´l abujero, entraba y salía y toh acojonaoh claro. Pero llegó uno de loh ingenieroh y como toh loh mineroh se quearon como nohotroh empezó a gritá qu´era un avión. La madre que lo parió, qué mal rato pá ná, el cabrón lo sabía porque era el ermano que venía a fardá, el tío era piloto del ejército. Como seguía sin verse ni un pijo, no le terminamoh de creé ahta c´al día siguiente el gracioso repitió la maniobra po la mañana, pá mí que el ermano le pidió que lo iciera porque loh rumoreh del ovni ya abían rodao por toa la comarca. Loh ubo mú brutoh, siguieron pensando que lo era, y como en el poblao son toh unoh animaleh no abía manera de convencelleh.

—Muy graciosa, canalla, ¿por qué le llaman canalla?

—Se lo puso el padre y lo ereó toa la familia, a la iha la llaman ¨la canallilla¨ y se casó con ¨el tomate¨ eh pá velloh.

—El yenno no me salió torcío, la niña tá contenta.

—Bueno sr. Canalla, ¿no nos puede contar algo con más sustancia?

—Mira éhtoh, que parecen avihpah, siempre quieren sangre, eso lo dejo pa´l finá, aora le voy a contá la de loh zombih.

—¿Zombis?

—Si, fue muy divertío, ¿a que sí hinke?

—Pá partirse el culo.

—¿Qué pasó?

—Pué ná, que la balsa se dehbordó.

—La balsa de lo-doh.

—Eso, el caso eh que se dehbordó y se llevó por delante el cementerio, lo arrastró tó, al día siguiente el pueblo ehtaba inundao, echo un desahtre y con los cadávereh flotando, máh bien eran cachoh de muerto, no loh abia frehcoh, menoh má, si no… aquello ubiera sío peó. Naide lo quería limpiá, tuvieron que vení loh monjeh esoh que cuidan de loh cementerioh, loh trajeron de varioh puebloh porque la gente eh mú superticiosa y daba mal fario tocalloh.

—¿Y en la mina no hubo muertos?

—Te lo e dicho éhtoh quieren sangre. Sí que loh ubo, unoh cuantoh. Como ¨el viri¨, que lo machacó una piedra de veinte kiloh, trabajaba en la milochenta y le cayó dehde superficie, lo dejó echo mihtoh. Pero lo divertío eh que cuando llegaron D. Felipe y ¨el oso¨, el tío de jefatura, pá comprobá cómo abía sío el acidente, ehtuvieron una ora tirando piedrah al punto esacto onde ehtaba el cahco aplahtao de ¨el viri¨, y ni una cayó allí, toah se dehviaban, asín que llegaron a la conclusión de que el pobre era un dehgraciao y el sitio no era peligroso. Ahta pá ehpichalla era jodío. También fue gordo lo del Paco, se queó atrapao en el Panzer, bajó a limpiá un atahco y el que ehtaba con él en la máquina no lo vio y la encendió, una tragedia, ubo que recogello con pala pá metello en la caja.

—¿Y uno más espectacular? El agujero tragándose a la gente o algo así.

—Joé con loh turihtah, poh no son delicaoh ni ná. Pué eso, en ehta mina, no pasó, pero porque tuvimoh suerte no por otra cosa, noh salvamoh de muchah ¿verdá, hinke? Eh que ¨el behtia¨ acía cá burrá, ¿t´acuerdah de cuando se dehmoronó la paré encima´l rohbel? porque ehtabamoh desayunando, toh juntoh, que si no… dieh muertoh mínimo. Eh que el tío vio que la tierra s´abría, el minerá salía pá fuera, to limpito, sin esfuerzo, y l´entró l´avaricia, venga a sacá minerá, un grupo y otro, llenando camioneh, y asín unoh díah, ahta que una mañana, cuando no abía naide, toa la paré se vino abajo, el rohbel, dehtrozao, el ingeniero, cabreao, ¨el behtia¨, desaparecío, y nohotroh rezándole a la virgen pá que se portara asín la siguiente veh. Ahora, sí que estuvo a punto de tragarse el abujero a alguien, al ingeniero, lo ibamoh a tirá con coche y tó, eh que ehtábamos de uerga y el tío quería pasá, unoh exaltaoh l´amenazaban aunque como era máh chulo que naide pasó. Porque noh caía bien, que si llega a ser el Felipe va directo pa´l fondo, pero ése era mú cobarde y cuando abía uerga no asomaba, mandaba al otro. Lo mejó fue cuando tuvimoh al abogao de la compañía encerrao en la casa direción, otro valiente, también llamó al mihmo ingeniero pá que le consiguiera provisioneh, se creía el tío que iba a quearse una semana allí metío, ya era la época mala y abía rumoreh de que tó se iba pá la mierda y si llega a sacá la cabeza se la cortamoh.  

—Bueno, ya eh la ora que me tengo que i a comé, me ehpera la parienta que oy toca paella en el cortijo con loh niñoh, eh que vienen loh nietoh y si llego tarde me mata. Toh pá l´autobú. Muchah graciah, canalla, noh vemoh el sábado que viene. Vohotroh, pagalle a éhte, asín me invita a la caña, eh agarrao el cabrón.

—Nunca te queah ni un rato, como aora te ah ío pá bajo.

—Lo que no sé eh que aceh tú aquí toavía.

—Nohtálgico que eh uno.

Gregorio vio al autobús irse y volvió a casa despacio, tenía que cambiar el repertorio otra vez, los muertos que había incluido no eran lo bastante impactantes; siempre podía preguntar a su primo, ¨el payares¨, él había trabajado en Murcia mucho tiempo y allí sí que hubo accidentes gordos. El agujero había sido demasiado bueno con ellos y eso era malo para el negocio.

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