La limusina

Estefanía Farias Martínez

tren

La oficina de LOS MARTÍNEZ estaba en una calle pequeña, en curva, cerca del campus de ciencias. Los autobuses que venían de las cocheras hacían en aquel lugar su única parada antes de llegar a la estación. La compañía tenía la exclusiva de los servicios a los pueblos pequeños del norte de la provincia, y estaba en guerra continua con los taxis colectivos: los conductores aparcaban en los callejones cercanos y reclutaban sus pasajeros entre los clientes habituales o los paisanos.

Fabián era nuevo en el oficio y aunque al principio desconocía los códigos por los que había de regirse, tenía instinto y aprendió rápido. Al cerrar la mina lo pasó muy mal durante un tiempo, ni siquiera le dieron una indemnización y le quedaron sueldos a deber. Un mecánico de más de 45, por mucha experiencia que tuviera, no conseguía trabajo tan fácil y las facturas se acumulaban. Uno de los taxistas era tío suyo y le propuso que entrara en el gremio. Consiguió la licencia y convirtió en un taxi de ocho plazas el mercedes blanco que había heredado de su padre. ¨Tenemos una limusina¨, le decía a su mujer, y ella sonreía porque por mucho que lo intentara no le recordaba para nada a las de las películas, era el mismo trasto de siempre, estirado. La parada estaba delante de la puerta del banco más antiguo y frente al mercado de abastos: una localización perfecta para interrumpir el paso de viajeros hacia la estación de autobuses. Era el pueblo más grande de la zona, sin embargo, los únicos trayectos que hacían aquellos taxis eran a la ciudad. Algunos pasajeros convenían el retorno con el conductor y pagaban por adelantado el pasaje doble, pero ésos eran escasos; normalmente practicaban la cacería indiscriminada para llenar el coche y rentabilizar la vuelta; lo importante era abordar a los individuos correctos, tener buena memoria para recordar caras y nombres facilitaba la captación de clientes; localizar una ballena blanca era primordial, aunque no siempre se tenía esa suerte. Por eso, cuando veía a la ferretera, los miércoles, al mediodía generalmente, siempre a la misma altura de la calle Concepción, cargada de bolsas y andando con dificultad, volviendo de sus compras en El Corte Inglés, se acercaba a ella solícito. La buena mujer era un poco cegata y con memoria episódica, pero una auténtica ballena. Cada miércoles, la misma conversación.

—Señora Paca, ¿Quiere que la ayude? Tengo el taxi aquí a la vuelta, le va a costar lo mismo que el autobús y seguro que va a ir más cómoda, soy el sobrino de Filo, el que trabajaba en la mina, ¿no se acuerda de mí?

—Claro que sí, tu tía venía mucho por la ferretería, ¿cómo está?—respondía ella enseguida.

—Se fue hace dos años—. A continuación, el gesto de consternación de la señora Paca.

—Lo siento de verdad—le decía cogiéndole de la mano.

—No se preocupe, no pasa nada, es normal. Ella se acordaba con mucho cariño de usted y de sus hermanas—. Fabián le ponía la mano en el hombro, consolándola por sus ausencias, y una lágrima de agradecimiento se escapaba de los ojos de la anciana.

Su mirada se volvía confusa en un instante, como si hubiera perdido el hilo de lo que estaban hablando, le daba las bolsas y le acompañaba hasta el callejón; le contaba cosas de sus hijos, de sus nietos; y en el trayecto hasta el coche solía crearse un grupito, atraídos por ella, les saludaba y ellos se acercaban, les explicaba que prefería el taxi al autobús, era más cómodo, y sin darse cuenta tenía sus pasajeros en unos minutos, era una publicista fabulosa.

Su mujer le reñía cuando le contaba sus encuentros con la señora Paca.

—¿Por qué dejas que esa pobre mujer crea que tu tía Filo ha muerto?, si vive en la playa con su hija.

—Sé que está mal, pero ella no me entendió el primer día y ahora no puedo cambiar la historia. Además, su cargo de conciencia por no haberse enterado me llena el taxi. Hay que comer Juani.

Sin un buen cebo todo era mucho más lento, los elegía por instinto, de uno en uno; les llevaba al coche y les dejaba allí esperando, aunque si tardaba demasiado se le escapaban. Dentro de la limusina la comunicación se interrumpía abruptamente, viajaban hacinados y en silencio. Él ponía la radio y se olvidaba de ellos. Su mayor preocupación era esquivar los controles de carretera, en caso de que los hubiera, y evitar las fotos del radar. No se podía permitir las multas, le destrozaban el mes. En una mañana, con ballena o sin ella, no hacía más de una carrera de ida y otra de vuelta, por la tarde igual.  Sin embargo, cuando empezaron a contar con él, tanto Cristóbal como Jacinto, las cosas cambiaron, la economía familiar mejoró bastante. Aquellos dos controlaban el negocio de los seguros, el verdadero filón del oficio,  reservado sólo para unos pocos; cuando las empresas necesitaban transporte para sus clientes, recurrían a ellos. Su mujer odiaba esos trabajos extra porque siempre eran de noche, los servicios que los otros rechazaban, las migajas o los más duros, como la pareja a la que tuvo que llevar hasta Marsella.

.

Aquella noche el teléfono sonó a las cuatro de la mañana, Jacinto, muy apurado, le ofreció un viaje. La recogida era a unos cuarenta kilómetros, cuando llegara debía esperar a la grúa antes de llevar al pasajero a su destino: un hotel que la empresa había encontrado por la zona. El servicio completo podría demorarse unas dos horas, no más, y la prima sería más baja que de costumbre. Juani se despertó, le observaba contrariada y preocupada.

—¿Otra vez, Fabián? ¿A dónde tienes que ir?

—A unos kilómetros de La Venta.

—Ten cuidado, no me gusta que conduzcas de noche.

—Siempre lo tengo—. Le dio un beso en la frente para tranquilizarla. —Sigue durmiendo, estaré de vuelta para el desayuno.

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La carretera estaba desierta y llegó antes de lo que esperaba. El cuatro por cuatro oscuro, que tenía que localizar, estaba parado en el arcén. Aparcó a unos metros y se acercó con cuidado, no quería asustar al conductor, su 1.90 de estatura y su complexión de luchador de sumo solía producir impresiones equivocadas. La puerta del automóvil se abrió y una odalisca beoda salió dando traspiés, se tambaleaba de forma ostentosa y balbuceaba preguntando si era el del seguro. Él no se movió, asintió y la invitó a entrar en el mercedes, tuvo que ayudarla a instalarse en el asiento del copiloto, no quería ir atrás. La dejó en el coche y se quedó fuera. La grúa tardó más de una hora en llegar. Mientras remolcaban el cuatro, observaba cómo la luna llena hacía brillar la carrocería, y recordó el sueño que había tenido esa noche: estaba varado en un paso a nivel, las puertas no se abrían y el expreso nocturno avanzaba hacia él, no se asustó, sólo esperaba, como si su limusina blanca fuera inmune a las catástrofes. Le hubiera gustado saber cómo terminaba, pero el teléfono le despertó. ¨Si uno se muere en una pesadilla, se muere de verdad¨, decía Jorge, el pequeño, aunque, cuando trabajaba en la mina, siempre soñaba que el agujero se lo tragaba y sin embargo, allí seguía: ahogado en deudas y con la Juani quejándose continuamente de lo mal que le trató la empresa, y de la suerte que tuvieron otros.

La odalisca se retorcía en el asiento, no conseguía conciliar el sueño y empezó a tocar el claxon. De camino al coche pensaba en ella: era guapa la condenada, iba prácticamente desnuda y la ropa se le pegaba al cuerpo. Casi ni recordaba la última vez que tuvo a mano algo así: fue el verano en que la Carmencita se casó; el marido era un trepa que aceptó la oferta del padre putativo de la chica, pero ella era mucha hembra para él; y ahí estaba el bueno de Fabián para desahogar sus penas, en el lecho nupcial, al día siguiente de la gran noche: cómo cabalgaba Carmencita con aquellas tetas gloriosas saltando delante de su cara, mientras el marido intentaba sacarle al suegro un viaje de bodas al Caribe. Era listo el viejo, jamás le sacó nada, se pasó años intentando ascender, sin suerte. Luego apareció la Juani, jovencita e inexperta, se le quedó embarazada y se tuvieron que casar. No le había ido mal con ella. Los muslos de la odalisca le ponían nervioso, veía las gotas de sudor resbalando y se le hacía la boca agua. Puso la radio para concentrarse, no podía tocar a esa chica, le caería un puro, una acusación de intento de violación o algo peor. Se olvidó de ella por un rato y se centró en la carretera. La dejaría en el hotel y se iría a casa, ya estaba amaneciendo, ella dormía profundamente, parecía que ni siquiera respiraba.

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Marcelo era conductor de autobús desde que volvió de la mili con su carné D bajo el brazo, de eso hacía cuarenta años. Había acompañado a muchas de aquellas máquinas al desguace y poco faltaba para que la empresa hiciera lo mismo con él. Aquella mañana le sacaron de la cama para pedirle que cubriera el primer viaje del día, Camilo, el chofer que se encargaba de esa ruta, estaba enfermo, así que llegó a la estación con el tiempo justo para tomarse un café y ponerse al volante de una de las viejas glorias, tan veterana como él; no le quedaban muchos viajes y se ponía cabezona en los repechos, le había dejado tirado un par de veces en el puerto, aunque seguía resistiéndose a la jubilación. Salió con apenas diez pasajeros, pero doblaría el pasaje con las paradas a la entrada de las pedanías por las que pasaba hasta llegar a destino. Le preocupaba la subida de Los molinos, siempre le daba problemas. El mercedes blanco del sobrino de la Filo le adelantó en la parte más complicada, tampoco iba muy deprisa porque al final de la bajada había un paso a nivel sin barreras. Cuando coronó el repecho, Marcelo se sintió aliviado, aunque notó que el autobús frenaba con dificultad y las marchas no respondían bien. Escuchó a lo lejos al tren, miró el reloj, era la hora del expreso, si pisaba el acelerador conseguiría cruzar antes de que llegara; entonces, vio la limusina parada, ya no podía controlar el autobús, la pendiente no era pronunciada, pero cada vez estaba más cerca. Fabián vio por el retrovisor cómo el gigante se le echaba encima lentamente, empujándole sobre la vía. El tren salía de la curva. El maquinista vio el coche, aunque no podía frenar o descarrilaría, tocaba la sirena desesperado y avisaba por radio del accidente. La odalisca se despertó de golpe y se puso histérica, aún aturdida por el alcohol, no conseguía abrir la puerta del pasajero. Marcelo sentía una fuerte presión en el pecho, quiso gritar a través de la ventana, llamar a Fabián para que acelerara y no acabara aplastado por el tren; pero se giró y se dio cuenta de que sólo había dos opciones: o la limusina y sus pasajeros o su autobús y los suyos; y permaneció mudo. Fabián miraba hipnotizado la locomotora, que crecía y crecía ante sus ojos.

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