En rojo: “Psiquiatría deficiente”

Harry Rainmaker

divan

Il y a un autre monde, mais il est dans celui-ci.[1]

Paul Eluard

La realidad es como una casa de infinitas puertas donde cada quien elige por cuál acceder. Algunas puertas nos llaman; otras, nos están vedadas. Algunas nos son propicias; otras, nos eluden. Sin embargo, en el diario peregrinar es preciso entregarse a un sinnúmero de bloqueos que hacen posible la convivencia.

Así por ejemplo, ya no me pongo a pensar que mientras mi secretaria toma el primer dictado, aún le arden las entrañas por las diligentes acometidas de su novio. O que, cuando la recepcionista alegó que aquella visita al médico se extendió más de la cuenta, no fue sino una excusa para prodigarse con un fulano en hostal de la zona. Del mismo modo, ya no se me da por sospechar que el andar patizambo de la tía de facturación es producto del concilio fraudulento de las cervezas que rindieron las colinas de su espalda. O que la severa jefa de personal llegó tarde porque al santo se le despertó el cimbrel justo antes de salir de casa.

Por el contrario, me restrinjo sólo a representarme una secretaria, bonita pero discreta o una telefonista, simpática pero eficiente. Con ingente esfuerzo y no poca medicación, mi psiquiatra ha logrado persuadirme de ello. Hoy puedo ver a una mujer. Una mujer sin matices. Al presente, no imagino a un amante haciendo profesión de fe arrodillado frente al retablo negro de su vientre. Ya no me figuro cabalgatas que engendran sedición en la piel y revolución en el alma. Ni me detengo en acuñar retratos de apetitos trogloditas rematando faena con libaciones entusiastas. He podido silenciar los susurros, los latidos; los gemidos…he conseguido desoír el eco que se suscita en el ecuador de los cuerpos cuando se detiene el tiempo.

Reconozca conmigo que son todas interpolaciones necesarias, pues de otra manera no se podría trabajar, coger el metro o simplemente, ir de paseo. Y en buena hora que así suceda, porque en espíritus sensibles como el mío, tanto derroche de lujuria puede provocar un severo desarreglo nervioso. Horas de comprometida terapia me han rescatado.

Todo iba estupendamente bien. Estaba casi curado. Hasta hace un rato, cuando vi a la rubia de Contratos y Pasantías almorzando un yogur en la cantina. Una pizca del lácteo sobre el labio inferior disparó la primera anomalía. Y la pasada del dedo índice, de lado a lado, ida y vuelta; terminó por desbaratar tanto esfuerzo conciliatorio.

—–

[1] Hay otros mundos, pero están en este.

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