Lujuria clandestina

Estefanía Farias Martínez

gata

Llevo toda la tarde esperando quedarme sola. Hace mucho calor y estoy muy húmeda y alterada. El aire que viene del jardín me acaricia como si fuera la cola esponjosa de mi Hércules, metiéndose por todos mis rincones, erizándome entera.

Por fin se va Leopoldo.

Ronroneo muy fuerte, llamándote.

Estás agazapado junto a la puerta. Apareces enseguida, ondulando ese lomo rayado, y me enervo al ver esas patas robustas. Me miras como si fuera un jugoso bistec de primera; merodeas a mi alrededor; me muerdes el cuello y yo a ti; me empujas; trepas sobre mí; tus zarpas recorren mis vértebras flexibles; agito mis cuartos traseros, abro las patitas, pisoteo el suelo y maúllo suplicante; esa clava con púas me atraviesa y mi felino grandote se encastra en su gata chiquita, zarandeándome suavemente y a toda velocidad, dejándome bañada en leche. Y así una vez y otra y otra y otra y otra, hasta que oímos ruidos.

Él se acerca y tú te vas sin que te vea.

—¡Lulú, te he traído un regalo, preciosa!

Y sonrío inocente, sentadita en mi cojín, ronroneando flojito.

Mañana tendremos más tiempo.

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