En rojo: “Escozores de un ciego”

Harry Rainmaker

Beso

“Con los ojos cerrados se ve mejor.”

Serú Girán – Estoy parado en el medio de la vida

No logré retener su nombre ni entonces ni ahora, puede que haya sido Patricia o tal vez, Silvia. No me asombraría que fuera Marcela o Alejandra. Lo mismo da, porque la fugacidad no consiente la retentiva. El tiempo que erosiona las conmemoraciones, ya se ha cobrado la mayoría de los detalles, dejando sólo el enredado amasijo que intento aquí desbrozar.

Cuenta la historia que un muchachito va todos los sábados a un video club a rentar películas, siempre con la esperanza de conseguir una copia del estreno reciente o al menos, encontrar una de tiros o de terror que justifique la caminata. Los lunes a la siesta, de camino a la facultad, regresa las cintas. Aunque merodea por el sector XXX, falta para que se anime a alquilarlas. No tanto porque viva con sus padres, sino porque quienes atienden el negocio son dos señoritas apenas algo mayores que él. Pese al “destape” que se había colado con la recuperada república, era admisible tener ciertas vergüenzas hacia mitad de los 80’. Igual, le gustaba suponer que se producía una vibración cada vez que entraba al negocio. Con veinte años recién estrenados hay más de osadía que de sensatez. El Muro de Berlín subsistía como divisor de una pacificadora bipolaridad que no sólo era geográfica o ideológica.

De las dos chicas, la que estimulaba su voracidad era la que siempre andaba revoleando la encrespada cabellera, vicaria evocación a lecho recién revuelto. Por supuesto que era una fantasía funcional a sus ansias. Que no se cuidara de exhibir la bretelle del corpiño sobre un hombro color de aceituna, era otro dato incuestionable que delataba una liviandad moral que azuzaba ilusiones pobladas de costumbres libertarias, esas que su noviecita le tenía vedadas. Aunque más que nada en el mundo deseaba abordarla, sentía que las cuatro o cinco niñas que ya había merecido no eran pasaporte suficiente. No es que se considerara incapaz de coronar el asedio, simplemente eran otros tiempos y las conservadoras costumbres que regían su pueblo volvían más que arduo obtener la caricia por otra vía que no fuera la de los amores mercenarios. Para alcanzar un galardón con una chica decente era menester afrontar una laboriosa peregrinación que exigía, en no pocas ocasiones, falsear promesas o aún peor, afectar enamoramiento.

Pese a las propias limitaciones no eran muchos los resquicios que se presentaban para el abordaje. Si conseguía sortear la propia cortedad de las chicas, que apenas daba para algún comentario sobre el film seleccionado, la interpolación de un cliente frustraba el diálogo. Alguna esperanza pudo entrever cuando ella reparó en unos libros de Derecho que llevaba y con afligida obviedad, le preguntó qué estudiaba… La reseña de Alien II o Terminator interrumpió el intercambio de trivialidades.

En sucesivas visitas, había constatado que las chicas se recreaban con Top Gun. Y si estaban solas, o él andaba por allí, se solazaban frecuentando la parte donde Tom Cruise fornicaba sin atenuantes a Kelly McGuillis al ritmo de “Take my breath away”, la canción de Berlín. Aunque nuestro galán desconocía que era poseedor de la temeridad que luego sería su firma, sabía que se imponía decidir un curso de acción a riesgo de quedar como un perfecto imbécil. La tarde en la que al verlo llegar la otra chica salió apurando un pretexto entre risitas torpes, tropezó con la audacia que durante tanto tiempo había extraviado.

No sabemos muy bien qué palabras usó para romper el silencio, mientras los clamores y suspiros en la pantalla amplificaban la incomodidad. Sin dudas, fue alguna alusión al tenor de la escenita reproducida una y otra vez. La crónica no conserva la respuesta que obtuvo, pero sí podemos adivinar el estupor con el que recibió un brutal sarcasmo sobre la ausencia de varón que abasteciera la carestía femenina. El impensado desafío lo terminó de envalentonar y arremetió con oferta de salir a tomar algo. Se molestó cuando ella invocó políticas empresarias que prohibían fraternizar con clientes. No importaba que tan lucido argumento alumbrara, cada exhortación era declinada de forma amable pero firme, ocasión en la que ella aprovechaba para agitar la melena y avivar el creciente afán de él, que sin embargo, se estaba empezando a fastidiar al descubrirse blanco de una burla. Fue cuando el vértigo se desató con la inesperada virulencia de un trueno en un día de sol.

Las falsificaciones posteriores quieren otorgar mérito a una palabra atinada pero lo cierto es que mientras lo escuchaba decir zonceras, ella se dirigió a la puerta, le pasó llave y puso el cartelito de “Enseguida Vuelvo”. Divertida, le sonrió y tomándolo de la mano lo llevó con premeditación a una oficina interna del local. El oscilar de sus caderas le intoxicaba los sentidos. Sin embargo, como presa de una repentina hesitación, se detuvo apenas de entrados. Él se acercó por detrás y mientras se dejaba embriagar por el aroma de sus cabellos, permitió que el tráfico del aliento por su cuello fuera el catalizador que faltaba. Con un estremecimiento, ella apoyó su espalda contra pecho de él y le tomó las manos para que la abrazara por el vientre. Así se quedaron unos instantes, hasta que los cuerpos remontaron la sensación de ajenidad primera. Él comenzó a darle besos en los hombros, con una filigrana apenas perceptible, mientras que ella se acomodaba para dejarse aguijonear por la transversal hombría que empezaba a contabilizar.

Sus manos, las de él, se ocuparon reconociendo el contorno de sus pechos. Sus manos, las de ella, se urgieron removiendo las prendas que se interponían al paso de la caricia incandescente. Él hubiera querido demorarse en esos pequeños conos, rematados con una rosa negra, pero sea que el objeto de su deseo no tenía mucha disponibilidad horaria o que venía de numerosas postergaciones, los besos fueron preciosamente escasos. Con renovada premura, ella le bajó los pantalones hasta los tobillos y lo empujó sobre una silla. Reconcentrada en su propio placer, se le subió a horcajadas y con leve movimiento bajo la falda, se infringió una aguda estocada. Lo acogió con un diáfano quejido que, de todas las vanas memorias, es la única que perdura. Empezó a cabalgarlo con perturbado frenesí, murmurando palabras apenas audibles. Cuando se tomó de sus hombros para menearse mejor, le dio espacio para que se cebara con esos diminutos pechos. Los redondeles de carne se tornaron ásperos al tránsito de su lengua y los pezones se endurecieron como timbres. La tracción que ejercía era tal que los pies de él se deslizaban por el piso como reproduciendo una regata a remo en tierra firme. Ella tiró la cabeza para atrás y una cascada azabache llenó todo el espacio. Él aprovechó para ceñirle las nalgas. Un sordo vagido empezó a surgir de su garganta y las pulsaciones que le escaldaban las entrañas concibieron un violento eco que empezó a estremecerle todo el cuerpo. De repente, se contrajo en un exquisito espasmo y quedó como petrificada. Abrió la boca en un grito silencioso y los ojos exorbitados acentuaron el estado de pródiga enajenación. Fue un segundo o quizás una eternidad. Lo único que podía oírse era la respiración intermitente de los dos.

Con recobrada agilidad, se separó, lo enfocó con esfuerzo y advirtió la cimbreante caña que engalanaba la desnudez de él. Ensayó algunas excusas sobre la necesidad de postergar el sórdido apetito y quitándolo de la silla, se arrodilló sobre el asiento y se sostuvo del respaldo, incitándolo a que se alivie con prontitud. Él, un poco aturdido, hubiera querido atisbar esas carnes morenas generosamente empapadas, pero sabía que estaba escribiendo en el agua. Se forzó a obrar con la misma ausencia de misericordia que ella. Al empalarla, fue certero, fue profundo, fue total. Fue impersonal. Le pareció que ella tenía otro arrebato extático; pero no le importó pues las contracciones rítmicas de su pelvis le anunciaban que ya se precipitaba sobre el propio. Los gemidos de ella lo estimulaban a embestirla con mayor fanatismo. Con una mano le aprisionó la cadera y con la otra le tomó el cabello a guisa de riendas. El entrechocar de la carne mórbida, el regurgitar de los sexos exasperados, el alocado retumbar de los corazones galopando eran magnífica ofrenda en el altar de Eros. El entorno, la posibilidad de ser sorprendidos in fraganti y la inexperiencia, claro, no contribuían a que el lance durara mucho. Igual, tuvo un relámpago de lucidez y a pesar de que ella le rogó que terminara adentro, se retiró en el último instante. Con un grito ahogado abonó de magma la sudorosa espalda de ella. Lo único que podía oírse era el insano jadeo de los dos.

Y con el paulatino apocamiento, sobrevino una terrible vergüenza, la necesidad de separarse, de ocultar la desnudez, de asear lo que hasta recién era prenda de la pasión, de salir huyendo. Antes de abrir la puerta, ella le dio una ilusión de beso. Él se fue con una extraña sensación de exilio y defección análoga. Las escasas veces en las que la volvió a ver, ella jamás le concedió una sonrisa o una mirada cómplice. Si hasta fingió haber olvidado su número de socio. Un sábado ya no estuvo más. Tiempo después, entre la fronda de una llamada telefónica apareció la noticia de que se había casado con el dueño del video club.

La novedad lo sorprendió absorto en El Nombre de la Rosa, la novela de Umberto Eco, más precisamente, en las palabras que el autor pone en boca del fraile Ubertino da Casale: “La llama consiste en una claridad esplendente, un vigor ingénito y un ardor ígneo, mas la claridad esplendente la tiene para relucir, y el ardor ígneo para quemar“. El párrafo le ayudó a recomponer, a medias, el apremio de su soledad. Entendió que con la próspera agonía de aquella siesta había pagado el rescate de un sentido adormecido. Nunca más volvería a ser un ciego. Afortunadamente, casi siempre pudo recordarlo a la hora de vislumbrar una quemante claridad.

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