Nana

Estefanía Farias Martínez

Nana

Esa primera semana de mi nueva vida laboral fue un caos: me mandabas mensajes al móvil casi cada dos horas, ¨Gata, ¿bajas?¨, y yo me escapaba para comerme a mi tigre en todos los parkings de la zona, dentro y fuera del coche, a cualquier hora; no nos bastaba con los revolcones del desayuno y los de buenas noches. Estábamos agotados. Yo, a punto de acabar en la calle y tú, también. A ti se te recrudecieron los incendios, a mí me hicieron una advertencia. Tenía que atender quejas a mansalva, sin saber cómo responder a las preguntas que me hacían, me iban a volver loca. Además, no me concentraba demasiado porque sólo pensaba en tu cuerpo, en tu voz en mi oído, en tu boca en la mía, en tu lengua en mi orquídea, en tus dientes en mi durazno, en ese zeppelín atravesándome toda o derritiéndose entre mis labios. Así que tomé una decisión muy difícil: encontrar la manera de respetar el horario laboral en lo posible, que los cambios drásticos no son buenos tampoco.

Me estabas esperando en el aparcamiento del final de la calle, era subterráneo y muy discreto. En el recorrido desde la oficina hasta tu coche me comí el sándwich y me tomé el café, lo que hacía todos los días. Entré directamente por la puerta del conductor y me senté sobre ti a horcajadas. Te comí la boca y empecé a desabrocharte la camisa.

—Gata, no tengo mucho tiempo ahora, estoy esperando una llamada.

—Entonces, no te entretengas.

Me levantaste por las caderas lo justo para bajarte el pantalón. Yo ya estaba maniobrando para despejar el camino hacia mi postre. La tanga me la había quitado antes de entrar al coche. No me daba para florituras, me lo ensarté de un solo envite, bien profundo, y luego todo fue una cabalgada feroz de tu amazona hambrienta. Cinco minutos explosivos, puro alarido, convulsiones y mordiscos mutuos, mucha lengua y pocas palabras. Cuando el latigazo me hizo aferrarme con los dientes a tu pecho, mientras me clavabas los dedos en las nalgas, todavía jadeando, te hice mi propuesta.

—Tigre, no podemos seguir así, tenemos que controlarnos un poco, llevamos una semana con una sola comida al día, yo ya adelgacé un kilo.

—Es que no me aguanto.

—Ni yo, pero toca hacerlo. A esta hora está bien, porque no hay nadie en la empresa, pero no puedes aparecer a las diez y media, a las doce, a las 3 y a las cinco, que no me dejan irme ningún día antes de las ocho. Después de las horas de oficina hacemos maratones si quieres, pero sólo llevo una semana y si sigo así no llego a la que viene.

—Jajajajaa, ok. Tienes razón.

—Se me ha ocurrido una idea. Mi galería está sin terminar, aún me faltan cuadros por hacer, por lo menos dos o tres, ¿y si el sábado te conviertes en director artístico y haces tú las fotos? ¿Qué te parece? Sólo quedan dos días, nos lo tomamos con más calma y luego nos vengamos.

—Hmm…

—Puedes hacer sugerencias, elegir las pinturas que prefieras. ¿Qué fotos te gustaría hacer? El escenario sería mi salón y lo mismo al final jugamos en la mesa del comedor, que no la hemos probado todavía.

—Sabes que esa mesa me encanta.

—Ya lo sé, desde la primera vez que la viste.

— Tú ganas, gata.

El mástil de mi tigre se fue incorporando a la conversación y mi orquídea le reclamaba golosa. Como estaba a medio desmontar, me ayudaste a colocarme en posición y nos pusimos de acuerdo, entre gritos, zarandeos y más mordiscos. Tú tenías que salir de la ciudad el viernes por la tarde, a mí me tocaba dormir sola, pero te estaría esperando el sábado por la mañana, con todo listo. La cámara la dejarías en mi casa el día anterior. Mi director artístico había planeado muchas cosas, esa cabeza funcionaba muy bien después de un polvo y cuanto más salvaje, mejor. Elegiste el cuadro que presidiría el reportaje en ese momento: Nana, de Manet, yo no lo conocía y tomé nota, luego descubrí que estaba vestida y fue un sorpresón, pero tú decías que te recordaba a tu gata con el vestido azul, o sea, entre los preparativos había que incluir vestuario; los otros los elegimos entre los dos, pensando en los escenarios disponibles: ¨Pelirroja en cuclillas¨ de Toulouse-Lautrec para el sofá y ¨Desnudo recostado¨ de Modigliani para la alfombra del salón, tenía unos cojines rojos grandes que le darían el toque final (éste tampoco era impresionista, pero me gustaba el cuadro). Sobre el resto de las fotos que pensabas hacer, no dijiste una palabra.

Mi tigre cumplió con lo prometido, sólo nos vimos a la hora del almuerzo durante el resto de la semana, luego nos resarcíamos por las noches, y los desayunos y las duchas se volvían eternos. Aún así conseguía llegar cinco minutos antes que mi jefa, estaba mucho más atenta y casi me gano el puesto de empleada modelo.

Y llegó el sábado.

Me di una ducha larga, me lavé el pelo, planché el vestido azul y preparé el salón para la sesión de fotos. Tú apareciste muy temprano. Desayunamos tranquilos y subí a cambiarme, me hice el moño y bajé convertida en tu Nana. Entonces dio comienzo el espectáculo: gata a la pasarela. Poso toda sonriente, inocente y recatadita, como la chica del cuadro, hasta que empiezo a levantarme el vestido, enseñándote una pierna en toda su extensión, un giro suave y un alzamiento rápido de falda para que veas que voy a pelo; me suelto la melena y tu Nana se convierte en tu gata azul, más descarada, más juguetona, más exhibicionista. Me acerco a la cámara y me inclino. Mirándote fijamente, ronroneo:

—Tigre, ésta es tu Nana.

Me incorporo, alzo el telón y le muestro al objetivo mi pubis peludito en forma de corazón; me doy la vuelta, y te ofrezco una panorámica muy expresiva de mi durazno carnoso, marcando bien los hoyuelos de mis nalgas. Te quedas con las ganas de estirar las manos y agarrarme, porque me aparto y regreso a mi posición anterior.

Te miro muy seria.

—¿Ya hemos terminado con Nana?

—Sí. Desnúdate y ven al sofá—. Hoy mandas tú, yo obedezco. —Primero vamos a hacer una foto que no creo que tenga cuadro, luego seguimos con la galería, ¿ok?

—Muy bien.

Como la tapicería del sofá es tan blanca, le he puesto una manta de colores encima, para que mi piel destaque más. Esta vez asumes un papel más activo como director; das instrucciones precisas, mientras, yo no aparto la vista del bastón de mando que está en su escondite, aunque ese abultamiento promete mucho.

—Recuéstate… abre las piernas… flexiónalas… Enséñame esa orquídea jugosa…

Sigo tus indicaciones al pie de la letra y ella se pone nerviosa. Tú empiezas a hacer fotos y yo a mover las caderas, la hago bailar para ti, ella tiembla, se agita, es la danza de cortejo de una planta carnívora.

—Tócate… sóbate las tetas… apriétalas… pellizca a mis consentidos… retuércelos… así… Quiero verlos apuntando al techo… Baja despacio… roza la orquídea… frota esa daga…

—¿Daga?

—Chiquita, afilada y letal.

—Mmmm….

—Más rápido… más rápido… perfecto… No pares….

No puedo apartar la vista de ese criminal que no quiere matarme todavía: mi Jack el destripador que sigue en las sombras. Me muerdo los labios, mi lengua te llama, recorre toda mi boca, se estira, se pone agresiva, mis dientes se pavonean, ¨ven aquí, tigre¨, te dicen, ¨déjame morderte, sólo un poquito…¨, pero tú ni caso, con la cámara fija en mi orquídea. Ella manda, ella se lleva todo el protagonismo.

—Mete el dedo despacio… poco a poco… hasta dentro… Todo. Ahora hazlo entrar y salir… como si fuera el zeppelín de tu tigre.

Y yo obedezco y ese dedo en acción te hace relamerte a ti, ese tronco de roble cabecea y se va enderezando a pesar del cautiverio y yo voy ardiendo al verlo. Tú concentrado en mi orquídea, yo en él, esperando a que mi fotógrafo se abalance sobre su modelo, pero no…

—Ahora vamos a hacer la de Toulouse-Lautrec.

Freno en seco, decepcionada, tanta exhibición, tanto frotamiento, tanto retorcerse, mis pechos agitándose como flanes, mis pezones erguidos y prepotentes, capaces de perforarte la lengua, y nada.

Me pongo a cuatro patas y tú me haces la foto de lado. Imitar la pose de la pelirroja es fácil. Foto hecha, sale a la primera. Entonces te acercas al sofá, quieres hacer otra, pero desde atrás, inmortalizar la curva de mi lomo. Haces una, dos y noto tus manos colocando mejor mi durazno para que salga completito; presionas mi espalda, buscas una imagen perfecta y yo me agacho del todo, poniéndotelo en la cara. Sigo oyendo el clic de la cámara, tus muslos rozan los míos a través del vaquero. Giro la cabeza y observo esos ojos excitados y hambrientos, pero ni haces intención de morderme.

—Gata, ¿sabes qué me gustaría hacer en la próxima sesión de fotos?

—¿Va a haber una próxima?

—Claro.

—¿Y qué quieres hacer?

—Quiero una colección de trozos de gata: este culo portentoso, un cacho de muslo, otro de nalga, esa boca entreabierta, esos dientes… ¿Te gusta la idea?

—Mucho, para el sábado que viene.

—Perfecto. Ahora Modigliani y terminamos.

Bajo del sofá, me voy a la alfombra, coloco mis cojines rojos y me tumbo boca arriba con los brazos flexionados y las piernas abiertas, igualita que la modelo del cuadro.

—Ya puedes hacer la foto.

Haces varias y me voy girando como una rueda para que tengas todos los enfoques que se te ocurren y cuando damos por terminado el cuadro, empiezo con las posturas de gatita: de rodillas, echando el cuerpo hacia delante, apoyándome en las manos, mirada inocente, invitándote a acercarte más. Ahora quieres un primer plano de mi cara, qué tierno, entreabro la boca, te enseño los dientes, la punta de mi lengua se asoma como un ofidio peligroso que quiere fugarse de su madriguera, retozo en la alfombra ondulándome toda, bamboleando las caderas, los pechos. Ya no puedo más.

—Tigre, llevas provocándome más de una hora, tienes a tu gata muy alterada, no ves cómo están de duros mis pezones, perforadores, como a ti te gustan, las areolas tan tensas que parecen placas de acero y mis pechos ya van en tamaño meloncito. Y mira.

Flexiono las rodillas, abro las piernas y levanto las caderas.

—¿Has visto? Mi orquídea se desangra, ese jugo viscoso resbala por mis muslos y hace un charco en la alfombra, está tan abierta, tan inquieta. Ella necesita esos labios carnosos sobre mi daga, chupándola, esa lengua gruesa y calentita dándole golpecitos y luego metiéndose toda dentro de mi cueva, saboreándome. ¿No te apetece? Si te brillan los ojos. Ven aquí.

—Lo que tú digas, preciosa.

Te arrodillas en la alfombra y entierras tu cara entre mis piernas.

—Qué bien lo haces… esa lengua vale oro… mmm… cómo se mueve.

Me retuerzo, te tiro del pelo, maúllo.

Levantas un momento la cabeza, me miras y sonríes.

—Tengo una gata deliciosa.

Y sigues devorándome, haciéndome vibrar como cuerda de violín.

—Desnúdate por Dios…

Te levantas y obedeces. Los pantalones caen. Mi vicio se alza imponente y desafiante ante mis ojos, las venas marcadas, la cabeza reluciente, tan grueso, tan inflexible. Estiro la mano, lo toco y le ataco, lo lamo todo, lo engullo entero, quiero que engorde más y más y más, cuando se pone imposible me aparto y me tiendo en la alfombra.

—¿Por qué no me follas, tigre?

Y me perforas en ese instante mientras me muerdes las tetas, mamas rabioso y yo aúllo encantada. El ritmo es demencial, eres un asesino en serie apuñalando a su víctima, asegurándote de que no pare de gritar mientras me vapuleas hasta dejarme bañada en leche. Es un polvo feroz, caníbal, una gozada. Acabas derrumbado sobre tu gata, que no deja de menear el culo para abrazar ese mandoble, él no quiere batirse en retirada, ni le voy a dejar; mi orquídea sigue estrangulando, mimando y lamiendo a su intruso favorito. Y tú me susurras al oído:

—Gata, ¿te quieres subir a la mesa?

—¿Ahora?

—Sí.

—¿No necesitas una pausa?

—No.

—Wow, cómo me gusta que mi guerrero sea tan intrépido, tan incansable, mmmm…

Me ayudas a levantarme y vamos hacia allí mientras te mordisqueo, te doy lametones y te beso la cara, el cuello, el pecho. Me llevas bien sujeta, restregándonos el uno contra el otro los tres pasos que tenemos que dar. Me subes a la mesa como peso pluma que soy, me acaricias la cara interna de los muslos mientras me abres las piernas y yo las voy estirando por completo, en abanico, invitándote a la inmersión.

Te echas un poco sobre mí para dejarme que te toque.

—Sabes tigre, me gusta todo de ti

—¿En serio?

—Sí. Este cuello… esa curva peligrosa que lo cruza de parte a parte—mis dedos van siguiendo mis palabras—ese camino de lunares alineados que me lleva del hombro derecho a la zarza que tienes en mitad del pecho.

Acerco mi boca a tu piel, saco la lengua.

—Esos pezones chiquitos, tan duros.

Te muerdo y mi mano sigue su curso.

—Ese abdomen… ese ombligo con forma de boca, de labios apretados, mmmm…. Esa selva negra… y él.

Agarro mi vicio y lo atraigo hacia mi orquídea: mi boca de la verdad. Intimida de puro caliente, de puro ansiosa y mi tigre me deja jugar, frotar ese zeppelín contra ella, mojarlo todo; él hierve, late con fuerza; me agarras por las caderas, te empotras en mí y yo me enrosco a tu cuello, pero me vas empujando despacio hasta tumbarme sobre la mesa. Te gusta empezar con un baile lento, pelvis contra pelvis, hacer que sienta toda esa carne entre las paredes de la mía, asfixiándome porque no deja de crecer hasta llenarla por completo. Tu gata estira los brazos, te roza, pero ya estás acelerando y me tengo que sujetar al borde de la mesa, está dura y resbala, me restriegas contra ella; me apoyas las piernas en tus hombros para ensartarme mejor, para empalarme con más precisión. Cómo mueve las caderas mi bailarín, qué ritmo trepidante.

—Esta mesa se mueve mucho, lo mismo nos la cargamos.

—Pues ya buscaremos otra.

Empiezas a aullar y yo a gritar, estallamos en fases, yo lo hago antes, durante y después de que la lava alimente mi volcán, mi tigre se me desfonda sobre el pecho y yo le besuqueo, le mordisqueo la oreja. Nos pasamos cinco minutos sin movernos, pero la postura es incómoda y me vas incorporando. Yo continúo enganchada a ti como una lapa, húmeda, desbordada y muy calentita.

—Tigre, me encanta este mástil tuyo tan rebelde, tan peleón.

No dejo de ronronear y de frotarme contra ti.

—Qué gata más perra tengo.

—Oye, si quieres vemos la tele un rato y luego repetimos en la mesa, pero esta vez sé bueno con mi durazno, mejor muy malo ¿vale?

—Gata…

—¿Qué?

—Eres incorregible.

—Pero eso te vuelvo loco, ¿a que sí?

—Me trastorna.

—¿Tú crees que mi guerrero necesita descansar mucho?

Mi mano amasa ese escroto tan coqueto, tan recogidito, y roza con el pulgar al combatiente en reposo, que aún así no pierde la compostura, siempre vigilante y alerta, le doy toquecitos.

—Déjale respirar un poco.

—Bueno, ¿y si comes algo? Tengo carne roja, arroz con leche y canela y chocolate.

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