Los quehaceres de un zángano: “Víctimas de la moda”

Fernando Morote

Tacones

¡Lindas niñas! Lástima que hubieran aprendido tan pronto a creer que son inaccesibles. No tendrían más de quince años ninguna de las dos, pero sus cuerpos eran ya, desde todos los ángulos, perfectamente fornicables. Los cigarros que fumaban, sin embargo, eran aún más gruesos que sus piernas. Y los zapatos que usaban debían ser evidentemente de sus madres, pues al caminar se les escapaban de los talones, y así, antes que zapatos con pretensiones de lujo, parecían chancletas de lavandera. Una de ellas tenía tan arqueadas las plantas de los pies que se le veían, impúdicas, las plantillas sudadas de los zapatos. Las acompañaban dos chiquillos arrogantes. Ambos, aparte de los gestos ampulosos y las actitudes desafiantes, vestían chaquetas negras de cuero, cadenas en el cuello y en las muñecas (ellas las llevaban en los tobillos), los pelos en punta y las bastas de los pantalones dentro de las medias blancas de lana. Salían de la matineé. Se despidieron en el Parque Kennedy de Miraflores. Ellas: besitos en la boca, caricias en la cara, miradas tiernas, chau, nos vemos, te amo. Ellos: rugidos amenazadores, puños ondeantes, demostraciones de superioridad, miradas crueles, se fueron corriendo, saltando, pateando las bancas, haciendo malabares con sus cadenas; iban a matar a alguien, seguramente. Cada edad tiene su velocidad.

Las niñas, al verlos lejos, se dejaron al fin abatir por el dolor.

—¡Ahahahahahahahahah! —gritaron las dos por dentro.

Una banca cercana les donó una sonrisa de misericordia y las dos niñas cayeron derrotadas sobre ella. Al disimulo sacaron un poco los pies de los zapatos, los orearon unos segundos y movieron tímidamente los diez dedos para restablecer la circulación. Placer y éxtasis fue lo que sintieron.

—¡Ahahahahahahahahah! —suspiraron. Y sus pies también lo hicieron.

Frente a ellas atravesaron el parque, comprimidos en un abrazo heterodoxo, una gringa desaliñada y un cholo refinado. Con seguridad ella era europea y él artesano. Las niñas, al verlos pasar, los miraron con desprecio, con asco, escandalizadas. Luego se miraron entre sí, contuvieron unos instantes el vómito, y al final soltaron una risa burlona, despectiva, subdesarrollada. Eran hermosas, sin embargo. Niñas para contemplar, irritantemente provocativas. Mayonesa sobre la cama.

Creyendo estar completamente repuestas, decidieron reiniciar su camino. Se pusieron de pie. Sus senos todavía minúsculos delataban candorosamente la ausencia de trabajo masculino. En cada pierna llevaban enrollado un mantel de encaje blanco. Sus rodillas y tobillos empezaron nuevamente a quebrantarse mientras sus cuerpos erguidos comenzaron a doblarse a cada paso. Otra vez los gritos —¡Ahahahahahahah!— por dentro. Un hombre las interceptó en su camino.

—Hola —les dijo, y maravillado depositó su mirada en los pies de ambas.

Ellas lo ignoraron olímpicamente; continuaron caminando. El hombre venía acompañado por un niño.

—¿Saben ustedes que la pobreza se ríe de la moda? —insistió el hombre, dándoles el alcance.

Las niñas le lanzaron un vistazo rápido, insultante, y siguieron avanzando, pero el hombre, con su

pregunta, había logrado transformar sus mentes en dos pinturas abstractas de Jackson Pollock. El tipo era un expresionista, un bárbaro.

Un melón colgaba del cielo. El hombre pudo notar sin esfuerzo que las niñas se encontraban físicamente agotadas, lo que usó como pretexto para invitarles una gaseosa. Las niñas, sin pensarlo dos veces, aceptaron el ofrecimiento y se acomodaron otra vez en una banca. El hombre compró dos gaseosas en un quiosco y se las alcanzó. Luego se sentó al lado de ellas. A fin de poder charlar tranquilamente con las niñas, el hombre envió a su pequeño compañero a destruir el jardín circundante.

—Es preferible salir a pasear con un niño que con un adulto —explicó el hombre— Los adultos solemos hablar muchas tonterías. Los niños también; pero ellos son niños.

Las niñas rieron. Al hacerlo, una de ellas no pudo evitar que un hilo de baba se descolgase de su boca; se apresuró en esconderlo relamiéndose torpemente los labios.

Sobre la frente del hombre caía un mechón libre, horquillado; tenía las mandíbulas sin afeitar. Treinta años tendría el hombre, se hallaba encantado con la tierna belleza de ambas niñas. Le agradaban tanto que hubiera podido comérselas ahí mismo. De una de ellas le atraían sus ojos, los identificaba como dos maravillosos e inquietantes visores de buceo; de la otra no lograba comprender el motivo de su atracción, pues tampoco podía contener por esta última un cierto sentimiento de lástima a causa del peinado que lucía: lacio y largo bajo el cuello, chiquito y ondulado sobre la frente; esto es, una medusa, un totorrete; un mojón de caca aplastado sobre la cabeza.

—Hace rato vengo observándolas —dijo el hombre— Y quisiera decirles algo, si me lo permiten. Miren mi peinado —agregó, después de una pausa, inclinando la cabeza.

Las niñas permanecieron en silencio, como queriendo reírse y aguantando la rabia al mismo tiempo, sólo observaron la cabeza del hombre sin hacer ningún comentario; si ése era el precio por tomar las gaseosas estaban dispuestas a pagarlo sin escrúpulos.

—¿Qué les parece? —preguntó el hombre— Es un peinado romántico. Mi peinado no es un peinado barroco; es más bien un peinado romántico. Los peinados barrocos me exasperan; encuentro a las personas que los usan como seres falsos. ¿Y mi pelo? Habrán notado la textura de mi pelo. Mi pelo es como mi carácter, rebelde. Antes todos se reían de mí porque tenía el pelo parado. Pero, ¿qué podía yo hacer? Así era, así es y así será siempre mi pelo. Ondulármelo o laciármelo sería ir contra la naturaleza, y la naturaleza debe respetarse porque es perfecta. Por lo tanto, no necesito ir a una peluquería para tener el pelo parado. Sin embargo, en estos tiempos hay algunos que gastan casi hasta la mitad de sus sueldos en pararse los pelos, ¿qué les parece?

Una de las niñas se impacientó.

—Bueno señor, ¿por qué nos dice todo esto? —preguntó.

—¿No te parece estúpido que tú y tu amiga se rompan el cuerpo sólo por someterse al gusto de los demás? –dijo el hombre, señalando con sus ojos los pies de ambas.

—Es la moda —contestó rápidamente la niña.

—¡Y qué es la moda, niña tonta! ¡El gusto de los demás! —exclamó el hombre, alterado, con tono        intolerante.

—No nos importa —contestó la niña, y dirigiéndose a su amiga:— ¿No es cierto?

—Estar a la moda es una actitud vulgar —replicó el hombre— Ya veo que ustedes tampoco han podido eludir el destino de la mujer peruana.

—Qué destino —inquirió, casi amarga, la otra niña.

—La mujer peruana es estúpida. En general. Y es estúpida porque es inculta, porque desprecia la buena lectura, porque anda siempre pensando en futesas. No se cultiva ni cree que sea importante hacerlo.

“¿Futesas?”, pensó, ya totalmente amarga, la misma niña.

—Ustedes, por ejemplo —prosiguió el hombre—, ¿leen alguna otra cosa que no sean los libros del colegio o las revistas de la farándula? ¿Cómo pueden pretender respeto si no hacen por conseguirlo más que gritar y dar lástima?

Las niñas, indignadas, sin decir palabra, se pusieron de pie y le entregaron al hombre los envases vacíos de las gaseosas.

—Gracias, señor —dijo una de ellas.

—Metáselas al culo —añadió la otra.

Y se fueron las dos por el Parque Kennedy de Miraflores, gritando —¡Ahahahahahah!— por dentro, chancleteando.

———

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