Los quehaceres de un zángano: “La desgracia tener una familia como la mía”

Fernando Morote

inFeliz

 

 

Se dice que tener una familia es una bendición de Dios. Y en efecto lo es, aun en mi caso.

Para comenzar diré que todos los que vivimos en esta casa somos una sarta de infelices. La convivencia humana no es otra cosa que el acuerdo al que llegan los hombres para vivir mintiéndose unos a otros. Esto es un hecho comprobado.

Mi familia más íntima, con la que vivo actualmente, se compone de una madre, una hermana, dos sobrinos, un cuñado, una abuela, una cocinera, y yo.

Me ocuparé, en primer lugar, de mi madre. No es porque sea mi madre, pero ella es una mujer de excepción. Sin las disculpas del caso, debo decir que en casa, a diferencia de otros hogares, mi madre no es la villana de la película; es la víctima. Mi madre hace de todo por todos y para todos. Por ejemplo, lo único que no hace mi madre por mi hermana es acostarse con su marido. Tiene una vocación de mártir que desespera. Todo lo haces tú, mamá. “Sarna con gusto no pica”, ¿recuerdas? Pero luego vienen las quejas. Todo en ella son sólo quejas, puras quejas, variadas e interminables quejas. ¿Sobre qué fundamento filosófico descansan? Me pregunto si habrá algún pensamiento positivo en la cabeza de mi madre. Cuando aparece alguna labor doméstica pendiente de ejecución, allá va ella, presta y dramática, a poner manos a la obra mientras declara: “Si no lo hago yo, ¿quién?, van a pensar que no quiero ayudar”. Se olvida de que la casa es suya. Si fuera esclava, mi madre se sentiría realizada. Tal vez sería completamente feliz. Pero si fuera negra odiaría a Ramón Castilla por concederle la libertad. Cualquier comentario o deseo expresado inocentemente, ella lo interpreta en el acto como una orden y corre a cumplirla con desesperación. Hasta cuando alguien la despierta inoportunamente de un sueño nocturno, o le interrumpe una reparadora siesta, en vez de amargarse o fastidiarse, ella se preocupa, se sobresalta, se asusta, pide disculpas. Un día que estaba en plena función de gemidos, quejas y lamentos, me provocó decirle: “Mamá, ¿por qué no te pegas un tiro y dejas ya de sufrir tanto?”. Pero no me atreví. En cambio le pregunté otro día: “¿Te consideras feliz, mamá?”, y ella me contestó: “No sabría decirte, hijo. Nunca me he puesto a pensar en eso”. Mi madre tiene un espíritu de mártir que emociona: de haber nacido en tiempos de la Guerra con Chile seguramente habría protagonizado algún acto heroico y quizás se hubiera convertido en una mujer famosa, su figurita saldría hoy en todos los álbumes de Historia del Perú.

“Mi madre es una santa”. Falso. La vida de perros que mucha gente padece se la debe enteramente a su madre. Ellas, por supuesto, tienen sus frases típicas también: “Siempre trato de dar lo mejor a mi hijo, no quiero que sufra lo que yo he sufrido”. Evitar el sufrimiento a un hijo es impedirle su crecimiento, negarle su desarrollo. “Tanto sacrificio y mira cómo me pagas”. Manipulación artera cuyo único propósito es provocar en el hijo incauto un irreprochable sentimiento de culpa que le permita dominarlo a su antojo. Los hijos no tienen nada que pagar a sus madres. Por tal consideración, yo sostengo que la única mujer en el mundo que merece mi respeto es aquélla que está siempre dispuesta a mantenerme: mi madre.

También tengo una hermana. Aunque demasiado convencional para mi gusto, no puedo dejar de reconocer y agradecer lo mucho que me ha ayudado. Hay ciertas cosas, sin embargo, que no puedo dejar de decir. Por ejemplo, se levanta a las siete de la mañana. Apurada, toma desayuno por toda la casa. A su paso van quedando platos sucios, pelos tirados, partes de su pijama. Es una mujer muy abnegada. Tiene una cara de sacrificio materno que no se puede superar. Prepara la leche para sus hijos. Pone los biberones a enfriar en un balde con agua. Entra al baño. Perfuma el ambiente evacuando digestiones atrasadas. Sale. Sigue con su cara de sacrificio materno que no se puede superar. Corre rapidito del dormitorio al baño, del baño a la cocina, de la cocina al baño de nuevo, del baño a la lavandería, de la lavandería a la cocina otra vez. En el camino se le salen las sayonaras. Saca los biberones del balde. Bota el agua. Abre el caño para llenar nuevamente el balde, y se va. Se va. Deja el caño abierto para que¼¿Para qué, por favor? ¿Para quién? Precioso detalle. Sacrificio materno que no se puede superar.

Mi hermana es una madre muy abnegada. Sabe freír huevos. Los tira a cinco metros de distancia y, dando saltitos de pánico, se aleja de la sartén. Los deja. Qué abnegación, por mi madre. Da de comer en la boca a sus hijos, pero no lava los platos, ni limpia la mesa, ni barre el piso. El comedor queda como si hubiera sido escenario de una reyerta carcelaria. Baña y acuesta a sus hijos, pero no lava los pañales ni tiende las camas. Es una experta en crianza de niños. Ha leído un libro titulado “Mi bebé y yo”, así que está todo resuelto, quédense tranquilos.

Una clase de educación impartida por mi hermana a sus hijos es como sigue:

—¡A ver, niños! —dice muy animada, batiendo ambas manos— ¡A bañarse! ¡Ustedes ya saben que es muy bueno bañarse!

Y, a renglón seguido, muy intelectualmente, agrega:

—Para que huelan rico.

Lo cual echa por tierra los lápices, las carpetas, el salón y hasta el colegio entero. La vitalidad que surge de un estimulante baño, y que predispone la energía para el estudio y los deportes, es un concepto absolutamente ignorado por mi hermana. A ella sólo le interesa que sus hijos huelan rico. Es secretaria ejecutiva. Trabaja en una oficina. “Mujer entrenada para consumir”, según palabras de mi cuñado. Sus hijos son para ella un juguete con el que se entretiene cada tarde al llegar del trabajo. Pero se ofende cuando alguien se los devuelve los fines de semana por la mañana, después de que los echa del cuarto para que la dejen dormir en paz. Dios me libre de llegar a ser un día el marido de una mujer como mi hermana.

Observemos ahora a mi cuñado. Aunque político y adoptado, no original como los demás, éste es otro caso serio dentro de mi familia. Yo, sinceramente, recomendaría el divorcio. Mi cuñado sólo es agradable cuando paga las chelas o invita los tiros. Tipo grandote e hidropésico, torpe para hablar, bruto para entender. Conserva todavía algunos rasgos humanos, pero en el fondo sigue siendo un animal. Todo lo que toca se jode. O se pierde. Como nada es suyo, ni le duele. Después tiene el descaro de hablar de abnegación, de responsabilidad, de sacrificio personal. Farsante típico. Uno de los más detestables ejemplares masculinos que haya conocido en mi vida.

Cierta noche que me quedé cuidando a sus hijos, sonó el teléfono a eso de las diez. Era él.

—¿Cómo están los mellizos? —preguntó.

—Bien, bien —le dije apurado, para cortarlo rápido— ¿A qué hora vas a venir?

—Ya voy, hermano, no te desesperes; dentro de un ratito estoy por la casa. Acabo mi último trago y arranco.

—Sí, pero no te demores —le recalqué.

—¿Por qué, ah? —me preguntó, con toda la concha del mundo.

—¡Porque son tus hijos, pues huevón! ¡Tienes que venir tú a cuidarlos! —tuve que contestarle, para que reaccionara.

Adoro las actitudes de mi cuñado. ¡Qué rico huevón! Abre todas las puertas, enciende todas las luces, y se larga. Es un tipo estupendo, la personificación del amor al prójimo. Es también un padre muy abnegado. Cada vez que puede, cuando nadie lo ve, o nadie le dice nada, acaba con las ollas. Al llegar a la hora que sea sólo hay un nombre que se le viene a la cabeza: no es, obviamente, el de mi hermana.

—¿Mamá?…¿mamita?….¿mami?….¿ma? —dice.

Y mi madre desgarrada, desde algún rincón de la casa, responde con voz de drama:

—¡Aquí estoy, hijo!

—¡Hola! —contesta el otro. Y prosigue:— ¿No habrá comidita, mami?….¿un poquito de salsita?…. ¿habrás preparado tecito heladito con limoncito?….¿tendrás sopita?….¿quedará pancito?….¿con cafecito?….¿no habrá un poco más de estito?….¿puedes servirme otrito?

Y mi madre desgarrada, aunque no haya nada, a todo responde con voz de drama:

—¡Sí hay, hijo!

Mi cuñado, después de haber arrasado la comidita y eructado brutalmente el postrecito, se acuerda de que existe sobre el planeta una mujer que se casó con él. Recién entonces pregunta:

—¿Y mi esposa, mami?

Y mi madre desgarrada, sin importarle la hora, responde con voz de drama:

—¡Está durmiendo, hijo!

Pero luego sucede también este episodio a la inversa. Completamente a la inversa. Mi madre, entusiasmada, a media mañana, se dirige a su yerno y le dice:

—Hijo, más tarde, cuando te desocupes, ¿podrías por favor recogerme del mercado? Estas bolsas de paja pesan cuando están llenas.

Entonces mi cuñado se paraliza:

—Eh¼.., eh¼., eh¼¼—balbucea.

—¿Puedes o no puedes? —insiste mi madre, 50% menos entusiasmada.

—¿A qué hora? —pregunta mi cuñado.

—Dentro de una hora, más o menos —dice mi madre.

—Dentro de una hora¼.—repite él— Dentro de una hora¼.dentro de una hora¼.—pone cara de hombre muy ocupado, golpetea la mesa con el dedo, hace como que piensa cosas importantes, revisa mentalmente su agenda, diagrama su ruta y la dibuja en el aire con la mano.

—¿No podría ser un poco más tarde, mami? —inquiere finalmente.

—No, es que más tarde¼.—dice mi madre, 0% de entusiasmo, fastidiada incluso— Ya no importa, hijo. Olvídate. Me regreso sola. Gracias.

Y mi madre desgarrada, trágica y dramática, se va, dos bolsas de paja en cada mano, rumbo al mercado. Asunto resuelto. Favor devuelto. Lo más ridículo que pudo haberme dicho alguna vez mi cuñado es: “Soy un universo de entendimiento”.

Con respecto a mi abuela, basta decir que es el resultado de una juventud vivida sin reflexión. La expresión de su rostro denota que a lo largo de los años todo lo que ha hecho es envejecer. Con ella cerca no necesito casarme. Es omnipresente: todo pide, todo pregunta, todo vigila. No es que sea aficionada a los deportes o tenga algún interés particular en la política; sólo le encanta ver por televisión cuando los hombres se agarran a trompadas. La noche de Navidad confesó que deseaba fuera la última. Se le veía cansada, aburrida. La longevidad sin placer no es más que un dolor alargado.

Finalmente llegamos a quien lleva más de treinta años atendiéndonos, cambiando de humor cada minuto. Alguien que al parecer ha reservado sólo para mí el privilegio de sus sorpresas repetidas: ¡Un pelo en la sopa! ¡Y en el guiso! ¡Y en la ensalada! ¡Y en el postre! ¡Y en todos los platos de comida que me tocan en gracia! ¿Por qué, Señor? ¿Por qué he de ser yo siempre el elegido, entre todos los comensales que se sientan a la mesa familiar, para descubrir en plena fuga los pelos rebeldes de la cocinera? ¡Bah! Debo rendirme ante la evidencia: tengo un destino descabellado.

—–

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