Entrevista a Montserrat Cano por “Los Viajes Inútiles”

Editorial Cuadernos del Laberinto

Montserrat Cano

Sueña el que recuerda, el que ha llegado, quien trae consigo la esencia, quien evoca lo vivido. Sueña y viaja la poetisa, viaja y escribe para que el reflejo de otras tierras nos lleve a emprender el camino. Montserrat Cano no es turista, es viajera: El viajero es una figura literaria. Es turista quien tiene adonde regresar. Los que parten sin billete de vuelta se llaman de otros modos: emigrantes, refugiados, mano de obra o nada más que pobres gentes.

Montserrat Cano ha recorrido el mundo y nos has sumergido en el periplo. No es su poemario una guía de monumentos o recorridos, no encontrará el lector consejos de viaje ni mapas de ruta. Quien se sumerja en LOS VIAJES INÚTILES (editorial Cuadernos del Laberinto. Madrid, 2015) va a sentir su huella en los misterios de Malta, será un volcán en Otavalo, respirará con Montse el aire viciado de un mercado y descubrirá el amor que cabalga sobre la madera de teca en Patan. Quien abra las páginas de LOS VIAJES INÚTILES se quedará convertido en viajero y sus manos conocerán los vocablos que describen el mundo.

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ISLA DE SAO VICENTE

En la playa de Calhau solo hay arena y mar y, a su alrededor, piedras y cielo. Y un grupo de adolescentes que se bañan y ríen, sin nada y en la nada, mientras yo los observo con una envidia injusta.

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Viajar. Navegar por las mareas de los recuerdos. Alzarse por encima de las olas imprevistas de un descubrimiento o de las aguas mansas en el instante huidizo del atardecer, de una costumbre evocada, volviendo al ritmo de las lunas, verso a verso. Eternamente. ¿Inútil el viaje? ¿Inútil la vida? ¿Ese vivir más allá del tiempo, mezclando geografías, espacios, monumentos, caminos, sonrisas y algún que otro suspiro? Viajar para abrir los ojos.
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MARATÓN

No es más que una playa abandonada donde unas cabras mordisquean la hierba —que llega casi hasta la orilla del mar— y unos viejos toman ouzo en un bar destartalado. El chofer nos invita a bajar. No hay nada en el lugar que me interese: el mismo mar turquesa que nos persigue todo el día, unas lomas blanquecinas al oeste y, más cerca, unos viñedos que la calima ondula. Pero entonces, el hombre dice: Maratón, Maratón, señalando la playa. Las olas se pintan de color vino oscuro, la llanura se ilumina, Teseo cabalga al frente de un ejército de espuma y mis pies rozan ahora el pasto sagrado de la historia. He llorado en Maratón. Ha bastado una palabra, una palabra sola, para que el tiempo rompa todos mis escudos.

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Viajar para cerrarlos con nuevas sensaciones que huelen a mar y a montaña. Viajar para tener las manos llenas y los cuadernos inundados de palabras y las esquinas redondeadas. Viajar sabiendo que el final forma parte del viaje, que lo define, que lo vuelve piel y cuerpo. Porque el viajero sabe de su naturaleza, de las complejidades, realidades de otros viajes. Que nunca han de olvidarse. Que nunca hemos de dejar de recordar, como lo hace Montse Cano en sus versos.

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BAHÍA DE HA LONG

El dragón muestra sus dientes. En la quietud de sus mandíbulas de agua, los sampanes navegan confiados, serpenteando entre las rocas, el horizonte y el mar. En esta placidez, la belleza es más bella y el dolor más dolor.

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Autora

“Soy una defensora acérrima de la lectura indiscriminada “

 P.: Su último poemario publicado LOS VIAJES INÚTILES es un recorrido sentimental a lo largo del planeta, a lo largo de sus periplos. ¿Qué ha tratado de plasmar en el libro? ¿Por qué ese título, por qué “inútiles”?

 R.: Desafortunadamente, no es un recorrido a lo largo del planeta, ya me gustaría que así fuese. Sí es cierto que es un viaje sentimental y también reflexivo en el que he intentado recoger las cosas más significativas de cada lugar que he tenido la suerte de conocer. Significativas para mí, porque seguramente las personas con las que he viajado darán importancia a otros hechos. En el fondo, para escribir el libro he partido de algo tan manido que casi avergüenza repetir: que el viaje es una metáfora de la vida. Pero es que, aunque se haya usado miles de veces, no deja de ser verdad. Como también lo es que si tuviéramos que resumir nuestra existencia en unas pocas palabras, casi nadie se refería a los considerados grandes acontecimientos sino a circunstancias de apariencia banal: un juguete, una merienda en el campo, un cigarrillo fumado en la calle y, sobre todo, lo que pensamos y sentimos en esos momentos. Eso es lo que he intentado rescatar de mi memoria y lo que he puesto en el libro. El título hace referencia al aprendizaje que se deriva de lo que hacemos, pensamos y sentimos, en los viajes y en la vida. Todo lo que aprendemos acaba siendo inútil en cierto sentido, porque solo en contadísimas ocasiones se nos presenta un escenario en que podamos aplicar lo que sabemos y porque, en todo caso, la muerte acaba con todo. Es también un título irónico pues no hay viaje inútil ni existe nada más útil que la vida y lo que de ella extraemos, aunque cuando digo utilidad no me refiero a nada práctico sino al hecho de la experiencia consciente.

P.: Afirma usted que es una ciudadana del mundo y una gran viajera, ¿Qué encuentra viajando?  

R.: Pertenezco a la parte de una generación que se educó en la aspiración de un mundo sin fronteras y en el que la diversidad era algo verdaderamente importante, no un concepto políticamente correcto del que se habla pero en el que no se cree ni se practica. Por otra parte, tengo la fortuna de pertenecer a un país por el que a lo largo de los siglos han pasado muchas gentes diferentes y, en un ámbito más restringido, me he criado en una familia donde cada uno de sus miembros procede de un lugar distinto: Andalucía, Aragón, Cataluña, Madrid… Supongo que por eso no doy demasiada importancia al origen. Es puro azar aunque determine nuestro destino de forma dramática. Me gusta viajar porque nunca me siento extraña en ningún sitio, del mismo modo que tampoco los sitios en los que vivo y a los que amo me parecen los mejores del mundo. Viajar, para mí, es tener la ocasión de mirar alrededor sin prejuicios, sin las cadenas del afecto o la tradición, o, al menos, con los menos posibles. El mundo y lo que las personas hacemos en él es infinitamente rico, esplendoroso, y no se me ocurre mejor forma de emplear el tiempo que conocer todo lo que pueda.

P.: ¿Por qué algunas cosas se recuerdan mejor que otras, cómo funciona el juego de la memoria en la poesía?

R.: No lo sé. Supongo que hay alguna explicación biológica para ello pero no la conozco. Solo puedo hablar de los síntomas y aún eso con muchas reservas porque seguramente el proceso es diferente en cada persona. En mi caso, el efecto poético –si podemos llamarlo así- es muy lento. Nunca he conseguido escribir algo que represente mínimamente lo que intento expresar cuando estoy bajo el efecto de una emoción o de una impresión. Es mucho después, cuando ya no siento sino que recuerdo el sentimiento, cuando puedo decirlo, cuando puedo representarlo en palabras, extraer lo que considero esencial de aquello y darle una forma estética.

P.: Es usted una de las pocas a las que les gusta más el término “poetisa” que “poeta”.

 R.: Espero que no seamos tan pocas. Al igual que muchísimas mujeres, defiendo un lenguaje no sexista por razones obvias que no creo necesario repetir ahora. Pero lo que ocurre con los términos “poetisa” y “poeta” es muy curioso. Alguien que no sé quién fue, pero que sin duda era misógino y no tenía demasiado talento, utilizó en algún momento de nuestra historia la palabra “poetisa” para definir a las mujeres que, o simplemente porque lo eran y se dedicaba a la tarea de escribir reservada para los varones, o porque en razón de su sexo no podían comparar sus obras con las de ellos. Es decir, “poetisa” era la mujer que no alcanzaba la categoría de “poeta”. Pero en realidad poetisa no es más que el femenino de poeta. Ni más ni menos. Y si las mujeres hemos luchado durante mucho tiempo y con cierto éxito para que todas las profesiones tengan un femenino y un masculino, no entiendo por qué negamos eso en el ámbito de la poesía. O, mejor dicho, sí lo entiendo. Poetisa tiene, todavía hoy, un sentido peyorativo. Ahora bien, ese sentido puede cambiar, y espero que cambie, cuando las buenas poetas de lengua castellana, que son muchísimas aunque algunos digan lo contrario, reivindiquen que son poetisas, poetas en femenino, cuando dignifiquen el término y lo eleven a la categoría que merece.

P.: Hoy en día que no se usa apenas la métrica ¿Cómo diferenciamos la poesía de los microrrelatos o la prosa poética? ¿Cómo encajar su libro en poesía y no en relato breve?

 R.: Este es un tema delicado, hay muchísimas opiniones al respecto y creo que todas son válidas porque demuestran que la creación literaria está viva y que no se reduce a las políticas de mercado. Me parece que la adscripción de un texto a uno u otro género, al igual que los nombres que se dan a los estilos, las tendencias o las figuras, son el resultado de los estudios posteriores a la obra y no responden, al menos no en gran parte, al proceso creativo. Cuando una persona necesita expresarse a sí misma o al mundo que lo rodea -y ese es el origen de la verdadera literatura- busca la mejor forma de hacerlo. Dependiendo de sus gustos o sus habilidades o su sensibilidad, escogerá la prosa o la poesía, el teatro, la novela, el ensayo o el poema. En la actualidad, disfrutamos de una enorme libertad a la hora de crear, no se nos constriñe con formas estéticas únicas y gracias a ello empezamos a dar más valor al texto en sí mismo que a su exacta pertenencia a un género determinado.

En efecto, hoy en día es muy difícil distinguir un cierto tipo de poema de un microrrelato, y en ese sentido y respecto a mi libro, prefiero que sea el lector el que decida. Yo creo que es poesía porque he intentado –intentado, repito, no sé si conseguido- que “lo poético” esté presente en todos los textos. Los géneros y los recursos estilísticos que caracterizan a cada uno de ellos, métrica incluida, cambian con el tiempo y las modas. “Lo poético” permanece. ¿Qué es “lo poético”? No lo sé, pero, como sucede con el amor o con la belleza, lo reconozco cuando lo encuentro. Quizá sea la capacidad de ciertas obras de transmitir lo esencial, de transformar la reflexión en sentimiento, de dar a las palabras significados nuevos o de elevar lo íntimo a la categoría de universal. Si hubiera algo de eso en Los viajes inútiles, apenas una pizca, me gustaría que se considerase poesía.

 P.: ¿Es gratificante escribir poesía, es cierto que está de moda?

 R.: No soy exclusivamente poetisa. Escribo poesía (o eso creo yo) de vez en cuando pero hago mucha más narrativa. Me siento escritora y eso sí, eso es muy gratificante. No por la repercusión económica, que en este país apenas existe más que unas pocas personas, sino por el hecho de hacer lo que más me gusta y que da un sentido profundo a mi vida.

En cuanto a la poesía, si es que está de moda, lo está solo en círculos endogámicos. La poesía la lee muy poca gente que no la escriba. Habría que analizar con seriedad a qué se debe esto. El mercado editorial tiene, desde luego, una enorme responsabilidad: lo que no se promociona y no aparece en los escaparates y las mesas de las grandes librerías, no se vende y, por tanto, no se lee. Salvo una o dos que, en mi opinión, han hecho más mal que bien a la poesía al crear grupos muy cerrados o al buscar nichos de mercado basados en criterios de moda y oportunidad, las editoriales que publican poesía corren grandes riesgos económicos y carecen de medios para hacer llegar las obra a los lectores.

También sería necesaria una cierta autocrítica: ¿Hacemos una poesía que refleje lo esencial del momento que nos ha tocado vivir o nos limitamos a repetir formulas estéticas o a crear algunas nuevas relegando los contenidos a un segundo plano? ¿Es capaz nuestra poesía de representar el verdadero espíritu de nuestro siglo?

Lo cierto es que, entre una cosa y otra, existe una mayoría de lectores que no se interesan por la poesía, algunos porque de antemano afirman que no la entienden y otros porque se han acostumbrado desde la escuela a no esforzarse en entender nada.

P.: ¿Qué libros llevaría a una isla desierta?

 R.: Espero que la isla fuese lo suficiente grande para llevarme todos los que he leído. Unos me han apasionado y otros no me han gustado nada; alguno me ha ayudado a construir los valores que me definen como persona y otros me han aburrido muchísimo, incluso alguno no lo he comprendido. Pero de todos he aprendido algo, en especial lo que me gustaría alcanzar con mi escritura y los errores que nunca debo cometer.

Soy una defensora acérrima de la lectura indiscriminada porque creo que solo leyendo de todo y comparando podemos decidir qué nos gusta y que no, es la única manera de que cada persona construya un criterio ético y estético válido, justo lo contrario que se pretende desde el poder, que se esfuerza por orientar nuestros gustos y opiniones hacia la nada.

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