Brindis, bromas y bramidos: “Oníricos” (II)

Fernando Morote

Poeta

EL POETA DIFÍCIL

Alguna vez participé en un concurso de poesía para poetas jóvenes. Las bases del concurso eran bien explícitas y comunes; regulaban lo de siempre: número mínimo y máximo de versos, dimensiones y calidad del papel en que debían ser escritos, temática, idioma, etc., etc. Lo novedoso era el sistema de premiación.

Cuando me tocó el turno de intervenir, el día del recital en que se leyeron los poemas y se otorgaron los premios, leí una bola de poemas ridículos, tontos, inauténticos, copiados, pesados, sosos, sarnosos, apestosos, cansados, aburridos, insípidos, tradicionales, repetidos, y malogrados.

La gente se rió de mí y se burló de mis versos. Cuando levanté la vista pude ver muchos rostros llenos de cólera y de desprecio, pero también algunos, aunque muy pocos, de simpatía. Entonces sonreí. Pensé que no hacía falta seguir leyendo, puesto que ya había conseguido mi objetivo. Sin embargo, luego leí otros poemas igualmente bochornosos y el efecto fue prácticamente el mismo. Alguien indignado no pudo contener la rabia y se puso de pie, gritando: “¡Oiga, oiga, esto es un recital de poesía! ¡Qué está usted leyendo, anormal!”. Yo lo miré sorprendido, miré mis papeles, y le contesté muy tranquilo: “Estoy leyendo poesía, señor. Ésta es mi poesía”. El auditorio todo, junto con el hombre indignado, hizo silencio y yo pude continuar leyendo mis poemas. Al final me aplaudieron, pero sin ganas y más bien sólo por compromiso.

Luego vino la premiación. Al primer puesto lo felicitaron y le desearon muchos éxitos en su carrera literaria. Al segundo puesto le dieron la mano. Al tercer puesto, una palmadita en el hombro. Y a mí, que ocupé el último lugar, los organizadores del concurso y del recital me regalaron un boleto de avión para viajar por toda Europa y algunos lugares exóticos de África y Asia (con bolsa de viaje incluida) para que pudiera yo, según ellos, vivir, conocer y experimentar nuevas sensaciones. De esta manera, me explicaron, podría yo mejorar en todos los sentidos mi poesía, y podía también llegar a ser, algún día, un poeta digno, capaz de producir obras, por lo menos, decorosas. Al fin y al cabo los primeros puestos no necesitaban premios; ellos ya eran poetas. Suficiente recompensa.

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