Brindis, bromas y bramidos: “Oníricos” (I)

Fernando Morote

TeléfonoSIN VOZ NI VOTO

Solo y desesperado en mi casa, no sabía qué hacer ni cómo tranquilizarme. Me sentaba en un sillón de la sala. Luego en una silla del comedor. Después encima de la mesa. Entonces sobre el wáter. Transpiraba. Segregaba adrenalina. Me jalaba los pelos. Me desfiguraba. Comía cualquier cosa: pan, avellanas, fruta. A cada rato y por gusto. No podía más. Cogí el teléfono y marqué cualquier número. Sonaba el timbre.

Una voz solemne, de hombre serio, contestó: Aló —dijo—. Y me dio la oportunidad de gritarle:

—¡Quiero ser artista!

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